CAPITULO XV #2
Asbjörn se abalanza sobre él con un rugido animal que estremece la playa, desarmándolo de un solo manotazo antes de que el acero del traidor pueda salir de la vaina.
Con una fuerza sobrehumana nacida de la furia de su trance, el coloso derriba al traidor sobre el fango de la orilla, hincándole una rodilla pesada en el pecho para aplastarle las costillas.
Sin mediar palabra, ejecutando la sentencia divina de los Dioses, el guerrero levanta su pesada hacha de dos manos y parte el cráneo de Svein de un tajo limpio que salpica las ruinas todavía humeantes de la aldea.
Allí, en la playa queda el cuerpo inerte en mitad de la escoria, con la mirada fija en el cielo nublado, mientras los jefes de los clanes dan la espalda al cadáver para ordenar la retirada inmediata de sus naves, abandonando el fiordo maldito para siempre.
Inmóviles desde la orilla, los propios hombres del tirano asisten a la ejecución de su jefe, contemplando el tajo del hacha del guerrero sin hacer el menor ademán de desenvainar el acero.
Ellos también están exhaustos, hambrientos y profundamente cansados de la tiranía despiadada que el caudillo de Blóðfjörðr había demostrado siempre hacia su propia sangre.
No buscarán venganza por el tirano caído ni alzarán los escudos para defender su memoria. En silencio se limitan a dar la vuelta y dejar allí mismo el cuerpo abandonado sobre el fango húmedo, permitiendo que sirva de comida para los cuervos y las alimañas de la costa.
Svein no tendrá un entierro con honores entre las piedras de la playa, no habrá un drakkar de fuego que eleve sus cenizas hacia el salón de los Dioses.
Para el traidor de Sifjarvík sólo queda la miseria de la intemperie y el castigo del olvido absoluto, borrándose su estirpe de las sagas mientras la resaca limpia la sangre de los tablones.
Nunca será recibido por las valkirias cabalgando sobre el cielo del amanecer, ni sus manos nudosas volverán a empuñar un cuerno de hidromiel en el gran salón comunal de Odín.
Ningún escaldo cantará jamás sus hazañas al calor de los fuegos del Valhalla, porque los traidores sin palabra no tienen sitio entre los guerreros caídos con honor.
Mientras los carroñeros de la costa empiezan a sobrevolar su carne templada en el fango de Sifjarvík, el alma deshonrada del tirano se desliza sin remedio hacia las profundidades más lúgubres del inframundo, directo a las fauces de “Náströnd [19] ”, la temida costa de los cadáveres.
Allí, en un abismo lúgubre donde el sol nunca brilla, le aguarda una eternidad de tormento dentro de una sala construida con los espinazos entrelazados de serpientes venenosas que escupen ríos de fango hirviente sobre los perjuros.
En esa orilla maldita, el monstruoso dragón “Nídhöggr [20] ” aguarda ya para masticar sus restos y succionar la sangre de sus entrañas, devorando para siempre el último recuerdo de su infamia hasta reducir su nombre a la más absoluta nada.
Sobre las ruinas desiertas de Sifjarvík la quietud que se desploma se ha convertido en un recordatorio silencioso de cómo el destino, tarde o temprano, termina por impartir su propia y descarnada justicia.
Svein, que construyó su efímero imperio de ceniza sobre la base de la soberbia, el asesinato cobarde y el desprecio absoluto hacia la sangre de su propio linaje, yace ahora convertido en un despojo inerte que ni siquiera sus hombres se molestan en enterrar.
Creía el tirano que el hierro y el terror físico lo hacían invulnerable a las leyes de los hombres y de los Dioses, ignorando que cada traición cometida era un hilo negro que las “Nornas” tejían pacientemente alrededor de su propio cuello.
Al final, la balanza del norte no se equilibra con grandes juicios, sino con el peso exacto de las propias acciones; la misma playa que él calcinó con saña es la que hoy reclama su sangre, demostrando que la ambición desmedida siempre termina ahogada en el fango del olvido, mientras la marea limpia la escoria del fiordo para dejar que la vida continúe su rumbo lejos de su sombra.
A cientos de millas de distancia de aquella orilla maldita, cruzando un abismo de agua que ya parece pertenecer a otra vida anterior, el “Hrafn” avanza con una fijeza implacable sobre la llanura de plata del Atlántico.
La mañana transcurre rápida, devorada por el compás rítmico, seco y constante del tambor de Halvar que resuena en las cuadernas de roble.
Alentadas por el descanso en la playa y con los estómagos templados, las bancadas de remeros hunden las maderas en el agua de forma coordinada, aprovechando el soplo favorable del aire del norte que mantiene la gran lona heráldica tensa como la cuerda de un arco.
El pequeño universo flotante funciona como un único reloj de madera; los turnos de descanso rotativos que el carpintero impuso permiten que las mujeres recuperen el aliento bajo el techado sin que la quilla pierda un solo nudo de velocidad.
Poco antes del mediodía, cuando el sol empieza a ganar el cénit del firmamento claro, es el viejo Gorm quien aguza la vista desde el estrado de popa, con su único ojo centelleando de una tensión que apaga los murmullos de la cubierta inferior.
Recortándose con nitidez entre la bruma del oeste, emergen las siluetas recortadas y bajas de las islas “Orknöjar”, el trampolín de piedra que señala el final de la navegación segura.
Sin embargo, la tripulación no tiene tiempo de celebrar el avistamiento.
A medida que el drakkar acorta la distancia, un sordo, lejano y profundo bramido empieza a vibrar en el aire gélido de la mañana, un rugido hercúleo que no nace de las nubes, sino del agua que se retuerce con violencia más allá de los cabos.
Frente a sus amuras ,el monstruo del “Petlandsfjörðr” ha despertado, y las corrientes salvajes del estrecho maldito ya enseñan los dientes en el horizonte.
– ¡Halvar, frena ese tambor! -grita el timonel desde el estrado de popa, hundiendo los talones en los tablones para contrarrestar el primer azote del agua– ¡Remeras, retened las palas! ¡Garrad el agua con fuerza o la marea nos arrastrará contra los arrecifes!
De repente, el golpe seco del tambor se apaga de golpe siendo sustituido por el crujido tenso de los remos que las mujeres hincan a la contra en la espuma blanca.
Signy se aferra al mascarón de proa, con los ojos entornados por el salitre mientras contempla el remolino salvaje que ya empieza a dibujarse a menos de una viku de distancia.
– ¿Qué ocurre, Gorm? –grita la joven reina, volviéndose hacia la popa—. ¡Tenemos tierra al alcance de la mano! ¡Podemos ver las colinas desde aquí!
– ¡Es una trampa de agua, mi reina!
–le ruge el viejo timonel, señalando con su brazo hercúleo el embudo de roca que se retuerce entre las islas– El “Petlandsfjörðr” está escupiendo su rabia.
Las corrientes bajan desbocadas con la fuerza de un caballo al galope en mitad de una carga; si metemos la quilla ahí dentro ahora, el agua destrozará las cuadernas y el remolino “Swelchie” nos tragará vivos antes de que podamos dar tres paladas.
Kark se planta en mitad de la cubierta inferior con la mirada fija en las olas que rompen con violencia contra los cabos de las “Orknöjar”.
– ¿Nos detenemos aquí, viejo? –pregunta el rastreador, con la mano apoyada en el pomo del hacha– Estamos a un tiro de piedra de la libertad. El pueblo está cansado de flotar a la deriva.
– ¡Nos detenemos en esa cala resguardada del sur!
–concluye Gorm con una severidad que no admite réplica, forzando la caña del timón para virar hacia el abrigo de las rocas– Es una orden de boga.
Tenemos que esperar a que el océano se calme, a que la marea nos conceda la tregua del agua estancada.
En cuanto las corrientes se detengan, os daré el aviso.
Entonces, y solo entonces, os tocará dar la boga más salvaje y desesperada de vuestras vidas si queréis pisar la tierra de Escocia. ¡A babor las palas, ya!
Fondeado el drakkar al abrigo de las rocas bajas, la cala de las islas “Orknöjar” se sumerge en una tensa y asfixiante espera que atenaza el pecho de las setenta almas.
El rugido del estrecho maldito continúa vibrando en la lejanía, pero el viejo Gorm aprovecha los minutos de quietud forzosa para pasear su mirada severa por toda la cubierta inferior, impartiendo instrucciones que hielan la sangre de la tripulación.
Se apoya en el travesaño de popa y alza la voz, dirigiéndose de forma directa a los miembros más vulnerables del éxodo.
– ¡Escuchadme bien, madres de Sifjarvík!
¡Ancianos del consejo! –exclama el timonel, y sus rugidos apagan el siseo del agua– En cuanto la marea cambie y dé la orden de volver a remar, os quiero a todos pegados al fondo del casco.
Agarraos con las dos manos a las cuadernas de roble, a las bancadas, a los fardos de la bodega o a donde podáis, pero no os soltéis bajo ningún concepto.
No os dejéis engañar por vuestros ojos; a pesar de que el mar parecerá calmado en la superficie y la superficie se mostrará lisa como un escudo de plata, las corrientes internas moverán el drakkar como si fuera una simple hoja al viento, sacudiéndonos a su capricho.
Si alguien cae al agua somera, no nos detendremos a sacarlo. Manteneos firmes.