CAPITULO XV
DOS ORILLAS Y UN OLEAJE
E l cuarto amanecer de la travesía desgarra el cielo de Fridarey con una luz dorada y limpia, tiñendo las praderas salvajes de la isla de un verde encendido que contrasta con la piedra negra de los acantilados.
La gran fogata de la playa es ya un montón de cenizas grises y templadas, pero el calor del festín de la noche anterior todavía perdura en el ánimo renovado de la tripulación.
Son setenta almas que se desperezan sobre la arena fina no con la torpeza de los proscritos congelados, sino con una vitalidad nueva y hambrienta de horizonte.
Las remeras estiran los brazos sin los dolores del relente, los niños pequeños corretean por la orilla bajo la vigilancia de las madres y los muchachos cargan a hombros las barricas de madera, rebosantes del agua dulce y fría que han recogido de los arroyos interiores.
En lo alto del estrado de popa, Gorm contempla el trasiego del campamento con una fijeza implacable.
El viejo timonel se ha despojado de las cintas de lino basto, mostrando sus manos nudosas dispuestas a aferrar la madera con la precisión de los grandes días.
A su lado, Einar sostiene el disco de sombras bajo la claridad del alba, verificando que el cielo despejado les regala una visibilidad perfecta sobre el desierto de agua.
Cuando Signy se acerca al timón, con el manto al viento y la mirada serena de quien ha recibido la bendición de sus ancestros, el anciano navegante le devuelve un asentimiento cargado de veteranía técnica.
– El Atlántico nos concede una tregua esta mañana, mi reina – le explica con una voz ronca que arrastra la sal– “Orknöjar” [13] se encuentra a escasas cinco “vikur” hacia el oeste.
Con este aire constante del norte y el impulso de las bancadas descansadas, la quilla del Hrafn devorará esa distancia en apenas una mañana de boga limpia.
Volveremos a ver tierra firme antes de que el sol alcance lo más alto del firmamento.
Sopesa la soberana la buena nueva con una sonrisa de alivio, pero el viejo lobo de mar frena su entusiasmo de inmediato, entornando las cejas mientras señala con el dedo hacia la masa invisible que aguarda detrás del archipiélago.
– Sin embargo, no debes confiarte, soberana– advierte con una gravedad que hiela el aire de la popa– “Orknöjar” son solo el trampolín.
Para tocar la continental y poner a salvo a tu pueblo, tendremos que cruzar el “Petlandsfjörðr [14] ”.
Es un estrecho maldito de apenas una “viku” [15] de ancho donde las corrientes corren más rápido que un caballo al galope y los remos gigantes trituran los barcos que osan cruzar a la hora incorrecta.
Allí nos jugaremos el destino de Sifjarvík en un solo latido, y cada remera tendrá que dar la boga más salvaje de su vida si no queremos terminar en el fondo del abismo.
El reembarque en la cala de Fridarey se ejecuta con la precisión de la necesidad, aunque la despedida arrastra su propia cuota de dolor humano.
El pueblo errante regresa al vientre del drakkar cargando con los suministros renovados, pero el llanto de algunos niños pequeños rompe la quietud de la mañana; los niños se aferran con desespero a la arena fina de la orilla, llorando porque no quieren abandonar la seguridad y el calor de la playa para regresar al asfixiante espacio de las maderas flotantes.
Las madres los consuelan con infinita paciencia, acomodándolos de nuevo bajo el amparo de las pieles húmedas en el centro de la cubierta inferior, mientras las treinta remeras ocupan sus puestos en las bancadas con los rostros contraídos por la seriedad de la jornada.
Todo está preparado a bordo del “Hrafn”.
Los hombres del consejo aseguran las barricas de agua dulce de arroyo y Kark se planta en la proa junto a Gunnhild, listos para empujar el maderamen hacia el agua somera.
Sin embargo, antes de abandonar de forma definitiva la seguridad de la playa, Signy se interpone en el trasiego.
Con el manto de lana ondeando bajo el viento del norte, la joven reina se sube con agilidad al punto más alto del mascarón de proa, recortando su silueta contra el cielo limpio de la mañana para alentar a su pueblo proscrito.
No hay falsas promesas en su voz cuando vocifera hacia las bancadas, eligiendo la fijeza de la verdad que Gorm le ha revelado en el estrado.
– ¡Escuchadme, estirpe de Sifjarvík!
–exclama Signy, y su tono firme apaga de golpe los murmullos de la tripulación– El Atlántico nos concede una tregua y las islas “Orknöjar” se encuentran a solo cinco “vikur” de boga limpia hacia el oeste.
Llegaremos a ellas antes de que el sol alcance el cénit, pero no os voy a ocultar el peligro que aguarda tras sus rocas.
Para tocar la Escocia continental y levantar nuestro nuevo hogar, tendremos que cruzar el “Petlandsfjörðr”.
Es un estrecho maldito donde el mar ruge con corrientes salvajes y los remolinos devoran los barcos de los imprudentes.
Allí nos jugaremos el mañana en un solo latido.
No os prometo un viaje fácil, pero os aseguro que, si vuestros brazos no flaquean y respondemos ante las fauces del agua como un solo corazón, los Dioses morderán el polvo ante nuestra audacia. ¡Empujad la quilla!
Al unísono, alentados por las palabras sinceras de una joven reina a la que el pueblo admira con devoción ciega, se oye un grito atronador que estalla en la playa de Fridarey, como si las setenta gargantas de la tripulación fueran una sola voz implacable:
– ¡RU!
El eco del rugido reverbera en las paredes de piedra negra de los acantilados y sacude la lona heráldica del drakkar, disipando de golpe los últimos llantos de los niños pequeños en la arena.
Con la fuerza de ese juramento colectivo vibrando todavía en los maderos, Kark, Halvar y los hombres más fuertes hincan los pies en los guijarros del fondo empujando el drakkar hacia el agua con una potencia brutal.
La quilla se desliza sobre el lecho arenoso con un susurro dócil y, en pocos latidos, el navío flota libre en la tranquilidad de la cala mansa.
Las treinta remeras bajan los pinos al unísono de forma coordinada, clavando la madera en el agua cristalina para iniciar la primera de las cinco “vikur” que los separan de su destino, gobernadas por la mirada implacable de Gorm en el estrado de popa.
Allí arriba, en el timón, solo él sabe lo que realmente les espera al final del día y lo mucho que tendrán que luchar para no terminar devorados por el estrecho maldito.
Sin embargo, el viejo navegante, que ha visto ya pasar muchos inviernos sobre su piel curtida por la sal, siente en lo más hondo de su corazón una certeza indestructible.
A pesar de ser solo un grupo de mujeres exhaustas, ancianos castigados y niños desterrados, la unión sagrada que demuestran en cada gesto les hará llegar a buen puerto frente a cualquier tempestad.
Con una fijeza severa y cargada de orgullo en su único ojo, el timonel corta sus propios pensamientos dando la orden imperiosa a Halvar para iniciar la marcha.
Recibe el carpintero la consigna e inmediatamente hace sonar el tambor de boga con un golpe seco, rotundo y acompasado que resuena en las cuadernas de roble.
Al ritmo del cuero tenso, los treinta remos empiezan a batir el agua al unísono con una potencia renovada, impulsando la quilla del drakkar más allá de las calas protegidas para adentrarse de lleno en la llanura de plata del Atlántico.
Mientras el navío devora el desierto de agua guiado por el latido del tambor, la realidad en las ruinas de Sifjarvík es un pozo de fango, carbón y traición masticada.
El fracaso de la expedición por las montañas del norte y del sur ha diezmado el ánimo de las tropas, dejando a los dos grupos de batida exhaustos, heridos por las aristas de los riscos y con las manos vacías.
Al regresar a la playa calcinada sin un solo rastro del linaje proscrito, la verdad se abre paso entre las mentes de los “jarls” aliados con la fuerza de un bofetón: Svein los ha engañado, los ha arrastrado a una caza de fantasmas estéril y ha ejecutado a Thorgils de forma cobarde por su propia incompetencia militar.
Sobre las cenizas del fiordo la disciplina de la coalición se desmorona de golpe.
Los otros jefes de los clanes, cansados de tragar con la soberbia desquiciada del lobo de Blóðfjörðr, rodean a Svein en mitad de la arena húmeda, ignorando sus gritos imperiosos y sus amenazas de muerte.
Al asesinar a Thorgils por sorpresa y a traición en la cubierta del drakkar, Svein se ha convertido automáticamente ante los ojos de los suyos en un “níðingr [16] ”, un ser infame, vil y desprovisto de cualquier derecho social o legal que ha roto el pacto sagrado de la coalición.
No hay juicio ni palabras en el veredicto de los agraviados; la ley de las sagas exige limpiar la afrenta mediante el “vígr [17] ”, el sagrado derecho de venganza de sangre que obliga al clan del muerto a cobrarse la vida del verdugo para salvar su honor.
De entre las filas de las tripulaciones aliadas, se adelanta el colosal Asbjörn, un enorme “berserker [18] ” perteneciente a la estirpe del “jarl” asesinado.
Es un guerrero de ojos inyectados en sangre, músculos masivos y cubierto con una pesada piel de oso sobre el torso desnudo untado en grasa y ceniza negra.
Svein intenta aferrar el pomo de su espada, pero el pánico le paraliza las articulaciones al comprender que su doctrina del terror físico se ha vuelto en su contra.