CAPITULO XIII
RASTRO DE HUMO
D ecenas de millas más al sur, la flota de Svein se adentra en un callejón sin salida mientras la claridad del amanecer arranca el sudario de la niebla, desnudando la terrible realidad de la vanguardia.
Las once naves pesadas de la coalición, navegando en formación de línea tras el rastro ciego del litoral, encuentran por fin al drakkar ligero en mitad de las aguas mansas.
Ante sus ojos el panorama que se abre es desolador.
Flotando a la deriva frente a los acantilados, el navío rápido se ha transformado en un camastro de hombres extenuados que apenas tienen fuerzas para sostener las hachas.
Sin mantas suficientes, desprovistos de cualquier refugio contra el relente, los veinte guerreros se han apretujado unos contra otros sobre los bancos vacíos, intentando retener el último reducto de calor que el Atlántico les ha ido robando durante las horas de oscuridad.
Cuando la nave capitana de Svein atraca costado contra costado, la estampa roza la miseria. Los temibles perseguidores están helados, hambrientos y con los labios agrietados por una sed atroz que les quema las gargantas tras una jornada entera tragando el salitre del océano.
La soberbia del caudillo de Blóðfjörðr se estrella de golpe contra el fracaso de su propia estrategia.
Lo negativo en los planes del traidor es que ese drakkar ligero no forma parte de su flota personal, sino que pertenece a una de las tribus más orgullosas de la coalición.
Al contemplar el estado lamentable de sus hombres y el desgaste inútil de su mejor madera, el jefe de ese clan se enoja de una manera tan brutal que pierde por completo el respeto a la jerarquía.
El “jarl” aliado camina con paso tempestuoso hacia la proa de su embarcación y se encara con Svein, señalando a los remeros deshidratados con el brazo temblando de pura rabia.
– ¡Mira lo que has hecho con mis mejores hombres!
–exclama el jefe de la tribu, con la voz resonando con fuerza entre los cascos de roble– Los has lanzado a ciegas a este pozo de hielo, sin agua y sin provisiones, persiguiendo el fantasma de unas mujeres que se han burlado de tu astucia.
No nos unimos a tu bandera para ver a nuestra sangre morir congelada en una resaca desierta.
Svein sostiene el pulso desde su estrado, con su único ojo centelleando con furia gélida mientras aprieta los dedos alrededor del pomo de su espada, consciente de que la disciplina de su ejército acaba de sufrir la primera y más peligrosa de las grietas.
De repente, rompiendo la tensión del altercado público, Svein alza la mano pidiéndola con una calma gélida que suba a su propio drakkar para zanjar el asunto.
Thorgils, el temperamental capitán aliado, salta entre las amuras caminando por la cubierta inferior hasta plantarse cara a cara frente al traidor, sosteniéndole la mirada con los hombros rígidos de pura indignación.
Cuando está a un palmo de distancia, dispuesto a exigir responsabilidades por la penuria de sus veinte remeros, Svein actúa con la velocidad de un áspid.
Sin mediar una sola palabra, desenvaina su espada de un tirón limpio y se la clava hasta la empuñadura en el estómago.
La cara de Thorgils se deforma al instante en una mueca espantosa de sorpresa y agonía absoluta.
Sus ojos se abren de par en par, perdiendo toda la soberbia mientras sus manos nudosas intentan aferrar inútilmente el acero ardiente que le desgarra las entrañas.
Las rodillas del robusto guerrero flaquean sobre los tablones encharcados y un hilo de sangre oscura le brota entre los labios resecos, incapaz de articular un solo grito.
Svein lo sostiene por el cuello del jubón para retrasar su caída, mirándolo fijamente a los ojos mientras se ríe con una carcajada sorda, cínica y desprovista de toda compasión humana.
Disfruta el traidor del crujir del hierro en la carne de su aliado, saboreando el silencio de pánico que se desploma de golpe sobre las once tripulaciones que contemplan el castigo desde el agua.
Después de mantener el pulso durante un latido eterno, Svein saca la espada con una lentitud tan sádica y calculada que hasta a los propios guerreros vikingos de las bancadas les hiela el alma.
El “jarl” mira hacia abajo, con los ojos desencajados y fijos en la espantosa hendidura de su vientre, sin dar crédito a lo que está pasando.
Desesperado por el dolor ardiente, el jefe herido coge la hoja de hierro con sus propias manos, desgarrándose los tendones y cortándose los dedos hasta el hueso en un intento agónico por detener el acero o sacarlo de su cuerpo.
Tan grande y profunda es la herida que el traidor le ha provocado que, en unos instantes, su vida se escapa a chorros, salpicando los tablones de roble de la cubierta.
Sin embargo, antes de que sus ojos se vuelvan de piedra y la muerte lo reclame, Thorgils reúne el último aliento de sus pulmones para escupir una maldición vikinga directa al rostro del traidor.
– Que las “Nornas” corten tu hilo en la negrura, Svein...
–logra sisear, arrastrando la sangre entre los dientes con un eco que estremece el agua– Que el lobo “Fenrir” devore tu estirpe y que las aguas de “Helheim” ahoguen tu quilla.
Navegarás sin ojos, maldito, y las mismas valkirias que hoy traicionas se alimentarán de tus entrañas antes de que puedas tocar una nueva orilla.
Tu corona será de carbón y tu tumba la resaca.
Después, expulsando a duras penas las últimas sílabas, el cuerpo del robusto capitán cae sobre la cubierta encharcada, quedando inmóvil bajo la cruda luz del amanecer.
La maldición flota en el aire gélido del sur como un sudario de mal agüero, mientras el traidor limpia la sangre del acero con el borde de su capa, sin dejar de mirar el cadáver con una sonrisa que desafía al propio destino del norte.
Svein se encama de inmediato a la proa elevada de su drakkar capitana, pasando por encima del cadáver templado de Thorgils sin concederle una sola mirada.
Con la espada ensangrentada sujeta en el puño y el rostro contraído por una fijeza desquiciada, el traidor vocifera con todas sus fuerzas hacia el resto tripulaciones de la coalición que observan paralizadas desde el agua.
– ¡Escuchadme bien, perros del norte!
–brama Svein, y su voz ronca corta el aire gélido de la mañana– ¡Esto es exactamente lo que le va a pasar a cualquiera de vosotros si osa desafiar mis órdenes o cuestionar mi estrategia!
No he reunido esta flota de hierro para aguantar los lloros de un puñado de remeros débiles.
La estirpe de Eirik va a morir bajo mi acero, y quien flaquee en el camino compartirá la misma tumba de madera que este imbécil.
¡Volved a vuestros bancos si no queréis que mi hierro muerda vuestras propias entrañas!
Un silencio sepulcral, espeso y absoluto se desploma de golpe sobre las aguas del sur, congelando el aliento en las gargantas de los cientos de guerreros.
El clímax de terror que se adueña de la flota es tan denso que solo se escucha el rítmico romper de las olas contra los cascos de roble y el goteo constante de la sangre de Thorgils escurriéndose hacia la resaca.
Los capitanes de las otras naves aliadas agachan la cabeza en unánime sumisión, tragándose la indignación y clavando la vista en sus propios tablones; ninguno se atreve a sostener la mirada desquiciada del traidor ni a alzar la voz por el compañero asesinado.
El miedo físico ha domesticado a los lobos del norte en un solo latido.
En mitad de esa quietud de cementerio, uno de los capitanes de confianza de Svein se adelanta por la cubierta inferior de la nave capitana, esquivando el cadáver con paso cauteloso, y le pregunta en un susurro qué hacen ahora con la persecución.
Es en ese instante cuando la soberbia de Svein consume su segundo y más catastrófico error estratégico.
Con el ojo entornado hacia los acantilados desiertos, viendo que el drakkar ligero no ha encontrado el menor rastro del Hrafn en las calas del sur, el caudillo de Blóðfjörðr autoconstruye una lógica a la medida de su arrogancia.
Convencido de que un pueblo compuesto únicamente por viudas hambrientas, ancianos de huesos deformados y muchachos inexpertos jamás habría tenido el valor de hacerse a la mar abierta, su mente militar deduce que todo ha sido un engaño.
Piensa que la botadura del drakkar en mitad de la niebla fue una burda treta visual diseñada por sus sobrinas para despistarlo y ganar tiempo, y que la tribu real de Sifjarvík ha huido a pie, buscando el amparo de los pasos rocosos a través de las traicioneras montañas del interior.
Hasta llega a parecerle la conclusión perfecta: los débiles solo caminan por la tierra; el océano pertenece a los guerreros de hierro.
Siguiendo su ilógico razonamiento la siguiente orden que Svein vocifera a pleno pulmón es dar la vuelta inmediata a las once naves pesadas y poner rumbo de regreso a Sifjarvík.
Los otros capitanes de la alianza, aliviados por poder escapar de la mirada del verdugo, transmiten la consigna a golpe de látigo en las bancadas, haciendo virar las quillas en redondo para deshacer las millas inútiles que han navegado hacia el sur.
Cuando la flota arriba por fin a la bahía original al mediodía, el sanguinario líder se encuentra de frente con la propia destrucción que él mismo había provocado el día anterior.
Una estampa desoladora y fantasmal.
El paisaje que ayer albergara el astillero y las chozas del linaje de Eirik está reducido a un cementerio esquelético de carbón, tizne y humo gris que todavía se eleva perezoso hacia el cielo despejado, emponzoñando el aire con el olor rancio de la brea de pino calcinada y la paja podrida.
Las imponentes vigas de roble del gran salón comunal, que durante generaciones sostuvieron las celebraciones de la tribu, yacen derribadas sobre la arena, convertidas en costillares negros que crujen bajo el azote del viento del norte.
Las cabañas de los pescadores, las empalizadas defensivas y el almacén de pieles donde Astrid llevaba sus cuentas no son más que montones amorfos de ceniza tibia donde el fuego doméstico ha muerto para siempre.
Los soportes de madera del muelle, allí donde el “Hrafn” volvió a la vida, flotan ahora destrozados y ennegrecidos sobre el agua estancada de la orilla, mecidos por la resaca como restos de un naufragio provocado por la pura demencia militar.
Svein desembarca en la playa vacía, hundiendo las botas de cuero en el fango cubierto de escoria, forzado a masticar el polvo de su propia rabia mientras contempla el desierto calcinado del que sus sobrinas ya han escapado por completo.
Por un momento, el caudillo tiene un inesperado atisbo de humanidad, forzado por las urgencias de la supervivencia militar.
Consciente del desgaste físico que arrastran sus tropas, el caudillo ordena que los hombres desembarquen en la arena y coman un poco para reponer las escasas fuerzas que les quedan, permitiendo que devoren las raciones frías sobre las ruinas todavía humeantes de la aldea.
Una vez saciado el estómago del ejército, el traidor los organiza de inmediato en dos grandes grupos de batida, dividiendo el hierro de la coalición para no dejar un solo rincón sin batir.
Cada uno de los contingentes partirá en una dirección diferente hacia los pasos de la montaña, iniciando una pinza táctica que pretende peinar los riscos del norte y del sur en busca del linaje proscrito.
El razonamiento de Svein en este instante es de una soberbia implacable y fría.
Un error que el tiempo le hará pagar muy caro.
Convencido de que un grupo compuesto únicamente por viejos cansados y mujeres exhaustas no podrá llegar muy lejos a través de los traicioneros senderos de piedra, el traidor asume que la orografía noruega destruirá el paso de las fugitivas.
Aunque sabe que las hermanas cuentan con un día completo de ventaja, su arrogancia le dicta que la ligereza y la disciplina de sus hombres de armas les permitirán darles caza mucho antes de lo que ellas puedan llegar a pensar.
El lobo de Blóðfjörðr despliega sus garras sobre la roca, ignorando que sus batidores muerden el polvo de un rastro inexistente mientras la quilla del Hrafn vuela libre hacia Escocia.