El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 2
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Capítulo 2

Kit Hadley, conde de Larkmoor, llevaba un cuarto de hora durmiendo de pie, y era la única manera civilizada de sobrevivir a un baile de lady Marchbanks.

No dormía de verdad, claro. Había perfeccionado la técnica en Eton, durante los sermones del capellán, y consistía en apoyar la nuca contra una superficie dura, cruzar los brazos, relajar la mandíbula y cerrar los ojos con tanta convicción que los demás respetaban el sueño como si fuera sagrado.

Las madres con hijas en edad de merecer lo rodeaban a distancia prudente.

Un conde dormido era un conde que no podía rechazar a nadie, y un conde que no podía rechazar a nadie era, en última instancia, un conde que no podía ser humillado ni humillar.

Ninguna madre quería arriesgarse a despertarlo antes de tiempo.

Había funcionado perfectamente durante tres temporadas. Esa noche, a la media hora, funcionó un poco menos.

—¿Lord Larkmoor?

Abrió un ojo. Luego el otro. Delante de él había un hombre rubio, de perfil admirable, y detrás del hombre rubio, a unos diez pasos y entre dos parejas de baile que giraban en direcciones opuestas, había una mujer alta con un vestido color vino que le sentaba como si lo hubieran diseñado para ella y no para otra y que, de pronto, se había quedado inmóvil con una expresión de terror absoluto.

Tenía el pelo castaño oscuro, medio deshecho ya, una mancha de tierra en el borde de la falda y las manos tan apretadas a ambos lados del cuerpo que se le veían los nudillos blancos a través de los guantes.

Dorothea Wickersham.

Kit tardó un segundo en situar el nombre.

Un segundo muy breve, porque Dorothea Wickersham era una de esas personas que, una vez entraban en la memoria de uno, no salían nunca, aunque uno tratara de convencerse de lo contrario.

La hermana mayor de Barnaby. La que sabía los nombres latinos de todos los escarabajos de Wiltshire.

La que a los dieciséis años le había corregido un verbo en la biblioteca de su padre con una voz seria y exacta, mientras él, tumbado sobre la alfombra, se atragantaba de risa porque nunca antes una chica le había enmendado la plana con tanta educación y tanto desprecio.

Lo había mirado como a un insecto de especie poco interesante.

Se acordaba de eso con una nitidez que le inquietaba.

—Sir Alaric Vesey —dijo, porque ya lo había reconocido por los dientes—. Qué amable por despertarme. Estaba soñando con una chuleta.

—Le pido disculpas. Quería ser el primero en felicitarle.

—¿Por la chuleta?

—Por su cortejo. —Vesey sonrió con una sonrisa que habría derretido un bloque de mantequilla—. A la señorita Wickersham. La mayor. Ha tenido la deferencia de confiarme su secreto, y comprenderá que no he podido resistirme. Estoy encantado por ustedes.

Kit lo miró. Después miró por encima del hombro del baronet, hacia el fondo del salón, donde Thea Wickersham se había llevado una mano a la boca y negaba con la cabeza con una violencia casi imperceptible, el gesto de una mujer que está pidiendo perdón en un idioma que solo hablan los condenados.

Tenía los ojos muy abiertos. Eran de un color indeciso, entre gris y verde, y en ese momento le decían a Kit, con una elocuencia que ninguna palabra habría podido igualar: por favor. Por favor. Por favor.

Kit tenía veintinueve años, una fortuna desmesurada, un título antiguo y la certeza, adquirida a fuerza de errores, de que casi todas las decisiones importantes de su vida las había tomado en menos de tres segundos y sin pensar. Tres segundos le bastaron esta vez.

—Ah —dijo—. Dorothea. Qué indiscreta. —Se separó de la columna con parsimonia, se alisó el chaleco y le dedicó a Vesey su mejor sonrisa aburrida—. Íbamos a guardar el secreto hasta que hablara con su padre. Pero mujeres como ella no se dejan esconder, ¿verdad? Es un defecto que adoro.

La cara de Vesey se quedó quieta un instante. Muy poco. Lo justo para que Kit, que había pasado diez años estudiando las caras de los jugadores de cartas en los clubes de St. James, lo notara.

—Nadie sabía nada —dijo Vesey.

—Ese es el propósito de un secreto.

—Y sin embargo, lord Larkmoor, tengo entendido que usted lleva tres años sin dirigirle la palabra a ninguna dama a menos que ella lo hiciera primero.

—He madurado. Es terrible, lo sé. Ya me han avisado de que la madurez da arrugas.

Cruzó el salón. Cruzó el salón con una calma que no sentía y que había aprendido a fabricar a los quince años, con un padre que gritaba y una madre que lloraba y dos hermanos que se burlaban.

Llegó junto a Thea, que lo miraba como se mira a un carruaje que se aproxima a toda velocidad.

Le tomó la mano. Estaba fría, incluso a través del guante, y temblaba un poco, y en lugar de besar la tela, como habría hecho cualquier caballero, se la llevó a los labios y apoyó la boca sobre el hueso de la muñeca, justo donde el guante terminaba y empezaba la piel.

Fue un acto de pura teatralidad. Lo hizo para que Vesey lo viera.

Pero a Kit, que llevaba años haciendo gestos teatrales sin que le temblara el pulso, le tembló de pronto algo debajo de las costillas.

Ella olía a jabón de limón y a tinta.

—Querida —dijo, sin soltarle la mano—. Siento haberme dormido. Estaba agotado, ¿sabes? De pensar en ti.

—Me lo imagino —dijo Thea, con una voz que solo un oído muy entrenado habría reconocido como un graznido.

—Sir Alaric ya ha tenido la bondad de felicitarnos. Espero que no te importe. Se me ha adelantado.

—No. Me importa. Quiero decir, no me importa. Es... un honor.

—Vesey, ¿puede usted dejarnos? Mi prometida y yo tenemos mucho de que hablar, y sospecho que ninguna de las cosas que vamos a decir resultará interesante para un tercero.

—No es su prometida —dijo Vesey con suavidad—. Hasta donde yo sé, aún no hay compromiso.

—Estamos en la fase previa —dijo Kit—. La más deliciosa. ¿No ha estado usted nunca enamorado, Vesey? Qué lástima. Es la mejor manera de perder la dignidad con elegancia.

Vesey inclinó la cabeza. Su sonrisa no había cambiado ni un milímetro.

—Entonces espero verles mañana en casa de los Pelham, donde tendré el placer de comprobar de primera mano la intensidad de su... fase previa. Lord Larkmoor. Señorita Wickersham.

Se alejó. Kit lo vio perderse entre las parejas, rubio y erguido y perfectamente satisfecho consigo mismo, y mantuvo la sonrisa unos segundos más, hasta que estuvo seguro de que no miraba hacia atrás.

Entonces dejó caer la mano de Thea y dijo, sin mover los labios:

—Balcón. Ahora.

—Lord Larkmoor, puedo explicarlo...

—Estoy convencido de que sí. Pero no aquí, donde cuarenta señoras nos miran fingiendo no mirarnos. Camina como si estuvieras enamorada de mí. Si te cuesta, finge que has visto un pastel.

Ella le lanzó una mirada asesina. Después caminó. Caminó rígida, a su lado, con la barbilla muy alta, atravesando el salón entre el murmullo creciente de las matronas, y Kit tuvo que morderse la mejilla por dentro para no reír.

El balcón era estrecho y daba a un patio interior donde unos criados fumaban a escondidas. Thea cerró las puertas de cristal a sus espaldas, se quedó de pie con la espalda apoyada en ellas y se tapó la cara con las dos manos.

—Soy una imbécil —dijo, con las manos en la cara.

—No lo creo.

—Soy una imbécil de proporciones históricas.

He mentido. He mentido a un hombre que come mentiras como otros comen bizcocho.

Y te he metido a ti. A ti, de todas las personas del salón.

Estabas durmiendo. Parecías tan tranquilo.

Pensé: no pasa nada, es un conde, tiene fama de rehuir a las mujeres, nadie va a creerlo y si lo cree no durará dos días.

Pero no pensé que te levantarías y me besarías la muñeca, Kit. ¿Por qué me has besado la muñeca?

—Parecía lo más convincente.

—Ha sido absolutamente innecesario.

—Ha sido absolutamente convincente. Vesey se ha ido pálido. Yo creo que, por primera vez en su vida, ha dudado. —Se apoyó en la barandilla de piedra, cruzó los tobillos—. ¿Quieres contármelo todo, o prefieres que lo adivine? Tengo una teoría. Vesey va detrás de tu hermana.

Thea bajó las manos. Tenía las mejillas encendidas y el pelo suelto sobre una oreja; la luz de los faroles del patio le daba un resplandor inesperado, y Kit pensó, con la objetividad de un meteorólogo, que se había vuelto hermosa.

No es que no lo hubiera sido antes. Es que antes no se lo había planteado.

Le contó la historia. Se la contó de pie, sin sentarse, con frases cortas, irritadas y a veces graciosas.

La palmera. La limonada. El «sí» de su padre con un escarabajo en la mano.

La puerta que se cerraba despacio. Henrietta Cole y su tía de Northumberland.

La invención, absurda e instantánea, de una promesa en el lecho de muerte de su madre.

—¿Dijiste eso? —preguntó Kit—. ¿Una promesa en el lecho de muerte?

—Salió sola.

—¿Y tu madre qué tal está?

—Murió hace doce años. Y no prometió nada.

Era una mujer práctica; habría dicho que cada uno se case cuando le dé la gana.

—Se apretó el puente de la nariz—. Y entonces él ha dicho que mi hermana tendría que esperar a que yo me casara, y que dadas mis perspectivas la espera sería larga, y se me han acabado los argumentos y he dicho que tenía pretendiente.

—Y has mirado por encima de su hombro.

—Y te he visto a ti.

—Dormido.

—Dormido. Parecías el único hombre del salón que no iba a participar en la conversación.

Mi plan era decir un nombre al azar, que él fuera a comprobarlo, y que tú, al despertar, lo negaras y quedáramos todos como unos tontos.

Pero el nombre era tuyo y me ha parecido...

ya sabes. Poco probable. Imposible de verificar.

—Gracias.

—Quiero decir que eres un hombre que no corteja. Eso es público.

—Eso era público. Hasta hace diez minutos.