Capítulo 2 #2
Se miraron. Un criado dejó caer la brasa de un cigarro en el patio y soltó una maldición muy discreta.
Thea se dio cuenta de que él ya no sonreía; tenía las cejas fruncidas, atento, con una expresión que ella le conocía de la biblioteca de su padre: la expresión de cuando Kit, a los veinte años, había empezado a comprender un problema de ajedrez y se olvidaba de ser gracioso.
—Cuéntame lo último —dijo—. ¿Qué quiere Vesey exactamente?
—A Livvy. Antes de que acabe la temporada. Tiene el visto bueno de mi padre, que ni sabe que lo dio, y de mi tía Winifred, que lo dio con las dos manos. Si mi hermana dice que no, y lo dirá, sospecho que habrá una temporada de rumores. Una Henrietta Cole más.
—Y tú no puedes impedirlo.
—Puedo retrasarlo. Si tengo un pretendiente, mi hermana tiene un plazo.
—Respiró hondo—. Pero no puedo tener un pretendiente real, porque no hay ninguno, y Vesey se enterará de que es mentira en cuanto hable con tres personas.
Me he metido en un lío, Kit. Y te he metido a ti.
Te prometo que mañana mismo mandaré una carta a todos los periódicos diciendo que he sufrido un golpe de calor.
—Estamos en junio y en un balcón de piedra. Nadie te creería.
—Entonces dime tú qué hago.
Kit tardó en contestar. Miró hacia el patio, donde las brasas de los cigarros subían y bajaban como luciérnagas, y pensó en su abuela.
Lady Octavia Hadley, condesa viuda de Larkmoor, setenta y nueve años y un bastón de ébano con empuñadura de plata, le había comunicado en su último cumpleaños que si no estaba prometido antes de que terminara la temporada, ella misma elegiría esposa.
Tenía una lista. La tenía por escrito, con once nombres, y se la había leído en voz alta durante el desayuno, entre sorbos de té, con comentarios al margen: «Lady Arabella: dientes.
Miss Fitzhugh: ninguna conversación. La hija de los Moncrieff: demasiada conversación, la mitad en gaélico».
Había añadido que a la que eligiera ella no le gustaría a él. Que se lo advertía por cariño.
—Dorothea —dijo—, ¿cuánto tiempo le queda a la temporada?
—Seis semanas. Quizá siete.
—¿Y si te dijera que a mí también me convendría tener una prometida inexistente durante seis semanas?
Ella lo miró, sin entender.
—Mi abuela —explicó él— tiene una lista de esposas.
—¿Una lista?
—Once nombres. Dientes, gaélico. Pasa a la acción en agosto. Si en agosto estoy comprometido, aunque sea provisionalmente, con una dama de mi elección, la lista se archiva. Si no, le echa el ojo a las once, empezando por las de peores dientes, que es su manera de hacer justicia.
Thea parpadeó. Después, de manera muy lenta, empezó a reír.
No quiso hacerlo; trató de ahogarla contra el dorso de la mano, pero la risa le subió desde el pecho en oleadas y acabó apoyada en la puerta de cristal con los hombros sacudidos.
Kit, que había visto a muy pocas mujeres reír de verdad en su vida, se quedó mirando cómo se le descomponía la compostura entera y pensó que era un espectáculo mucho más interesante que el baile.
—Lo siento —dijo ella, secándose una lágrima con el pulgar—. Lo siento. Es que... una lista.
—Una lista con anotaciones.
—Debe de ser una mujer formidable.
—Es la persona más temible de Inglaterra.
Te va a caer bien. Te lo aviso para que no te asustes.
—Se apartó de la barandilla—. Te propongo un trato, Dorothea.
Un cortejo. Falso, público, con fecha de caducidad.
Hasta final de temporada. Yo te corteo con todo el descaro del que soy capaz, tú aceptas mis atenciones agradecida y ruborizada y Vesey ve que tu hermana tiene una barrera que no puede saltar sin quedar mal ante todo Londres.
A final de temporada tú me rechazas, con mucha pena, en público, y yo recojo mi corazón destrozado y me retiro al campo a escribir poesía mala.
Mi abuela archiva la lista porque ha visto que lo intenté.
Tú recuperas tu libertad. Tu hermana se queda con tres meses de ventaja y un baronet menos.
—Eso es... —Thea se quedó callada, buscando el defecto del plan. Frunció la nariz—. Eso es lógico.
—Soy un hombre lógico.
—No eres nada lógico. Te besas la muñeca de la gente.
—Fue una decisión táctica.
—Necesito reglas.
—Naturalmente.
—Por escrito.
—Dorothea.
—Por escrito, Kit. Hablo en serio.
Él se rió, y sacó de la chaqueta un pequeño cuaderno de apuntes con un lápiz, y se lo tendió con una reverencia exagerada. Thea lo cogió, lo abrió sobre la barandilla y empezó a escribir con una letra pequeña, recta y rapidísima, mientras él la miraba sin disimulo.
—Primera —dijo ella, en voz alta, mientras escribía—. El cortejo termina el último día de la temporada. Yo te rechazo. Nadie sale perjudicado.
—Aceptada.
—Segunda. Mi hermana no sufre ningún perjuicio por esto. Ni su reputación ni su ánimo.
—Aceptada.
—Tercera. Solo se entera Barnaby, y Livvy. A mi tía Winifred no puede decírsele. No sabe guardar un secreto, lo cuenta todo, hasta lo que no sabe.
—Mi abuela tampoco debe enterarse.
—Ah, eso no.
—Es una mujer con un olfato extraordinario. Pero estoy dispuesto a intentarlo.
—Cuarta. —Thea hizo una pausa con el lápiz en alto. Se sonrojó—. Sin... contacto innecesario.
Kit alzó una ceja.
—Define innecesario.
—El que no sea imprescindible para que Vesey se lo crea.
—Entonces la muñeca era necesaria.
—No lo era.
—Lo era. Tú misma lo has visto.
—Lo discutiremos caso por caso.
—Rigurosa.
—Con las cosas importantes, sí.
Escribió una quinta regla, y una sexta, que él no leyó. Cuando terminó, arrancó la hoja del cuaderno, la dobló con cuidado y se la guardó en el corpiño, de un modo tan natural que Kit apartó la mirada hacia el patio con gran interés por las brasas.
—Hecho, entonces —dijo ella.
—Hecho.
Se estrecharon la mano. Fue un apretón corto, de guantes y de negocios, como el que se daría a un socio, y Kit lo habría olvidado en menos de diez minutos si no hubiera sido porque ella tardó medio segundo más de lo necesario en retirar los dedos.
Su pulgar se deslizó apenas sobre el borde del guante de él, un roce mínimo. Los dos lo notaron. Ninguno dijo nada.
—Voy a buscar a Livvy —dijo Thea.
—Voy a buscar a mi abuela y a decirle que me he enamorado de la hermana de mi mejor amigo, para que se vaya acostumbrando a la idea.
—Ah, eso no, Kit. Tercera regla.
—Bromeaba.
—No lo parecía.
—Soy un hombre muy serio cuando bromeo.
Ella negó con la cabeza y salió, y las puertas de cristal se cerraron tras ella con un tintineo. Kit se quedó solo en el balcón, con el cuaderno todavía en la mano. Lo guardó en el bolsillo del chaleco, junto al reloj.