CAPITULO XIV #3
El crepitar de la madera quemada y el sabor del festín devuelven la dignidad a un pueblo errante que saborea la primera noche de tregua en la isla de la paz mientras el “Hrafn” descansa seguro en la orilla, listo para el asalto final hacia la libertad.
Apartadas del bullicio del festín, Signy y Astrid se sientan juntas sobre un tronco de madera de deriva lavado por el mar, contemplando el círculo compacto que la tribu forma alrededor de la hoguera.
El resplandor naranja de las brasas baila en sus rostros, suavizando el cansancio acumulado tras las agónicas noches del Atlántico.
Astrid apura un cuenco de agua fresca, observando cómo una de las madres arropa a su recién nacido, que duerme plácidamente sin el tormento del frío negro.
– Hacía días que no escuchaba el silencio, Signy –comenta en un susurro, rompiendo la quietud con una sonrisa mansa– En el vientre del drakkar, cada crujido de las cuadernas me parecía el aviso de una tumba.
Verlos comer así, calientes y con la arena bajo los pies, hace que el sufrimiento parezca no haber existido, aunque no nos engañemos, todavía queda al menos un día más antes de llegar.
Signy estira las manos hacia el fuego, dejando que el calor devuelva la sensibilidad a sus dedos entumecidos antes de responderle a su hermana con una seriedad cargada de afecto.
– Has hecho un milagro con el racionamiento. Sin tu parsimonia con la carne y el agua, la mitad de estas bancadas no habría tenido fuerzas para bogar y rodear los acantilados de esta isla. El pueblo está vivo gracias a tus cuentas.
Acomodándose el manto de lana sobre los hombros mientras desvía la mirada hacia la silueta oscura del “Hrafn”, que descansa seguro en la orilla cristalina, Astrid niega con la cabeza.
– Yo solo mido la comida, hermana.
Fuiste tú quien decidió arriar la gran vela cuando los bebés lloraban, a sabiendas de que nos arriesgábamos a quedar a la deriva en la negrura de la madrugada.
Eso no es contabilidad; es el coraje de una reina que prefiere perder millas antes que perder a su sangre.
Tu decisión nos ha traído hasta Fridarey.
No alcanza Signy a responder cuando unos pasos ligeros, casi imperceptibles sobre los guijarros, anuncian la llegada de Freydis.
La menor de las princesas se acerca desde la penumbra del campamento, con su túnica ondeando suavemente bajo la brisa marina.
Se sienta en la arena a los pies del tronco de sus hermanas, abrazándose las rodillas y clavando sus ojos profundos en el danzar de las chispas que suben hacia el firmamento estrellado.
– Las “Nornas” no solo tejen con hilos de hierro, Signy –murmura con esa voz suave que parece flotar en el humo de la fogata– También tejen con el vaho de un pueblo que se niega a morir congelado.
En la orilla de Sifjarvík vi las runas de la ceniza y el miedo, pero esta noche, en la piedra de Fridarey, el humo de las maderas lavadas por el mar huele a un nuevo comienzo.
No estamos solas en mitad del abismo; el árbol de la vida sostiene la quilla del Hrafn.
Con una sonrisa de complicidad Signy y Astrid se miran una a la otra, acostumbradas a las misteriosas sentencias de su hermana, sintiendo que sus palabras mansas terminan por desatar los nudos de duda que arrastran desde el fiordo.
Signy siente por unos momentos cómo el nudo de la responsabilidad que le atenaza el pecho se afloja sutilmente al calor de la playa desierta.
Por primera vez desde que dejaran atrás Sifjarvík, las tres princesas comparten una tregua limpia, saboreando el éxito de haber echado la primera raíz invisible en el agua antes de que el sol de la mañana les exija encarar el asalto definitivo hacia Escocia.
Poco a poco, Astrid y Freydis se retiran en silencio hacia el improvisado campamento de la playa, dejando a Signy sola frente a las brasas moribundas de la gran fogata comunitaria.
La joven reina se abraza las piernas alzando la mirada hacia el cielo estrellado de Fridarey, contemplando un firmamento tan limpio y despejado que las constelaciones parecen rozar las cumbres de los acantilados de piedra negra.
En mitad de esa inmensidad, una profunda añoranza la invade por completo; el peso de la corona que heredó entre el humo y la traición empieza a calarle en los hombros con una fuerza que ella misma no creía experimentar.
El silencio de la noche se vuelve un espejo de sus dudas, y la responsabilidad de guiar a esas setenta almas desamparadas a través del abismo del Atlántico amenaza con resquebrajar su entereza.
Justo en ese instante de flaqueza, como si los Dioses entendieran su dolor, es cuando la magia del océano abraza su alma.
Al fijar los ojos en el centelleo plateado de los astros, arriba en lo más alto del firmamento, Signy cree ver entre las sombras de la noche las siluetas difuminadas y eternas de sus padres.
Se recortan las figuras unidas de las manos, suspendidas en la negrura como si estuvieran hechas de polvo de estrellas, contemplando con un orgullo infinito lo que su pueblo proscrito está logrando en mitad de la orilla.
Los rostros de los reyes muertos se dibujan en la penumbra con una enorme sonrisa de paz, asintiendo con una lentitud solemne que conforta el alma de la soberana, como si aprobaran cada una de sus dolorosas decisiones y le recordaran que el camino emprendido es el correcto.
Sin esperarlo, el nudo de angustia que atenaza el pecho de Signy se disuelve por completo bajo ese tierno presagio, y con el coraje templado de nuevo por el aliento de sus ancestros, la reina baja la cabeza, cierra los ojos y se entrega al descanso en la arena firme, sabiendo que el linaje de Eirik boga bajo una bendición indestructible que los conducirá hacia el mañana.
Y aunque en su fuero interno sabe perfectamente que aún queda un duro camino por delante a través del océano, y que incluso si consiguen llegar a la nueva tierra sanos y salvos, la labor que tendrán que hacer allí para levantar un hogar desde los cimientos será inmensa, el miedo ya no tiene cabida en su pecho.
La reconstrucción de sus vidas exigirá una entrega titánica entre bosques extraños y orillas desconocidas, pero Signy guarda en su alma la firme esperanza de que, sea lo que sea que el destino les depare, la indomable estirpe de Sifjarvík lo afrontará unida, respondiendo ante la adversidad como si fueran un solo corazón.
Por primera vez desde hace muchas noches, la reina cierra los ojos en paz, dejándose llevar con suavidad por el oscuro manto de “Nótt” hacia los brazos mansos de la diosa de los sueños.