CAPITULO XIV #2
Ante el asombro unánime de las setenta almas, Gorm se adelanta hasta el borde del estrado de popa y les explica con voz potente que lo que ven en el horizonte es tierra firme, aclarando que todavía no han llegado a su destino definitivo, pero que desembarcar en esa isla solitaria les supondrá una oportunidad bendita que salvará las fuerzas del linaje.
Les detalla que podrán dejar por unas horas el reducido y asfixiante espacio del drakkar, permitiendo que las madres, los niños y los ancianos del consejo pisen la arena firme y puedan estirar al fin sus entumecidos y doloridos miembros.
De repente, la emoción empieza a encender los rostros cansados a medida que el viejo enumera las bondades de la orilla: la posibilidad real de repostar agua dulce en los arroyos fríos, de hacer fuego sobre la roca sin el peligro mortal de la brea, de no tener que pasar otra noche a la intemperie total sin el amparo de una fogata rugiente y, quizás, si los Dioses se muestran generosos, hasta de cobrar alguna presa salvaje entre los matorrales para poder asar la carne sobre las brasas.
El murmullo de alivio se transforma en un clamor contenido y con los estómagos hambrientos latiendo con fuerza ante la promesa del humo caliente, las remeras vuelven a aferrar las treinta maderas con una energía renovada, enfilando la proa del “Hrafn” hacia los acantilados de la salvación.
Poco a poco la isla se va haciendo cada vez más grande en el horizonte a medida que el viento constante y el renovado ánimo de las remeras impulsan el casco de roble sobre las olas.
La masa gris de la lejanía se transforma a ojos de la tripulación en una mole imponente de piedra negra, tapizada por praderas salvajes que brillan bajo la luz de la tarde.
Sin embargo, en mitad del entusiasmo general, Gorm sabe perfectamente que el oasis no regala su orilla tan fácilmente y que tendrán que hacer un pequeño esfuerzo más si quieren salvar la vida.
El timonel observa cómo las corrientes del Atlántico empiezan a empujar el navío con fuerza hacia los traicioneros arrecifes de la costa este, amenazando con arrastrarlos hacia el norte o con estrellarlos sin remedio contra el muro ciego de los acantilados del oeste, donde la roca vertical es impracticable.
Con un grito áspero que corta la alegría de la cubierta, ordena arriar parcialmente la vela exigiendo disciplina marcial en las bancadas.
Las mujeres clavan los treinta pinos en el agua espumosa, coordinando sus últimas energías para iniciar la maniobra de rodeo, gobernadas por las indicaciones precisas y los rugidos que el propio Gorm lanza desde la popa sin soltar el timón.
El viejo se multiplica en el estrado, corrigiendo el rumbo a cada bandazo, midiendo la distancia con los arrecifes, mientras el joven Einar permanece a su lado en un silencio reverencial, asimilando la lección de navegación más valiosa de su vida.
El mar sisea entre las rocas entre las rocas bajas mientras el “Hrafn” bordea con extrema precaución los salientes del litoral, buscando la entrada protegida de las calas del sur donde la arena firme aguarda para poner fin a la primera etapa de su éxodo suicida.
Superado el peligro de los acantilados, el drakkar enfila por fin la boca estrecha de una cala natural que resguarda las aguas del oleaje del Atlántico.
La furia del océano abierto desaparece de golpe al cruzar el saliente de piedra, transformándose el avance en un planeo majestuoso sobre una superficie tan limpia y mansa que el agua cristalina deja ver el fondo arenoso a través de las amuras.
Gorm ordena suspender la boga por completo dando la orden de levantar remos, haciendo que las treinta remeras alcen los pinos al unísono para dejar que la propia inercia del viento suave termine de empujar el casco embreado hacia la orilla.
El silencio se adueña de la cubierta inferior mientras la quilla avanza de forma lenta, reduciendo la velocidad a medida que la playa de guijarros y arena fina se ensancha frente al mascarón de proa.
Kark y Gunnhild vigilan desde la vanguardia, listos para saltar al agua, sosteniendo el aliento junto al resto de la tripulación en un instante suspendido en el tiempo.
De repente, un sordo y prolongado siseo recorre toda la estructura de roble; es el fondo del barco rozando el lecho arenoso de la playa, un contacto firme pero blando que amortigua el peso de las setenta almas sin un solo bandazo.
El “Hrafn” encalla suavemente, detenido en mitad de la orilla con la proa apuntando a la salvación y las maderas crujiendo con alivio, como si el propio navío celebrara haber completado la primera y más agónica etapa de su viaje hacia el oeste.
No hay un instante de duda en la vanguardia.
Kark y Gunnhild saltan por encima de las amuras de proa, hundiendo las botas hasta las pantorrillas en el agua cristalina de la orilla para aferrar los gruesos cabos de lino, tirando con fuerza junto a los jóvenes más rápidos para asegurar el drakkar contra los guijarros de la playa.
Mientras, el resto de la tripulación empieza a descender de los costados en un goteo lento, torpe y silencioso de cuerpos exhaustos.
El primer contacto de los cansados viajeros con la tierra firme es de una crudeza física y sensorial conmovedora.
Al poner los pies sobre la arena húmeda, la mayoría de las setenta almas sufre un vuelco en el estómago; las piernas, acostumbradas al vaivén constante y agónico de la cubierta, flaquean de inmediato ante la inmovilidad absoluta del suelo, obligando a los ancianos del consejo a apoyarse los unos en los otros y a las remeras a hincar las rodillas en las piedras para no perder el equilibrio.
Las madres depositan con cuidado a los niños pequeños sobre la orilla, dejando que los dedos tiernos de los bebés jueguen con la arena fría mientras se despojan de las mantas rígidas por el salitre.
Algunos de los muchachos jóvenes se arrodillan para besar los guijarros lisos de la playa, llorando en silencio de puro alivio tras haber dejado atrás el “Helheim” flotante de las noches oscuras.
Pisar la piedra de Fridarey les devuelve de golpe la conciencia de estar vivos.
El silencio sagrado de la isla desierta los abraza con una hospitalidad mansa, y aunque el cansancio acumulado les pesa en los hombros como un bloque de granito, la sensación del suelo firme bajo sus plantas enciende una chispa de dignidad en los ojos de la tribu, listos para reconquistar los lujos más primitivos de la existencia.
Una vez en tierra, como si formaran un ejército disciplinado y compenetrado, cada uno de los tripulantes se encarga de una tarea por pura decisión propia, entendiendo que el respiro de la isla debe aprovecharse al máximo.
Un grupo de mujeres se interna por los márgenes de la playa para recoger la abundante madera de deriva que el Atlántico ha ido arrojando sobre las rocas, además de arrancar matorrales bajos y raíces secas de brezo que sirvan para levantar la primera hoguera.
Otras remeras, cargando con las menguantes barricas de madera de la estiba, marchan colina arriba guiadas por los muchachos jóvenes más fuertes, buscando los arroyos de agua dulce que bajan fríos de las cumbres para renovar los suministros del drakkar.
Los ancianos más viejos del consejo, con los huesos doloridos tras las noches heladas, caminan con paso lento hasta sentarse a descansar al abrigo de los grandes bloques de piedra y las lomas cubiertas de turba suave, contemplando con alivio el vaivén del mar desde la inmovilidad de la orilla.
Mientras el campamento improvisado empieza a cobrar vida en la arena, Kark y Gunnhild se internan juntos hacia el interior de la isla para buscar caza fresca.
El rastreador avanza con el torso inclinado y la mirada fija en la hierba rústica, buscando los sutiles senderos que las presas dibujan en la vegetación baja de las laderas.
No tardan en encontrar su objetivo.
Las lomas interiores de Fridarey están plagadas de conejos salvajes que corretean entre las madrigueras excavadas en la tierra blanda, ajenos a la llegada de los proscritos.
Gunnhild prepara el arco con una parsimonia letal, tensando la cuerda de lino sin hacer el menor ruido, mientras Kark le señala con un gesto sutil el lomo grisáceo de una pieza robusta que se alimenta a escasos palmos de un risco.
El restallar de la flecha corta el aire de la tarde y, tras una breve carrera entre el brezo, el rastreador cobra la presa con una sonrisa de triunfo, sopesando la carne tierna que esa misma noche dorarán sobre las brasas de la fogata comunitaria.
Tras un buen rato de cacería por las lomas bajas, la pareja regresa a la playa trayendo suficientes conejos salvajes como para organizar un pequeño festín que reponga las fuerzas del linaje.
La estampa que se encuentran al bajar de las colinas es reconfortante; las mujeres ya han levantado una gran hoguera en el centro de la arena firme, alimentada por las raíces de brezo y la madera de deriva que el mar ha dejado seca sobre las rocas.
El fuego ruge con fuerza bajo la luz del atardecer, proyectando un calor atávico que ahuyenta los últimos restos de la muerte blanca de los rostros de las madres y los niños pequeños.
Astrid y Signy coordinan la preparación de la cena, limpiando las piezas con presteza y ensartando la carne tierna en varas de madera para dorarla directamente sobre las brasas ardientes.
Pronto, el penetrante y delicioso olor a carne asada inunda el campamento de la cala, haciendo que las setenta almas olviden por unas horas la penuria de los días anteriores.
Comen todos juntos en un círculo compacto, compartiendo el sustento caliente con una solemnidad casi religiosa, mientras los ancianos apuran los cuencos de agua dulce y fresca que los muchachos han traído de los arroyos.