El eco de las Valkirias CAPITULO XV #3
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CAPITULO XV #3

El silencio que sigue a sus palabras es absoluto, roto únicamente por el crujido de las sábanas de hierro de las túnicas y el roce de los dedos entumecidos aferrando la madera embreada.

Las madres estrechan a los niños pequeños contra los maderos laterales, envolviéndolos entre sus brazos con una fijeza desesperada, mientras los viejos hincan los talones en las junturas del casco, preparándose para el azote invisible del monstruo marino.

En las bancadas se humedecen las palmas de sus manos clavando la mirada en el estrado de popa, conteniendo el aliento junto a Signy mientras observan cómo la línea de la espuma empieza a detener su marcha salvaje en la boca del estrecho.

La tregua del agua estancada está a punto de completarse, y el destino de la estirpe aguarda a un solo grito de boga.

En mitad de esa parálisis, el coraje de la estirpe rompe el nudo del pánico.

Kark y Gunnhild saltan decididos desde la vanguardia, abandonando sus puestos de armas para meterse de lleno entre las remeras que se apretujan en las bancadas intermedias.

Se sitúa el rastreador a estribor y la princesa a babor, aferrando cada uno un pino grueso con las manos desnudas, listos para vaciarse el pecho haciendo más fuerza en el agua en cuanto Gorm lo ordene.

Siguiendo el ejemplo marcial de la pareja, todos los muchachos jóvenes del barco hacen lo mismo de inmediato; abandonan los fardos de la bodega y se distribuyen por las bancadas, encajando sus hombros entumecidos junto a los de las madres y las hermanas para multiplicar los brazos en cada remo.

Ya no hay guerreros, marineros ni civiles en la cubierta del “Hrafn”.

Son un pueblo cohesionado compartiendo un único destino, una maquinaria social que entiende que el futuro de Sifjarvík lo tienen que escribir ellos mismos a golpe de riñón y voluntad, negándose a dejar que el mar decida la línea de sus vidas.

Gorm contempla el revuelo desde el estrado de popa y, al ver a los jóvenes hincar los pies en las junturas y a las mujeres tensar la espalda con una fijeza implacable, una chispa de orgullo salvaje borra la severidad de su rostro.

Sabe el timonel que la tregua del agua estancada ha llegado a su punto de platino exacto; las corrientes del “Petlandsfjörðr” se detienen por unos breves latidos y la superficie del estrecho maldito se queda lisa y mansa como un escudo de plata.

El oasis del canal se abre ante sus amuras.

–        ¡Es la hora, estirpe de Eirik! –brama el viejo lobo de mar, alzando el brazo hacia la orilla continental con un rugido que despierta el trueno en la madera– ¡Boga máxima! ¡Llevad la quilla a tierra o entregaos a los Dioses!

Inmediatamente después de esas palabras cae el brazo del timonel dando la orden a Halvar de golpear el cuero con una furia desatada que haga restallar el tambor con un ritmo salvaje, rápido y letal que no admite el menor fallo.

Al compás del trueno, todos empujan los remos al unísono con una potencia animal, hundiéndose las palas en la masa del agua estancada mientras el drakkar sale disparado de la cala como una flecha de roble directa a las fauces de su salvación.

La quilla del navío vuela sobre el espejo plateado del canal durante los primeros instantes, pero al alcanzar la mitad del “Petlandsfjörðr”, la terrible predicción del viejo timonel se cumple con una violencia invisible y sobrecogedora.

A pesar de que la superficie del mar permanece extrañamente mansa, lisa y en una calma aparente que engaña a los ojos, las corrientes internas del estrecho despiertan bajo el casco de roble con la fuerza de un titán dormido.

Un crujido sordo recorre las maderas del “Hrafn” cuando la masa de agua oculta golpea los tablones inferiores, atrapando al navío y sacudiéndolo de golpe como si fuera una simple hoja indefensa arrastrada por el viento.

La nave bandea con brusquedad hacia estribor, perdiendo el rumbo de forma violenta y moviéndose al capricho de los remolinos que se retuercen en las profundidades del abismo marino.

El pánico estalla de inmediato en la cubierta inferior, pero la disciplina marcial de la estirpe aguanta el embate.

Las madres, cumpliendo la consigna del viejo, se tiran sobre la arena sobrante del lastre y abrazan a los niños pequeños contra las cuadernas con una fijeza desesperada, mientras los ancianos hincan las uñas en los tablones embreados para no salir despedidos por encima de las bordas.

En las bancadas intermedias, la fuerza de la corriente es tan brutal que los pinos gruesos amenazan con descoyuntar los hombros de las remeras, doblando la madera tallada hasta el límite de la rotura.

Kark y Gunnhild hunden los talones en las junturas del casco, vaciándose los pulmones en cada palada para contrarrestar el arrastre del agua, mientras los muchachos jóvenes se desgarran las palmas de las manos para mantener el compás que el tambor de Halvar dicta con un ritmo frenético y desatado.

En el estrado de popa, Gorm se multiplica en un esfuerzo titánico, aferrando la caña con los brazos tensos y el rostro bañado en sudor frío mientras lucha cuerpo a cuerpo contra la corriente que intenta arrebatarle el control del drakkar.

El viejo lobo de mar ruge por encima del crujido del roble, con la mirada fija en la línea de las colinas que ya se agigantan de forma imponente frente a las amuras, guiando al “Hrafn” a través del laberinto invisible del agua maldita.

Viendo que el drakkar tiembla bajo el azote de las corrientes ocultas y que los hombros de las mujeres empiezan a ceder por el agotamiento, el anciano rompe su coraza de silencio marcial y se vacía el pecho con una ferocidad.

Desde el estrado Gorm vuelve a gritar con una voz atronadora que desgarra el relente marino, exigiéndoles a todos los que están apretujados en las bancadas que saquen fuerzas de donde ya no las tengan para no perecer en el abismo.

Lo arenga diciéndoles que el futuro de su estirpe está ahí mismo, al alcance de la mano, y que el monstruo de agua que amenaza con tragárselos no puede tener más poder que el coraje de su sangre unida.

Sosteniendo la pesada caña con los músculos de los brazos a punto de estallar, el viejo navegante clava su único ojo en la tripulación gritando a pleno pulmón, con una rabia sagrada que estalla en mitad del estrecho:

–         ¡Ru, Sifjarvík, Ru! ¡Por Odín! ¡Por la memoria del rey y su esposa!

El trueno del rugido de Gorm cae como un relámpago divino sobre la cubierta inferior, insuflando una descarga de adrenalina animal en el ánimo de los proscritos.

Al escuchar los nombres de sus soberanos asesinados y el grito de la tribu en boca del anciano, las remeras, los muchachos jóvenes, Kark y Gunnhild responden con un clamor salvaje y desgarrado, hincando las uñas en el pino de los remos con una furia desatada que desafía a la física del océano.

El compás del tambor de Halvar se vuelve letal, rápido y violento, marcando una marcha suicida que arranca el drakkar de las garras de la corriente interna.

Vencen los brazos rotos del pueblo al capricho de la marea oculta, y con la quilla enderezada por el pulso hercúleo del viejo, el “Hrafn” desgarra la última ola del Petlandsfjörðr para salir propulsado con una velocidad brutal hacia la orilla, dejando atrás el abismo maldito para siempre.

La inercia de la boga desesperada y el empuje de la resaca lanzan al drakkar desbocado contra la costa escocesa, donde no aguarda la arena mansa de las calas anteriores, sino un litoral hostil y plagado de rocas bajas.

Gorm sostiene la caña del timón con las últimas fuerzas de sus tendones, enderezando la proa en mitad de la espuma blanca para ofrecer el frente más resistente del casco contra las piedras que defienden la orilla.

El impacto final es inmediato, seco y de una violencia atronadora que sacude los cimientos de la estirpe.

La quilla del Hrafn choca de golpe contra los riscos sumergidos, desatando un crujido ensordecedor que recorre todo el maderamen; las cuadernas de roble que resistieron el hielo del Atlántico se quiebran bajo la fuerza del choque, abriéndose el vientre del barco en mitad de un estallido de astillas y tablones partidos que frena en seco la marcha.

El golpe arroja a la tripulación por encima de las bancadas en un revuelo de cuerpos entumecidos, pero el milagro de la unión se consuma en la orilla.

A pesar de la destrucción del navío, la amortiguación del fondo arenoso que rodea las rocas y la pericia del viejo en el estrado salvan el mañana de Sifjarvík.

Kark y Gunnhild saltan los primeros entre los maderos rotos, hundiendo los pies en el oleaje bajo para empezar a sacar a las madres y a los niños pequeños del interior del casco destrozado, poniéndolos a salvo sobre la tierra firme en un trasiego frenético de brazos protectores.

Salen las setenta almas con vida de las fauces del agua, exhaustas, magulladas y tiritando de frío, pero con el pecho encendido por la certeza de haber vencido al abismo maldito.

Mientras el pueblo errante se agrupa en la playa firme, Signy camina con paso lento por la orilla rocosa hasta plantarse frente a los restos del barco que los ha traído hacia la libertad.

El “Hrafn” yace herido de muerte entre las piedras, inservible para volver a navegar, con sus treinta pinos partidos y el agua marina lamiendo los tablones embreados de su cubierta inferior.

Ha cumplido el drakkar su última y sagrada misión en la “Vestvegr”, entregando su propia estructura para salvar la sangre de sus reyes, quedando varado en esa playa extraña como un gigante dormido que, en el futuro del linaje, aguardará bajo el manto de la tierra para convertirse en el mausoleo eterno de la estirpe.