El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Primera cosa —dijo Thea—. No hablaremos de esto con nadie. Ni con la tía, ni con papá, ni con Walter.

—Walter ya lo sabe —murmuró Livvy.

—¿Cómo que Walter ya lo sabe?

—Me ha dicho que no puede ofrecerme nada. Y que si lord Vesey me hace feliz, se alegrará por mí. Después ha desaparecido tres días en la biblioteca y ha dejado de comer.

—Dios mío —dijo Barnaby, incorporándose—. Qué hombre más tonto. Y qué hombre más estupendo.

—No digas eso —dijo Livvy, llorando otra vez.

—Lo digo porque es verdad.

Thea se frotó las sienes. Sentía, con una claridad que le pareció casi humorística, que el plan de la noche anterior había sido una improvisación absurda con consecuencias en cascada.

Un conde falso. Un baronet falso. Un amor verdadero y arruinado en la biblioteca.

Una tía de plumas. Un padre con un escarabajo.

Y debajo de todo ello, relegado a una zona incómoda y a oscuras de su pensamiento, una pregunta que no tenía nada que ver con el asunto: por qué se acordaba tan bien de cómo olía el abrigo del conde.

No. Eso no. Eso lo trataría más tarde, con una taza de té y un cuaderno.

—Vamos a hacerlo bien —dijo en voz alta—. Los tres. Pero hay una condición. Livvy, tú te quedas con Walter. Ahora mismo, en la biblioteca, le dices que no se vaya a ningún sitio. Y que te alegra mucho que no haya dejado de comer.

—No puedo hacer eso.

—Claro que puedes.

—¿Y si me dice que no?

—Entonces se lo diré yo, y no te va a gustar cómo se lo diga.

Fue en ese momento cuando alguien llamó a la puerta con los nudillos. Tres golpes suaves. La voz del mayordomo, el señor Ledbetter, cruzó la madera, solemne como una campana funeraria:

—Señorita Dorothea, disculpe. El conde de Larkmoor solicita ser recibido.

Silencio. Barnaby, desde la cama, levantó una mano y le hizo un gesto obsceno con las cejas. Livvy se secó la cara con la manga. Thea se miró en el espejo del tocador: muselina gris, moño torcido, ojeras como moratones.

—Dile que bajo ahora mismo —dijo.

—Ya está en el salón, señorita. Con un perro.

—¿Con un perro?

—Con un pug —precisó Ledbetter, y su tono sugería que la palabra le había costado la dignidad—. Y con un ramo.

El ramo era de dalias. De dalias del tamaño de una cabeza de niño, de una gama de colores que iba del rosa chicle al granate, todas apretujadas en un cucurucho de papel de seda del que asomaban, sin ningún pudor, unas hojas rizadas.

Kit lo sostenía con las dos manos frente al pecho, como se sostiene una bandeja de pasteles, y a sus pies, sentado con las patas delanteras muy juntas y una expresión de dignidad ofendida, había un pug de color beige con las orejas negras y el hocico aplastado que miraba a la tía Winifred con evidente desconfianza.

—Lady Pargeter —decía Kit—. Encantado. Había oído hablar tanto de usted. Dorothea siempre dice que es la mujer más ingeniosa de Londres. Este es Bonaparte. Perdone que lo traiga, pero se pone nervioso cuando lo dejo solo.

—¡Qué monada! —gritó la tía, doblándose por la cintura para rascarle las orejas, con tan poca fortuna que Bonaparte soltó un estornudo ruidoso—. ¡Qué monada de perro! ¡Y qué dalias, milord, qué dalias!

—Son para Dorothea.

—¡Por supuesto que son para Dorothea! ¡Qué atento!

—Y estas otras —dijo Kit, sacando de detrás del ramo un paquete más pequeño envuelto en papel marrón— son para lord Wickersham. Me han dicho que le interesan los coleópteros.

Lord Wickersham, que había entrado al salón arrastrando los pies con la cajita de cerillas en una mano y la lupa en la otra, levantó la cabeza.

—¿Coleópteros?

—Un pequeño regalo. —Kit le tendió el paquete—. No sé si lo tiene. Lo encontré en el mercado de Leadenhall el año pasado y pensé en usted.

Lord Wickersham desató el cordel con dedos temblorosos. Dentro, sobre un lecho de algodón, había un escarabajo de un tono verde metálico que brillaba como un botón de uniforme.

—Chrysolina... —murmuró.

—Chrysolina cerealis. Tengo entendido que es una rareza de las montañas de Gales. Pero puede que me equivoque.

—No se equivoca. No se equivoca en nada, muchacho. —Su padre alzó la vista. En sus ojos pequeños brillaba una emoción tan intensa y tan pura que Thea tuvo que apartar la mirada—. Es un ejemplar excelente. Excelente. Esto... esto hay que catalogarlo. Walter. ¡WALTER!

Por la puerta del fondo asomó, pálido y alarmado, un joven alto con gafas de alambre y las mangas manchadas de tinta. Detrás de él, aunque nadie lo notó salvo Thea, se deslizó Livvy, sonrojada, con la mano apoyada en el marco.

—Walter, mira esto —dijo lord Wickersham, y se lo llevó, con el escarabajo, la lupa y toda su alegría, hacia el rincón del salón donde tenía la mesa de trabajo.

Livvy los siguió a una distancia prudente.

La tía Winifred, que ya había determinado que su misión en esta vida era dar de comer a Bonaparte, salió disparada hacia la cocina en busca de salchichas.

Y Thea se quedó sola en el centro del salón, con las dalias en brazos, frente al conde de Larkmoor.

—Hola —dijo él.

—Hola.

—Tienes ojeras.

—Gracias.

—Te quedan bien. Les dan carácter a los ojos. Pareces una mujer que ha tenido una noche interesante.

—He tenido una noche espantosa.

—Eso también. —Sonrió. Había sol en el salón y le caía de lado sobre la cara, y Thea se encontró observando, como una entomóloga ante un espécimen, un detalle que no había advertido la noche anterior: una cicatriz diminuta, blanca, a la derecha de la barbilla.

Una caída de caballo, quizás. Una pelea de colegio—. ¿Has dormido algo?

—Tres horas. ¿Y tú?

—Seis. Es una de mis ventajas.

—Qué desfachatez.

—Me han dicho que tengo mucha. —Se acercó un paso, bajó la voz—. ¿Se lo has contado a tus hermanos?

—A los dos. Barnaby ya lo sabía, claro.

—Quería que lo supiera de mí.

—Ha sido muy considerado.

—Soy considerado. Es una característica poco apreciada. —Bonaparte, que había rodeado el sofá con paso renqueante, se sentó sobre el pie de Thea con un resoplido satisfecho—. Mira. Me ha adoptado.

—Pesa como un saco de harina.

—Lo alimento mucho. —Kit miró hacia la cocina, de donde llegaba el grito entusiasta de la tía Winifred, y después hacia el rincón de lord Wickersham, y volvió a ella—.

Dorothea. Esta tarde a las cinco, en Hyde Park.

Mi faetón. El paseo de la gente elegante.

Hay que hacerse ver. Vesey dijo que mañana estaremos en casa de los Pelham, pero hoy tenemos que desayunar al mundo.

—No me gustan los paseos de la gente elegante.

—A mí tampoco. Por eso lo hacemos juntos.

—¿Es otra táctica?

—Es siempre otra táctica. —Se agachó, con elegancia, para palmear la cabeza de Bonaparte—. Ponte el sombrero azul. El de la cinta. Te favorece.

—¿Cómo sabes que tengo un sombrero azul?

—Lo llevabas hace dos veranos, en la iglesia de Wickersham Court. Me senté dos bancos más atrás. —Se incorporó—. Tengo buena memoria para los sombreros.

Thea se quedó callada. Lo miraba sin pestañear y no sabía qué decir, y él, que parecía haber advertido su incomodidad, tuvo la delicadeza de no aprovecharse de ella.

En lugar de eso hizo algo que desbarató por completo el plan de la mañana: levantó la mano derecha y le rozó la mejilla con el pulgar.

Fue un movimiento muy suave. Apenas un deslizamiento, de la sien hacia la comisura de la boca, que le dejó en la piel una línea de calor.

—Tinta —dijo.

—¿Qué?

—Tenías una mancha de tinta. Aquí.

Retiró la mano. Thea sintió que se le subía la sangre a la cara con una rapidez casi científica.

—Regla cuarta —logró decir.

—Ese era un caso necesario.

—No lo era.

—El mayordomo estaba mirando.

Thea giró la cabeza. Ledbetter, en la puerta del salón, contemplaba con enorme interés el techo, los ojos clavados en una moldura de escayola que llevaba treinta años sin merecer tanta atención.

—Veo que está muy ocupado —dijo Kit.

—Es una moldura excelente —dijo Thea, sin atreverse a mirarlo.

—Ya no te rozaré más sin permiso —dijo él, y le guiñó el ojo—. Hasta las cinco, Dorothea. Ponte el sombrero azul.

Salió. Bonaparte, que seguía sentado sobre el pie de Thea, tardó en entender que lo dejaban atrás. Cuando un silbido llegó desde el vestíbulo, se bajó con un bufido de pésimo humor y salió trotando. Thea se quedó en medio del salón con las dalias en los brazos.