CAPITULO XIV
LA RAIZ EN EL AGUA
E l tercer amanecer en alta mar desgarra el horizonte con una claridad cruda, proyectando los primeros rayos del sol sobre las maderas congeladas del “Hrafn”.
Atrás quedó el segundo día de travesía, omitido por la propia monotonía de un viaje donde las horas se miden por el balanceo constante de las olas y el siseo del viento en la lona heráldica.
Durante esa jornada, la rutina a bordo transcurrió con una tensa, pero necesaria, normalidad, asimilando la tripulación que su universo se reduce ahora a los límites estrictos del casco de roble.
Sin la posibilidad de bajarse del drakkar ni de pisar otra cosa que no sean los tablones embreados, las setenta almas han aprendido a habitar el vacío del océano, convirtiendo el espacio de las bancadas en su único hogar flotante.
Habiendo tenido ya la dura experiencia de la primera noche en alta mar, la llegada de la segunda oscuridad no les ha cogido por sorpresa en mitad del océano.
Antes de que el frío gélido empezara a calar en el maderamen congelando las túnicas de las madres, los improvisados marineros ya habían arriado la gran vela heráldica de lana de forma coordinada, repitiendo la maniobra con una soltura nacida de la pura necesidad de supervivencia, extendiendo el pesado paño de un extremo a otro de las bancadas para levantar el gran techo protector y de esa manera resguardar a los recién nacidos bajo un vaho caliente mucho antes de que la muerte blanca los amenace con su gélido aliento.
Ahora, con la luz de la tercera mañana ganando terreno sobre el Atlántico, el desgaste físico empieza a reclamar su tributo en la piel del pueblo proscrito.
Rompe el silencio de la cubierta inferior un repiqueteo rítmico, seco y constante que resuena de un extremo a otro del navío.
Son las propias remeras y los muchachos más jóvenes que, armados con los mangos de las hachas y mazos de madera, golpean con saña los trozos de pescado seco de roca contra los maderos helados.
El alimento, endurecido por el viento del norte en los postes de Sifjarvík, es tan rígido que resulta imposible morderlo sin romper antes sus fibras proteicas a base de golpes.
Ese tableteo mundano y el olor rancio a salitre impregnan el aire del amanecer, marcando el inicio de otro racionamiento estricto.
Astrid coordina el reparto abriendo las tinajas de su preciada estiba.
Extrae las porciones de carne de alce encharcadas en el suero de leche agrio, un líquido blanquecino y frío cuyo ácido láctico sirve de escudo contra la podredumbre del viaje.
Los tripulantes aceptan las raciones con dedos torpes, dejando que el suero les limpie la boca del salitre del océano mientras las madres ablandan las tortas rancias de cebada sumergiéndolas en los cuencos de agua dulce.
Comen todos en una tregua silenciosa, con las mandíbulas cansadas por la tosquedad de un menú que se pasa frío y a oscuras, ignorando que el viejo Gorm, congelado en su estrado de popa, mantiene el disco de sombras alzado hacia el firmamento, buscando la señal que cambie el rumbo de su penuria.
Consolidada la rutina del reparto de comida, llega el momento de dar un merecido relevo a las cansadas fuerzas de Gorm.
Durante las jornadas anteriores, el viejo timonel ha estado enseñando pacientemente a Einar, un muchacho de apenas trece primaveras que ha demostrado tener dotes naturales y un instinto asombroso para la navegación en alta mar.
Gorm lo instruye minuciosamente en el uso del disco de sombras, obligándolo a alzar la madera tallada hacia el cielo claro para medir la latitud y verificar la posición exacta de la nave respecto a la “Leiðarstjarna”.
Con una paciencia de granito, el anciano observa cada uno de los movimientos del joven, corrigiendo el ángulo de sus dedos y el ceño de su mirada.
Solo cuando ha comprobado con total certeza que Einar no falla en los cálculos náuticos y que es capaz de mantener la quilla recta en la “Vestvegr”, Gorm se retira por fin a descansar su viejo cuerpo, deslizándose bajo el amparo del techado de pieles para cerrar los ojos con la tranquilidad del maestro que sabe que el rumbo de la estirpe queda en manos seguras.
Aprovecha el viejo Halvar la bonanza de la mañana para imponer una nueva organización en la cubierta inferior.
Viendo que el viento del norte, aunque ahora sopla de forma suave, mantiene el empuje constante sobre la lona del rey Eirik permitiendo que el drakkar se deslice a buena marcha, el carpintero decide dar un respiro táctico a las remeras.
Divide a las mujeres en grupos estrictos y rotativos, obligándolas a abandonar los bancos por turnos para que puedan refugiarse bajo la penumbra del techado a descansar y estirar los músculos castigados.
Con esta maniobra, Halvar asegura que la tripulación no se agote antes de tiempo, manteniendo las fuerzas de la estirpe en reserva para cuando el océano exija de nuevo boga máxima.
En mitad de la inmensidad ciega del Atlántico, el drakkar se ha convertido ahora en un microcosmos autónomo, un universo minúsculo, pero perfectamente ordenado y necesario para garantizar la buena marcha del éxodo.
Aquellas setenta almas que un día atrás embarcaron rotas por el pánico y el humo de su aldea calcinada operan hoy como los engranajes precisos de un único cuerpo vivo.
Los rangos antiguos de la tierra firme se han difuminado bajo la lona para dar paso a una disciplina orgánica nacida de la necesidad de supervivencia.
Cada tarea, por pequeña que parezca, posee un peso vital; el repiqueteo rítmico de los mangos de las hachas ablandando el pescado seco, el reparto medido de las raciones ácidas por parte de Astrid y la rotación estricta de las bancadas forman un pacto de convivencia inquebrantable.
El “Hrafn” ya no es solo una cáscara de roble arrastrada por el viento, sino una sociedad flotante donde el esfuerzo de uno es el respiro del vecino, blindando el mañana del linaje a base de orden, silencio y un coraje unánime que desafía al vacío del océano.
Bien entrada la tarde, cuando las sombras empiezan a alargarse sobre la llanura de plata del Atlántico, la quietud de a bordo se rompe de golpe.
Gunnhild, que ha trepado por los obenques de cáñamo y permanece encaramada en lo alto del mástil de roble para otear el mapa abierto, se tensa como la cuerda de un arco.
Su mirada se clava con fijeza en el horizonte occidental, donde una mancha oscura y escarpada emborrona la línea del firmamento.
Ella no sabe qué es esa masa negra en mitad de la nada, pero el instinto de conservación le hace dar la voz de alarma de inmediato, rompiendo el silencio de las bancadas con un grito rotundo que resuena con fuerza en toda la estructura.
– ¡Algo al frente! –grita la princesa desde las alturas, señalando con el brazo extendido– ¡Una sombra negra corta el agua en el oeste! ¡Alerta en cubierta!
Aquel aviso cae como un rayo sobre el navío.
Todo el mundo que está bajo el improvisado techado de pieles sale en tropel en mitad de un revuelo tenso de cuerpos entumecidos y murmullos de pánico.
Las madres, asustadas, estrechan a los niños pequeños contra sus pechos, los ancianos del consejo se aferran a las bordas y Astrid deja caer el cuenco de la estiba mientras busca con la vista el origen de la amenaza.
– ¿Es un barco? –pregunta una de las remeras con la voz temblando sutilmente por el miedo– ¿Son los sabuesos de Blóðfjörðr?
– No se mueve –contesta Signy, plantándose en mitad de la cubierta inferior con los ojos fijos en la lejanía– Es demasiado grande para ser una quilla.
En mitad del altercado, Gorm asoma la cabeza por el resquicio de la lona de popa.
Medio dormido, con los ojos cansados e hinchados por el relente de su larga guardia nocturna, el anciano parpadea ante la claridad de la tarde esforzándose por enfocar la silueta que ha desatado el pánico de la tripulación.
Camina con paso torpe hasta el borde del estrado, entorna la vista hacia el oeste durante un latido eterno y, de repente, una enorme sonrisa de puro alivio se dibuja entre las profundas arrugas de su rostro castigado por la sal.
Kark, que ha salido a toda prisa del vientre del barco se pone al lado del viejo navegante en el estrado de popa.
El antiguo rastreador observa la inusual expresión del anciano, después contempla la silueta escarpada en la lejanía, haciéndole entender la razón de esa sonrisa.
Con un hilo de voz tembloroso por la emoción le pregunta:
– ¿Es eso lo que yo creo, viejo?
– Sí –responde en un susurro ronco.
Al escuchar la confirmación, Kark da un paso al frente y grita de pura alegría, alzando los brazos hacia el cielo claro en un estallido de júbilo que contagia de inmediato a las remeras que observan paralizadas en la cubierta inferior.
Ese grito rompe la tensión del pánico, transformando el miedo en una confusión esperanzadora.
Signy se adelanta entre las bancadas vacías, clava sus ojos en lo alto del estrado y les pide con firmeza que le expliquen de una vez por todas qué es eso que ven en la lejanía.
A la exigencia de la joven reina, Gorm y Kark se giran hacia las setenta almas y, al unísono, como si hablaran con una sola y potente voz de marineros, le responden con el nombre sagrado de la tierra que emerge de las olas:
– ¡Fridarey [12] !