Capítulo 3
La noticia llegó a la casa de Half Moon Street antes que el chocolate caliente, y eso, en el hogar de los Wickersham, constituía un récord histórico.
Thea la oyó llegar desde el piso de arriba.
Oyó la puerta del comedor, un portazo, el taconeo de su tía Winifred cruzando el vestíbulo a una velocidad impropia de una mujer de cincuenta y dos años, y a continuación un grito que hizo vibrar los cristales y que, traducido del idioma de las tías a la lengua común, venía a decir: «¡UN CONDE! ».
Se tapó la cabeza con la almohada. No sirvió de nada.
—¡Dorothea! ¡Dorothea Maud Wickersham! ¡Baja ahora mismo!
Había dormido tres horas. Había pasado el resto de la noche mirando el dosel de la cama y repasando con una nitidez cruel cada palabra que había dicho en la terraza, cada una que había dicho en el balcón, y sobre todo la imagen de una boca masculina apoyada en el hueso de su muñeca, un contacto que había durado como mucho dos segundos y que había reproducido mentalmente, con los ojos muy abiertos, al menos treinta veces.
Lo había hecho por razones analíticas. Para evaluar el riesgo.
El riesgo, concluyó hacia las cinco de la madrugada, era considerable.
Se lavó la cara con agua fría, se puso el primer vestido de mañana que encontró, uno de muselina gris sin gracia, y se hizo un moño con tres horquillas y un acto de fe. Después bajó.
El comedor de los Wickersham era una estancia amplia y desordenada donde convivían, en una armonía que ninguna visita lograba entender, un aparador de caoba, un retrato de la difunta vizcondesa y media docena de cajas de cartón llenas de insectos clavados con alfileres.
Lord Wickersham presidía la mesa. Era un hombre pequeño, calvo, con unas patillas blancas que se le encrespaban sobre las orejas y una lupa de latón colgada del cuello por una cinta de seda.
Tenía delante un plato de huevos intacto y, sobre el mantel, una cajita de cerillas abierta por la mitad con un escarabajo negro y reluciente en el fondo.
—Buenos días, papá.
—Mmm —dijo su padre, sin levantar la vista—. Fíjate en el pronoto, Dorothea. Mira ese pronoto. Creo que es una variante.
—Es precioso, papá.
—No lo has mirado.
—Es precioso de todos modos.
—Es lo que tiene una buena hija —dijo lord Wickersham, a nadie en particular, y volvió a su lupa.
La tía Winifred estaba de pie junto a la ventana, con el chal torcido, el pelo gris recogido en un tocado de plumas que parecía haber sobrevivido a un accidente y una felicidad tan desbordada que no se había dado cuenta de que llevaba un zapato de cada par.
Livvy, sentada a la mesa con una tostada, tenía las mejillas coloradas y una expresión de culpa.
Y Barnaby, tumbado sobre dos sillas con la cabeza colgando hacia atrás y un brazo sobre los ojos, parecía el único ocupante sensato de la habitación.
—Dorothea Maud —repitió la tía.
—Buenos días, tía.
—No, no. Nada de buenos días. Anoche, en casa de lady Marchbanks, sir Alaric Vesey se me acercó con su copa y me dijo, con esa voz que tiene, ese terciopelo, te lo aseguro, un terciopelo, me dijo: «Lady Pargeter, permítame felicitarla por la boda de su sobrina».
Yo le dije: «¿Cuál de ellas?». Y él me dijo: «La mayor. Con el conde de Larkmoor».
La tía hizo una pausa dramática. Se llevó una mano al pecho. Las plumas del tocado se estremecieron.
—¡El conde de Larkmoor, Dorothea! ¿Sabes quién es el conde de Larkmoor? ¡Es una de las mejores fortunas de Inglaterra! ¡Tiene tres casas! ¡Tiene una propiedad en Kent con un lago! ¡Y tú, mala sobrina, no me habías dicho ni una palabra!
—Es muy reciente —dijo Thea.
—¿Cuánto de reciente?
—Un par de semanas.
—¡Un par de semanas! ¡Y yo pasándote de largo en los bailes con mi sombrilla!
—La tía soltó una especie de sollozo de alegría y la abrazó, aplastándole la nariz contra el hombro—.
¡Mi niña! ¡Mi pobre niña, que ya nadie esperaba!
Quiero decir, ¡mi niña, que todos esperábamos con tanta fe! Ay, Dorothea, tu madre estaría...
—¿Quién se casa? —dijo lord Wickersham.
—Dorothea, Ignatius.
—¿Con quién?
—Con el conde de Larkmoor.
—¿El chico de Larkmoor? ¿El amigo de Barnaby?
—Su padre levantó la vista por fin, parpadeando, con los ojos pequeños y azules agrandados por la lupa—.
Pero si es un muchacho. Se cayó al estanque.
Una vez. Y salió con un renacuajo en el bolsillo del chaleco.
Un chico muy despierto, ese. Supo identificar un Dytiscus.
—Hace años de eso, papá.
—Es verdad. Es verdad. —Volvió a la lupa—. Pues muy bien. Me parece muy bien. ¿Tiene buena colección?
—No lo sé, papá.
—Pregúntaselo.
Desde las dos sillas, sin sacarse el brazo de los ojos, Barnaby emitió un sonido que pudo ser una tos.
—Barnaby —dijo Thea, con mucha calma—. Tú y yo tenemos que subir a mi cuarto un momento. Livvy también. Tía, perdóname, tengo que hablar con mis hermanos de... cosas de familia.
—¡Cosas de boda!
—Cosas de boda. Exacto.
—Voy con vosotros. Quiero ver las medidas del...
—Tía, no hay boda todavía. —La tomó de las manos, con ternura, aunque de buena gana le habría puesto un tapón en la boca—. Hay un cortejo. Es un asunto delicado. Lord Larkmoor es un hombre discreto y yo soy una mujer prudente y los dos preferimos que la sociedad no se entere antes de hora.
—La sociedad ya lo sabe, querida. Lo sabe desde las once y cuarto de anoche.
—Entonces —dijo Thea— prefiero que no se entere de más.
Subieron los tres en fila. Barnaby cerró la puerta de su habitación con el pie.
—Ha sido la mejor noche de mi vida —declaró, dejándose caer sobre la cama de Thea, con los brazos abiertos—.
Lo que más me gusta es que me lo ha contado Kit esta mañana a las siete, en mi cuarto, sentado a los pies de mi cama, con un bizcocho.
Entró como si nada. Dijo: «Barnaby, ¿sabías que estoy comprometido con tu hermana? ». Casi me caigo de la cama.
—Supongo que también te contó el resto —dijo Thea.
—Me contó el resto. Con detalle. Y con mucha gracia, déjame decirte.
—Barnaby.
—Es la historia más bonita que he oído en mi vida. Mi hermana, que no dice ni una mentira a su tía, ha inventado una promesa en el lecho de muerte de nuestra madre ante un baronet con dientes de ebanista. Te juro que he llorado de risa.
—No tiene gracia.
—Tiene muchísima gracia.
—Barnaby. —Era Livvy. Había cerrado la puerta con el pestillo y se había quedado de espaldas a ella, con las manos entrelazadas. Cuando se volvió tenía los ojos llenos de agua—. No tiene gracia. Es por mi culpa.
—Livvy...
—Es por mi culpa. Es mi culpa que sir Alaric...
—La voz se le quebró—. Yo no quería bailar con él.
No sabía cómo decirle que no. Tía Winifred me miraba, y él es tan correcto, tan educado, no hay nada de lo que quejarse.
Pero cada vez que me toca la mano, Thea, cada vez que me toca la mano, siento que me están midiendo para un vestido.
Thea se acercó y la abrazó. Livvy se aferró a ella con una fuerza sorprendente. Olía a polvos de arroz y a mermelada de grosella. Le temblaban los hombros.
—No es tu culpa —dijo Thea, contra su pelo—.
No ha sido nunca tu culpa. Y no tienes que bailar con él, ni sonreírle, ni aceptar limonadas.
Si te toca la mano, la retiras. Si te mira, miras a otro sitio.
Si te pregunta algo, contestas con una frase que no sea una respuesta. Yo me ocupo de todo lo demás.
—¿Cómo?
—Pues... —Thea lanzó una mirada de socorro a Barnaby, que levantó las dos manos con aire de inocencia—. Con un conde.
Livvy soltó una risa mojada, y de pronto, entre el llanto, aparecieron los dos hoyuelos.
—Con un conde —repitió.
—No es real, cariño. Es un arreglo. Un arreglo temporal, con reglas, con fecha de caducidad. Mi plan es que Vesey tenga que esperar, y mientras espera, se canse, o encuentre otra cosa que lo distraiga, o descubra que el matrimonio no le conviene.
—¿Y si no se cansa?
—Se cansará.
—¿Y si tarda mucho?
—Eso ya lo pensaremos. —Le apartó un mechón húmedo de la mejilla—. Livvy, necesito saber una cosa. ¿Hay alguien más? Si tengo que protegerte de un hombre, necesito saber si hay otro al que debería tener en cuenta.
Livvy abrió la boca y volvió a cerrarla. Se puso del color de una remolacha cocida. Miró a Barnaby, que de repente se puso a examinar el dosel de la cama con muchísima atención.
—Livvy.
—No hay nadie —dijo Livvy.
—Livvy Wickersham.
—Es una persona. Pero no hay nada. De verdad. No ha pasado nada. —Tragó saliva—. Es Walter.
—¿Qué Walter?
—Walter Finch. El secretario de papá.
Thea se quedó inmóvil. Walter Finch tenía veinticuatro años, una nariz larga, unas gafas de alambre y la costumbre de cubrirse los dedos de tinta hasta los codos.
Llevaba dos años en la casa catalogando la colección de lord Wickersham y era, hasta donde Thea sabía, la única persona de Londres capaz de leer la letra de su padre.
Era hijo de un maestro de escuela de Salisbury.
No tenía una libra. Tenía, eso sí, una cierta manera de bajar la vista cuando Livvy entraba en la biblioteca que Thea había interpretado, con la inocencia de una persona que no mira lo que no quiere ver, como timidez.
—Walter —repitió.
—Nunca ha dicho nada. Ni yo. Pero cada tarde, cuando papá se duerme encima de los coleópteros, se pone a leerme en voz alta lo que está catalogando. Con voz de ser humano, no con la de papá. Hace los nombres latinos... divertidos. Dice «Carabus auratus» como si fuera una canción.
—Livvy.
—Lo sé. Lo sé. No tiene dinero, ni título, ni...
Sé exactamente lo que dirían. Pero me da igual.
Quiero decir, no me da igual, pero... —Se cubrió la cara con las manos—.
Es lo único bueno de esta temporada, Thea.
Lo único. Y ahora tengo que decirle a un hombre que me gusta que bailo con otro, porque la tía Winifred se desmaya cuando lo ve.
Thea y Barnaby se miraron por encima de la cabeza de su hermana. Barnaby ya no sonreía.