CAPITULO XII #3
El primer amanecer en alta mar llega sin estridencias, abriéndose paso de manera lenta y perezosa a través de la densa línea del horizonte.
La oscuridad total de la noche empieza a claudicar ante una tímida franja de luz grisácea, un alba pálida que apenas logra calentar el aire gélido que todavía azota las amuras del “Hrafn”.
Poco a poco, la escarcha que durante la madrugada ha cubierto los tablones vacíos y los remos trincados a los costados comienzan a brillar bajo los primeros rayos del sol, derritiéndose en pequeños hilos de agua helada que se escurren hacia el fondo de la cubierta.
Bajo el improvisado techado de pieles, las setenta almas empiezan a desperezarse con movimientos lentos, entumecidos por el rigor de una noche que ha puesto a prueba su resistencia física.
Los niños pequeños, protegidos en el centro del hacinamiento por el calor de sus madres, rompen el silencio con murmullos débiles, mientras los ancianos del consejo estiran sus articulaciones castigadas por la humedad del Atlántico.
No hay un gran estallido de alegría al ver la luz, sino un suspiro colectivo de alivio.
Han sobrevivido a la prueba del infierno helado.
La luz del nuevo día expone la inmensidad del desierto de agua que los rodea, un océano tranquilo pero infinito que ahora aguarda a que el pueblo de Sifjarvík vuelva a reclamar su destino.
En el extremo de popa, Gorm asoma la cabeza por el resquicio de la lona, parpadeando ante la claridad del alba.
Durante la helada noche, preocupado por el rumbo del drakkar, ha salido varias veces del refugio para comprobar que el rumbo que mantienen es el correcto.
Apenas unos metros más allá, en la proa, Kark estira los brazos sacudiéndose el frío de sus hombros, volviendo su mirada hacia el estrado para buscar la silueta de Signy.
La joven reina ya está en pie, observando cómo la paleta de colores grises y dorados del amanecer empieza a teñir la gran vela heráldica que todavía los cubre, lista para dictar la primera orden de una jornada donde el mar exigirá, una vez más, cada gota de sus escasas fuerzas.
Con la llegada de la claridad el relevo del hambre no se hace esperar.
Astrid se encarga de organizar el reparto matutino, moviéndose en silencio entre las bancadas con la ayuda de las muchachas más jóvenes, entregando a cada uno de los tripulantes su ración correspondiente.
Las manos temblorosas y todavía rígidas por la helada de la noche se estiran desde debajo del techado para recibir el sustento, apurando cada bocado con una lentitud casi religiosa.
Es un racionamiento silencioso y estricto, pero necesario para encender de nuevo los motores del cuerpo.
Bajo la gran lona extendida, el ambiente es de un respeto absoluto hacia el alimento que les asegura el mañana.
Las madres dividen las porciones con cuidado para dárselas a los niños pequeños, mientras los hombres del consejo mastican con la vista puesta en los tablones, recuperando las energías que el frío les ha robado durante las horas de oscuridad.
Kark recibe su parte en la proa con un leve asentimiento hacia Astrid, y unos metros más allá, Gunnhild lo observa mientras limpia su propio cuenco, sintiendo que esa primera comida compartida en mitad de la nada afianza el pacto de supervivencia de la tripulación.
Termina la tregua del descanso cuando la voz de Signy resuena firme en la cubierta, ordenando izar de nuevo el velamen.
Los hombres más fuertes, ayudados por la agilidad de Kark y el impulso de Gunnhild, tiran de las gruesas drizas de lino con un esfuerzo unánime que hace gemir el mástil de roble.
El enorme paño de lana se despliega majestuoso hacia el cielo de la mañana, atrapando de golpe el aire constante del norte con un tableteo rotundo que sacuda toda la estructura del navío.
La gran vela heráldica del rey Eirik se hincha con soberbia frente al horizonte limpio, despertando a la quilla de su letargo y haciendo que el “Hrafn” empiece a deslizarse con velocidad sobre la llanura de plata del océano abierto.
Con cada palmo de lona tensada, el crujido del maderamen se transforma en un canto de avance que resuena en los corazones cansados de la tripulación.
El impacto del viento no solo empuja la madera, sino que sacude la resignación de las setenta almas, inyectando una oleada de calor y vitalidad en los miembros entumecidos de las madres y los ancianos.
Ver los colores del rey ondear con fuerza bajo la claridad cruda del alba borra la humillación de la huida y el horror de la aldea calcinada.
Ya no son vagabundos a la deriva en un pozo de sombras; son navegantes que dominan el abismo.
El vaivén pesado del drakkar adopta un ritmo constante, una boga aérea impulsada por los Dioses que los va alejando de una costa maldita a la que ya no volverán nunca más.
Cada milla que el navío devora de forma silenciosa hacia el oeste, ensancha el horizonte, alimentando la certeza de que el infierno blanco ha quedado atrás.
La inmensidad del Atlántico ya no se percibe como una tumba helada, sino como el puente necesario hacia la libertad, colocándolos, por fin, un paso más cerca de la nueva tierra que buscan.