El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 1
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El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5)

El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5)

Por Clary Roger

© inepub.com

Capítulo 1

Había una palmera enana en el rincón del salón de baile de lady Marchbanks, y Thea Wickersham llevaba veinte minutos escondida detrás de ella.

La palmera no había sido concebida para ese fin.

Era una planta de salón, bajita, de hojas abanicadas y tiesto de porcelana azul, destinada a que las damas la elogiaran de pasada y a que los caballeros tropezaran con ella al retirarse de la pista.

Thea medía un metro setenta y dos, llevaba un vestido de seda color vino que su tía Winifred había elegido con el argumento de que «te favorece el pecho, querida, y alguien tiene que decirlo», y no existía manera honrada de ocultar semejante conjunto tras tres hojas de palmera.

Pero los bailes tenían esa ventaja: nadie miraba a una solterona de veintiséis años cuando había algo más interesante que mirar.

Y esa noche lo había. Lo interesante estaba en el centro del salón y se llamaba sir Alaric Vesey.

Sir Alaric era un hombre de cuarenta y un años, rubio ceniza, hombros anchos y un perfil que cualquier escultor habría aceptado sin pedir correcciones.

Tenía los dientes tan parejos que parecían encargados a un ebanista.

Tenía una fortuna en Lincolnshire, otra en los fondos públicos y una reputación de encanto que se repetía en todos los salones de Londres con la misma frase: «Es un hombre encantador».

Thea había empezado a sospechar que la gente decía eso porque ninguno lo conocía lo bastante para elegir otro adjetivo.

Llevaba dos bailes con Livvy. Dos. Y sostenía en la mano una copa de limonada, la tercera, que le había traído a su hermana con una reverencia que habría merecido aplausos en el teatro.

—Es muy atento —dijo la tía Winifred a su lado, y Thea, que había salido un momento de detrás de la palmera para respirar, tuvo que volver a meterse—. Muy atento. Y qué manos. ¿Te has fijado en sus manos, Dorothea?

—Me he fijado en que no suelta a mi hermana.

—Eso es lo que yo digo. Atento.

La tía Winifred era la hermana menor de su padre, viuda desde hacía once años, y poseía dos virtudes que la hacían insustituible y un defecto que la hacía peligrosa.

Las virtudes eran un corazón enorme y una resistencia sobrehumana al aburrimiento.

El defecto era que creía que todo hombre con fortuna y buena dentadura merecía una oportunidad.

Para ella, el matrimonio era un deporte de equipo en el que los Wickersham iban perdiendo por goleada desde hacía tres temporadas, con Thea de capitana.

—Tía, ¿quién le ha dado permiso para sacarla a bailar tres veces?

—Dos. La tercera es la limonada.

—La limonada también cuenta.

—Dorothea, eres la mujer más inteligente de Inglaterra y a veces me desesperas. Vigilas a tu hermana como si fuera un reloj de oro en una taberna. Es un baronet. ¡Un baronet! ¿Sabes cuántas madres matarían por esa limonada?

—Todas, tía. Ese es exactamente el problema.

Se asomó otra vez entre las hojas. Alaric le había ofrecido el brazo a Livvy.

Su hermana pequeña, dieciocho años, el cabello castaño claro recogido con una cinta que Thea le había colocado esa tarde, la nariz respingona y dos hoyuelos que en ese momento no aparecían por ningún lado, aceptó el brazo con una sonrisa tiesa.

Lo aceptó con la mano izquierda, la de las uñas mordidas, y volvió la cabeza hacia el rincón de la palmera.

Thea la vio mirar. Las miradas de su hermana eran de una claridad que a veces daba pena; Livvy no sabía mentir con la cara, y por eso sus ojos decían con total nitidez sácame de aquí.

Se dirigían a la terraza.

—Voy a por aire —anunció Thea.

—Hay aire aquí.

—Hay demasiado perfume de Lady Marchbanks. Me estoy mareando.

—Dorothea, no te atrevas a...

Pero Thea ya había salido de detrás de la palmera, y la palmera, ofendida por el abandono, cayó de lado y derramó medio tiesto de tierra sobre el parqué.

Un lacayo corrió con una escoba. Alguien rió.

Thea, que podía soportar cualquier cosa menos ser el centro de una risa, avanzó entre las parejas con la cabeza alta, la espalda recta y una expresión que, esperaba, transmitía serenidad y no el pánico de un ciervo.

La terraza daba a un jardín con faroles de papel.

Alaric y Livvy se habían detenido junto a la balaustrada, y Alaric, con el codo apoyado en la piedra, hablaba en voz baja inclinado hacia ella.

Livvy tenía la limonada intacta en la mano y miraba el contenido como si fuera a emerger de allí una salvación.

—¡Livvy! —dijo Thea, tan alto que un matrimonio que paseaba por la terraza se giró—. Te estaba buscando por todo el salón. Papá pregunta por ti.

—¿Papá está aquí? —preguntó Livvy.

—No —dijo Thea.

Hubo una pausa breve. Livvy parpadeó. Alaric levantó una ceja rubia, con tanta elegancia que Thea sintió el impulso de arrancarle la ceja.

—Pregunta por ti en espíritu —rectificó—. Mentalmente. Estaba pensando en ti. Lo he sentido.

—Qué conmovedor —dijo Alaric, y sonrió. Tenía una voz suave y grave, la voz de un hombre acostumbrado a que las habitaciones se aquietaran cuando hablaba—. Señorita Wickersham. La vi hace un momento detrás de esa palmera. ¿Es una costumbre botánica de la familia?

—Es una costumbre de las personas que quieren respirar un rato lejos de la orquesta.

—Hablaba usted con su tía.

—Con la palmera. Es una buena conversadora, escucha mucho.

Livvy tosió. Fue una tos pequeña, salvadora, de las que se usan para tapar una carcajada, y le sirvió a Thea para tomarla del codo, quitarle la limonada de la mano y empujarla con suavidad hacia la puerta.

—Livvy, cariño, creo que has perdido una horquilla. Ve al tocador y que Prudence te lo arregle. Ve, ve.

—No me he perdido ninguna...

—Ve.

Livvy se fue. Se fue con una dignidad rápida, recogiéndose la falda, y desde la puerta lanzó una mirada de gratitud tan intensa que Thea sintió el nudo de siempre en el estómago, ese que le salía cuando su hermana pequeña la miraba como si ella supiera resolver las cosas.

No sabía. Esa era la parte desagradable del asunto. Llevaba seis semanas de temporada fingiendo que sabía.

Se volvió hacia Alaric. Alaric no se había movido. Seguía con el codo en la balaustrada y una media sonrisa en el rostro, mirándola con una paciencia tan amable que tuvo que recordarse que era el mismo hombre que había hundido a Henrietta Cole.

Henrietta Cole. Barnaby le había contado la historia en voz baja, una noche de mayo, junto a la chimenea de la biblioteca, mientras su padre dormía sobre un tratado de coleópteros.

Henrietta había sido la debutante más popular de la temporada anterior: pelo negro, ingenio, una dote respetable.

Sir Alaric había pedido su mano en septiembre y ella había dicho que no.

Una vez. Con educación. Para Navidad corría por Londres que Henrietta tenía «un pasado» que nadie sabía precisar, que había sido vista en circunstancias «poco decorosas» y que su familia, por prudencia, la había enviado a vivir con una tía en Northumberland.

Nadie conseguía recordar quién había dicho la primera palabra.

Todos recordaban perfectamente que sir Alaric había sido muy discreto al respecto y había defendido el buen nombre de la señorita Cole en todas las conversaciones.

—Su hermana —dijo Alaric— es una joven deliciosa.

—Lo es.

—Tiene dieciocho años y el temperamento adecuado. No se parece en nada a las muchachas que he conocido, siempre tan calculadoras. Livvy dice lo que piensa.

—Livvy —dijo Thea— no ha dicho una sola palabra que usted haya escuchado en toda la noche.

—Se equivoca. Me ha dicho que le gustan los perros.

—Eso me lo dijo hace tres días. Usted se lo ha oído a otra persona.

Alaric se echó a reír. Era una risa baja, cálida y absolutamente falsa, y Thea la odió con una intensidad que le sorprendió.

—Es usted más aguda de lo que su fama indica, señorita Wickersham.

—Mi fama indica que soy una solterona con aficiones peculiares.

—Su fama indica que es una mujer a la que ningún hombre ha pedido matrimonio en tres temporadas. Es una lástima. Tengo entendido que es lo bastante hermosa para que alguien lo hubiera hecho.

El insulto vino envuelto en un cumplido, y Thea tardó un segundo en notar el filo. Cuando lo notó, se le puso la cara caliente.

—Voy a ser directo —continuó él, sin alzar la voz—, porque creo que usted agradece la franqueza. Hablé con lord Wickersham en marzo. Le expresé mi deseo de cortejar a su hija menor. Su padre me respondió que sí, que desde luego, que estaría encantado.

—Mi padre le dice que sí a todo el que le habla mientras tiene un escarabajo en la mano. Le dijo que sí al deshollinador cuando le preguntó si quería otra taza de té, y mi padre odia el té.

—Tomé la libertad de entender que era un sí.

—Y yo tomo la libertad de informarle de que ese sí no vale ni el papel en el que no está escrito.

—Valdrá lo que su hermana decida que vale.

—Se enderezó, y de pronto fue más alto de lo que parecía, y la terraza más pequeña—.

Pero seré generoso. Tengo paciencia, señorita Wickersham, una paciencia considerable.

Llevo muchos años cultivándola. Hasta final de temporada, su hermana puede disfrutar de mis atenciones sin compromiso alguno.

Después hablaremos otra vez con su padre.

Y espero, por el bien de todos, que la conversación sea tan agradable como esta.

No había amenaza en sus palabras. Eso era lo que más la inquietaba: ni una sílaba que pudiera repetirse ante un juez o ante la tía Winifred. Solo una cortesía inmaculada, y debajo de la cortesía algo que se parecía a una puerta cerrándose despacio.

Thea abrió la boca. Se le ocurrieron al menos cuatro cosas que decir, ninguna útil.

Que su hermana no se casaría con él aunque él fuera el último hombre de Inglaterra, por ejemplo, algo cierto pero estratégicamente inútil.

Que su padre era un hombre despistado pero no un cobarde, algo dudoso.

Que tenía un hermano de veintitrés años con puños y mal genio, y eso era mentira: Barnaby tenía una lengua afilada y los puños de un gato de salón.

Dijo, en cambio, lo primero que se le pasó por la cabeza y que nunca debió pasarle por ella.

—Livvy no puede casarse antes que yo.

Alaric ladeó la cabeza.

—¿Perdón?

—Es una promesa. —Thea oyó su propia voz, serena, fluida, de una mentira bien nacida.

Se admiró un poco y se asustó bastante más—.

Mi madre se la hizo prometer a mi padre en su lecho de muerte.

Que las hijas se casarían por orden. Que la mayor no se quedaría atrás.

Mi padre, que es un hombre de palabra y de poca memoria, la cumple a rajatabla.

—Qué conmovedor —dijo Alaric. Y esperó. Tenía esa cualidad de los depredadores pacientes: sabía esperar mientras la presa terminaba de enredarse sola.

—Así que, comprenderá, hasta que yo...

—Hasta que usted contraiga matrimonio.

—Sí.

—Una condición sencilla de cumplir. —Sonrió con ternura, como se sonríe a una niña que acaba de anunciar que va a ser reina—. Aunque tal vez su hermana tenga que esperar bastante tiempo, señorita Wickersham. Tres temporadas sin un solo pretendiente. ¿Cuántas más calcula que harán falta?

La cara le ardía ahora con total franqueza. Sintió que le temblaban los dedos y los cerró sobre la tela de la falda para esconderlo.

—Se equivoca —dijo.

—¿En qué?

—En que no tenga pretendientes.

Lo dijo antes de saber que iba a decirlo. Las palabras salieron, cayeron entre ellos sobre las baldosas de la terraza, y Thea las miró allí tendidas, con espanto.

Alaric alzó las cejas.

—¿Tiene pretendiente? ¡Qué sorpresa! ¿De quién se trata?

Y Thea, que era una mujer de mente rápida, entrenada desde la infancia en clasificar insectos por género y especie con la vista y la memoria, hizo lo que haría cualquiera atrapada en un callejón: miró por encima del hombro de Alaric hacia el salón y buscó el primer hombre que viera.

Había un lacayo con una bandeja. Descartado, por razones obvias.

Había un marqués octogenario dormitando junto a una columna.

Descartado también, aunque la idea de un marqués octogenario tenía su gracia legal.

Y había, junto a otra columna, un hombre alto de pelo negro, los brazos cruzados, la cabeza apoyada en el mármol y los ojos cerrados, que parecía dormir de pie con una serenidad que los demás invitados envidiaban en secreto.

Las matronas con hijas casaderas se desviaban a su alrededor como un río alrededor de una piedra. Era el conde de Larkmoor.

Thea lo conocía de toda la vida. Lo conocía desde que tenía dieciséis años y él venía a casa en vacaciones de Cambridge con Barnaby, desgarbado y burlón, y se tumbaba en el suelo de la biblioteca a escuchar a su padre hablar de élitros.

Una vez le había corregido un verbo latino.

Él se había reído tanto que se le cayó la copa.

Desde entonces, para Kit Hadley, Thea había sido «la hermana alta de Barnaby».

Y para Thea, Kit Hadley había sido otra cosa, algo confuso y breve que había enterrado a los diecisiete años con una determinación admirable y había olvidado casi por completo.

Casi.

—Lord Larkmoor —dijo, con una voz de una calma tan absoluta que se creyó a sí misma.

Alaric volvió la cabeza para seguir su mirada. Contempló al conde durante un largo instante.

—Larkmoor —repitió—. El hombre que ha rechazado a media docena de debutantes con una frase graciosa cada una. ¡Qué interesante!

—Ha cambiado —dijo Thea, tratando de que su tono sonara como el de una mujer enamorada y no como el de una mujer a punto de ser ejecutada.

—Evidentemente. Y de manera muy discreta. Nadie lo sabía.

—Esa es la idea de la discreción.

—Ya veo. —Alaric se alisó el guante con un movimiento lento—. Entonces creo que debo felicitarle. Es lo mínimo que cabe entre caballeros.

—Sir Alaric, no creo que sea necesario...

—Lo es. Se lo aseguro.

Y se alejó por la terraza, con ese paso ligero y tranquilo que tienen los hombres que nunca han tenido prisa por nada, atravesó las puertas de cristal y se dirigió hacia la columna donde el conde de Larkmoor seguía durmiendo con los ojos cerrados.

Thea se quedó en la terraza, sola, con la limonada de Livvy todavía en la mano.

—Ay, Dios —dijo a las baldosas.

Se bebió la limonada de un trago. Estaba tibia y demasiado dulce.