CAPITULO XII #2
Dejando el refugio de pieles, Signy se dirige hacia el estrado de popa con paso firme, buscando el consejo del hombre que sostiene la madera del timón.
– Halvar sugiere arriar la lona para proteger a los niños del frío. Si detenemos el avance y quedamos a la deriva, ¿podemos perder el rumbo en mitad de la negrura?
El viejo ajusta su agarre sobre la madera helada, entornando los ojos hacia la inmensidad del agua antes de devolverle una respuesta cargada de veteranía.
– El océano tiene sus propias corrientes, mi reina, y sin el empuje del viento del norte, el mar nos arrastrará hacia donde le plazca –contesta Gorm con la voz ronca por el relente– Sin embargo, mi disco de sombras no duerme.
Si decidís bajar la vela por el bien de los pequeños, revisaré nuestra posición en cada vigilia mirando hacia la estrella que nos guía.
Al despuntar el alba sabré exactamente cuánto nos ha desviado la marea y, si hiciera falta, tendremos que corregir el rumbo a golpe de remo para enderezar la quilla.
El esfuerzo será duro para las madres, pero el camino a la nueva tierra no se perderá bajo mi guardia.
Sopesando ambos extremos Signy asiente con una lentitud solemne, tomando la decisión que prioriza el futuro de Sifjarvík.
Ha llegado la hora de arriar la gran vela.
Los ancianos más fuertes del consejo junto a Kark, Gorm, Halvar y Gunnhild, que ha saltado como un resorte de donde está refugiada para no flaquear ante el peligro, inician la pesada maniobra.
Trabajando a oscuras, los improvisados marineros coordinan a duras penas sus entumecidas manos sobre las tensas drizas.
Kark y Halvar sueltan los nudos principales de las cuadernas de roble, permitiendo que el enorme paño de lana heráldica comience a deslizarse mástil abajo con un tableteo sordo y pesado.
Gunnhild tira de los cabos inferiores junto a los ancianos, hincando las botas en la escarcha de los tablones y sosteniendo el peso de la lona con los músculos en tensión, mientras Gorm asegura el timón para amortiguar el primer bandazo del navío.
Poco a poco, la quilla del “Hrafn” pierde su inercia y se detiene en mitad de la nada, quedando varada a la deriva sobre la llanura de plata del Atlántico, mientras el gran paño de lana se extiende de un extremo a otro de las bancadas vacías para levantar el refugio definitivo contra el infierno helado.
Bajo el enorme paño de la vela extendida, la reacción en el interior del drakkar no tarda en hacer efecto.
El espacio inferior se transforma en una gran tienda hermética que frena el azote directo del viento del norte, permitiendo que el vaho y el calor corporal de las setenta almas comiencen a acumularse de forma milagrosa entre las pieles húmedas.
Ese cambio alivia la angustia de las madres, y el llanto de los recién nacidos amaina poco a poco, arrullado por la súbita calidez que empieza a entorpecer el avance de la muerte blanca.
Gorm, embozado hasta las cejas en la popa, frena a Signy justo en el borde de la gran lona con un gesto de sus manos vendadas.
– Me quedo aquí, a la entrada –sisea el viejo timonel, sin soltar el timón– Necesito vigilar el resquicio de la lona para no perder de vista la “Leiðarstjarna”. Si me meto ahí abajo con el resto, nos quedaremos ciegos.
Respetando una experiencia adquirida durante muchos años, la reina asiente. Después dirige sus pasos hacia la cubierta inferior. Allí, Kark permanece estático junto al mástil, tiritando bajo su túnica empapada mientras mira fijamente la oscuridad del océano.
– Voy a mantener la guardia en la proa –dice con la voz ronca por el hielo– Mi ojo está acostumbrado a rastrear en las sombras.
– No vas a ninguna parte —le responde Signy, plantándose frente a él con una fijeza serena– Entra bajo el paño de lana con los demás ahora mismo.
Kark parpadea con su único ojo útil, visiblemente sorprendido por el tono imperioso de la soberana.
– Svein podría estar cerca, mi reina. Alguien debe vigilar el agua helada.
– De nada sirve un hombre congelado. Si tus manos se vuelven de piedra por el relente, no podrás aferrar un remo ni levantar un hacha si los sabuesos de mi tío aparecen al despuntar el alba. Entra ahí, descansa un poco e intenta entrar en calor.
Conmovido por el peso de las palabras de aquella joven, inclina la cabeza rapada en señal de sumisión, da media vuelta deslizándose en silencio hacia la penumbra del improvisado refugio, buscando un hueco entre las bancadas vacías.
Apenas se acostumbra a la oscuridad del techado, una figura menuda se interpone en su camino. Es Astrid, que se mueve entre los cuerpos hacinados portando las escasas raciones de la jornada. Observa las muñecas heridas de Kark y le extiende un trozo de cecina de alce seca junto a un arenque frío.
– Toma esto –le dice en un susurro, manteniendo la voz baja para no despertar a los niños pequeños– Necesitas reponer las fuerzas que has dejado en el mástil.
Kark se detiene, sorprendido de nuevo por la hospitalidad del linaje de Eirik, y acepta el alimento con dedos torpes por el frío.
– Vuestra hermana es persistente con sus órdenes –contesta con una sutil sonrisa de ironía, mordiendo la carne correosa que le alivia el rugido del estómago.
– Signy es la reina, pero yo soy la que lleva la cuenta de lo que nos mantiene vivos —replica Astrid con una seriedad mansa, ajustándose el manto de lana– Un remero hambriento rinde la mitad cuando Gorm exige boga para corregir el rumbo.
Come, busca un espacio libre junto a los hombres del consejo e intenta dormir. La noche todavía es larga.
Suspendido a la deriva en mitad del desierto de agua, el “Hrafn” es una astilla de roble insignificante frente a la inmensidad del Atlántico.
Para las setenta almas que se hacinan bajo su vela, el suplicio no nace del fuego ni del azufre de los cantares, sino de la ausencia total de calor, de una negrura absoluta que los aísla del mundo conocido y del frío que cala las maderas.
Son los restos proscritos de un pueblo que ha preferido congelarse juntos en el vacío del océano antes que doblar la rodilla frente a la carnicería de sus verdugos, sosteniendo su corona rota sobre las olas mientras la noche aguarda un nuevo amanecer.
Cuentan los viejos cantares de las sagas que el “Helheim” es el reino más sombrío y desolado de la creación, un abismo de hielo eterno, nieblas perpetuas y frío agónico que se extiende mucho más allá de las fronteras doradas de las tierras de los Dioses.
Está gobernado por la implacable diosa “Hel”, hija de “Loki”, un ser de doble rostro cuyo cuerpo putrefacto recuerda a los vivos el destino de las almas que mueren por enfermedad, hambre o vejez en la miseria de los camastros de paja.
Sin embargo, no siempre ese infierno de escarcha es un sitio lejano que aguarda tras las puertas de la muerte. Este pueblo proscrito, allí apiñado en el corazón del océano Atlántico, está viviendo en su propia piel su “Helheim” particular.
A pesar de la negrura absoluta y de la hostilidad del agua, las setenta almas están aprendiendo a sortear el suplicio con una astucia y una entereza conmovedoras.
Combaten la muerte blanca uniendo sus cuerpos como un único escudo, sustituyen el calor de las fogatas domésticas con el vaho de sus propios alientos y convierten la gran lona del rey Eirik en el tejado que desafía al relente del firmamento.
Son los últimos restos de un linaje indomable que se niega a rendirse, un puñado de madres y ancianos que plantan cara a la intemperie absoluta y disputan cada bocanada de aire caliente, decididos a salvar el mañana de Sifjarvík incluso ante la mirada gélida de la propia diosa del infierno.