El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 4
12%

Capítulo 4

—Sonríe —dijo Kit.

—Estoy sonriendo.

—Estás enseñando los dientes. Es distinto. Hay que sonreír con la boca cerrada y los ojos un poco entornados, como si acabaras de oír algo que te halaga pero que ya sabías.

—Eso es imposible.

—Se llama coquetería. Es una disciplina.

—Es una deformación de la cara.

—Ah, ahora sí. —Kit apartó la vista del camino un segundo para mirarla—. Eso es perfecto. Mantenlo.

Hyde Park a las cinco de la tarde, en pleno junio, era un río de coches, caballos y sombrillas donde cada persona se dedicaba a mirar a las demás fingiendo contemplar el paisaje.

Los faetones avanzaban en procesión lenta.

Los jinetes saludaban con el sombrero. En los bancos, bajo los olmos, grupos de matronas se pasaban información con una eficacia que habría envidiado el Ministerio de la Guerra.

Y en medio de aquel hormiguero, en el asiento alto de un faetón de ruedas amarillas tirado por dos bayos que Kit conducía con una sola mano, iban el conde de Larkmoor y la señorita Dorothea Wickersham, a la vista de todo Londres.

Bonaparte iba entre los dos, sentado muy compuesto, como un alcalde, con la lengua colgando.

Thea se había puesto el sombrero azul. Era un sombrero de paja con una cinta de seda del color del cielo en una mañana limpia, y le caía ladeado sobre la frente con una elegancia que ella no sospechaba.

Debajo asomaba el pelo castaño recogido en un moño bajo, de esos que las doncellas peinan con paciencia y que en cuestión de media hora empiezan a rebelarse.

Llevaba un vestido de muselina color crema y una pelliza corta de terciopelo azul, y el sol de la tarde le había encendido en la nariz una constelación de pecas que Kit no recordaba.

No recordaba nada de esas pecas. Era llamativo, porque tenía muy buena memoria, y esa mañana había pasado cuatro minutos delante del espejo preguntándose si el sombrero azul iba a asomar en alguna parte de su cerebro. Había asomado. Pero las pecas, no.

—Estás contando los coches —dijo.

—No.

—Tus labios se mueven.

—Son seis faetones desde el último cruce —dijo Thea, con aire de dignidad herida—. Dos carretelas. Un cabriolé. Una calesa con una señora que lleva una pluma de avestruz tan larga que acabará sacándole un ojo a su cochero.

—¿Siempre cuentas?

—Es una costumbre. Cuando estoy nerviosa clasifico.

—¿Estás nerviosa?

—Voy en un faetón al lado de un conde, rodeada de trescientas personas que han leído mi nombre en el Morning Post esta mañana, bajo la categoría «noticias de sociedad». Mi nombre. Por primera vez en la vida. Entre un baile y un naufragio. —Se tapó la boca con la mano—. Claro que estoy nerviosa.

—Qué honor, el naufragio. Yo salgo muy poco. —Kit chasqueó la lengua a los caballos—. Bien. Vamos a repasar la historia. Tenemos que contar exactamente lo mismo.

—Sí.

—¿Cómo empezó?

—Eso es lo que tenía que preguntarte yo a ti.

—Soy un caballero. Las damas primero.

—Tú has dicho que eras lógico. —Thea se alisó el guante sobre el regazo con una concentración casi cómica—.

Esto es lo importante, Kit: no puede ser una mentira desde cero.

Todo el mundo sabe que nos conocemos desde hace años por Barnaby.

Mi padre te recordó ayer con el renacuajo.

Tu abuela probablemente sabe lo que comiste en 1806.

Así que no podemos decir «nos conocimos en un baile».

Lo desmentiría cualquiera. Tenemos que construirlo sobre lo que ya saben.

—Continúa.

—Nos conocemos de siempre. Desde que eras un adolescente desgarbado y yo una niña seria. Hemos coincidido un montón de veces. Y un día, no sé cuál, empezamos a... a vernos. De otra manera.

—¿Qué día?

—Tiene que ser un día en el que estuviéramos juntos y nadie más lo hubiera visto. En el campo. En Wickersham Court.

—Hace dos veranos estuve allí en agosto —dijo Kit—. Por el asunto del cumpleaños de Barnaby. Llevé una caja de bombones de Gunter. Tu padre se los comió todos sin darse cuenta.

—Cierto. Y yo llevé un sombrero azul en la iglesia.

—Eso me lo has recordado tú.

—Me lo recordaste tú esta mañana. Me hiciste ponérmelo hoy. —Lo miró de reojo, con los labios apretados—. Eso lo vamos a dejar de lado, ¿te parece?

—Me parece.

—Entonces: agosto, hace dos veranos. Un paseo por el jardín. Te enseñé a distinguir una mariposa de una polilla.

—Eso lo sé hacer desde los doce años.

—Lo sabes mal. Lo has sabido mal toda la vida. —Una chispa de diversión le cruzó los ojos grises y verdes—. Nos pusimos a hablar de... insectos. Y no pudimos parar. Y de ahí en adelante, nos escribimos.

—¿Nos escribimos?

—Cartas. Mucho tiempo. Casi dos años. Por eso nadie lo sabía: éramos prudentes, y escribíamos sobre ciencia natural.

—¿Y por qué escribíamos sobre ciencia natural?

—Porque era una tapadera. Con las cartas, tú y yo, secretamente...

—Nos enamoramos.

—Sí. —Thea cogió aire, soltó el aire, miró al frente—. Eso.

Kit tardó un segundo en contestar. Era una historia perfecta.

Sólida, creíble, insulsa, con la dosis exacta de respetabilidad que haría que ninguna matrona le encontrara los fallos.

Tenía la virtud de ser verosímil y de ofrecer, en un solo golpe, una explicación a por qué ninguno de los dos había estado nunca en boca de nadie.

Pero tenía un defecto. Un defecto pequeño, concreto, que le hizo sentir una punzada fina y absurda, como un alfiler.

Nunca le había escrito una carta a Dorothea Wickersham. Y nadie, en dos años de correspondencia inventada, le había escrito a él.

—Nadie ha visto una carta —dijo.

—Las quemamos. Por discreción.

—Las quemamos.

—Ardieron bien. Eran muy apasionadas.

—Qué cuidadosa eres. —Kit rió—. ¿Y ya está? ¿Ese es todo el repertorio?

—Hay una segunda parte. Tú pediste permiso a mi padre en primavera.

—Para cortejarte.

—Y él dijo que sí, claro, mientras clasificaba un cerambícido, y se le olvidó. Por eso nadie lo sabía.

—Reciclas el recurso.

—Es mi mejor recurso. —Y le sonrió. Era una sonrisa pequeña, ladeada, que no formaba parte de ningún plan, y que le iluminó la cara de una manera que lo dejó sin respuesta durante tres o cuatro latidos.

Fue una suerte que justo entonces una voz masculina los saludara desde la izquierda.

—¡Larkmoor!

Era Ned Harbottle, a lomos de un alazán con bridas de cuero rojo, acompañado de dos jóvenes de aspecto equivalente que lo miraban con la boca abierta.

Ned era el hijo menor de un vizconde de Dorset, el mejor jinete de White's y el hombre con menos discreción de Inglaterra.

A Kit le alegraba verlo muy pocas veces, y esa fue una de ellas.

—¡Larkmoor! —repitió Ned, con voz de estentor—. ¿Es verdad lo que cuentan?

—Depende de lo que cuenten.

—Que has caído. ¡Que has caído de verdad!

Que un día te acuestas soltero y al siguiente apareces en el Morning Post con una señorita, y hay quien dice que te vieron besarle la muñeca como un poeta francés.

—Ned se inclinó sobre el cuello del caballo y examinó a Thea con una admiración nada disimulada—.

Señorita Wickersham. Es un placer. Y un alivio.

Habíamos apostado a que este hombre moriría célibe y enterrado con su perro.

—¿Cuánto se apostó?

—Cuatrocientas libras. En el libro de White's. Ahora tengo que pagarle cuarenta a Holloway.

—Lamento el perjuicio —dijo Thea.

—No lo lamente. Es la mejor noticia del año. —Se llevó dos dedos al sombrero—. ¡Mis felicitaciones, Larkmoor! Y mi pésame, señorita. Es un hombre insoportable.

Se alejaron entre risas. Kit los vio perderse por el camino con la sensación de haber sido pisoteado por una estampida amistosa.

—¿Hay un libro de apuestas sobre ti en White's? —preguntó Thea.

—Hay un libro de apuestas sobre todo. El año pasado apostaron cuántas veces diría «ciertamente» lord Pelham en un debate. Gané doscientas.

—Eres un depravado.

—Soy un hombre con tiempo libre.

Un coche pasó, y otro. Los olmos arrojaban sobre el camino una luz moteada que se movía con cada ráfaga de viento.

Thea, sentada a su lado, tenía una mano apoyada sobre la cabeza de Bonaparte, que roncaba de puro gusto, y Kit notó que le temblaba un poco el borde del guante. No de frío. Hacía calor.

—No te asustes —dijo en voz baja.

—No me asusto.

—Tienes los dedos fríos.

—Son los guantes. Los he cambiado esta mañana.

—Dorothea.

—Estoy bien, Kit. Es solo que... —Tragó saliva—. Trescientas personas mirándome. No estoy acostumbrada. A mí me miran los escarabajos.

—Ellos tienen buen ojo.

—Los escarabajos no tienen ojos compuestos de esa calidad.

—Los tienen. Y tú lo sabes mejor que yo. —Sin avisarle, sin planearlo, Kit soltó las riendas con la mano derecha y le tomó los dedos, que seguían tensos sobre el lomo del perro. Los envolvió en los suyos—. Esto es necesario.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Vesey viene por la izquierda.

Thea no giró la cabeza. Sus dedos, bajo los de él, se quedaron muy quietos, y después, con una lentitud que a Kit le pareció una pequeña rendición, giraron la palma hacia arriba y se enlazaron con los suyos.

Sir Alaric Vesey cabalgaba un caballo gris pálido, de crin rizada, que habría quedado mejor en un cuadro.

Iba solo. Se detuvo al lado del faetón, con las manos cruzadas sobre el pomo de la silla y el sombrero ligeramente inclinado, y recorrió con la vista la escena: el conde, la dama, las manos entrelazadas, el perro dormido.

Lo hizo con una calma exquisita, la de un tasador que repasa el inventario de una casa que piensa comprar.

—Lord Larkmoor. Señorita Wickersham. Qué estampa tan encantadora.

—Vesey —dijo Kit, sin soltar la mano—. Siempre un placer.

—Veo que han decidido dejarse ver. Muy sabio. —La sonrisa de Alaric no se movió—. Yo, personalmente, me alegro. Un cortejo clandestino siempre tiene algo de... incompleto. Me resulta más agradable verlos así, a la luz del día. Qué diferencia, ¿verdad?, respecto a ayer.

—Ayer estábamos en un balcón —dijo Thea.