El eco de las Valkirias CAPITULO XII
59%

CAPITULO XII

EL INFIERNO HELADO

L os últimos trazos de carmín y violeta que tiñen el ocaso del sol se han desvanecido en el horizonte devorados por el implacable avance de la noche.

La oscuridad se ha desplomado sobre el Atlántico con el peso de una manta de lana mojada, borrando los límites entre el cielo y el abismo hasta convertir el mundo en un pozo de tinta negra.

Con la noche llega el verdadero frío de alta mar, un aire helado y cortante que se filtra por las amuras del “Hrafn” clavándose directamente en la médula de las setenta almas.

El agua estancada que hasta hacía poco encharcaba las bancadas no se ha evaporado; ha comenzado a endurecerse, transformándose en una fina y traicionera costra de escarcha que hace crujir los tablones bajo las botas.

Las túnicas, empapadas por el salitre del día, se vuelven rígidas y ásperas como sábanas de hierro contra la piel de las madres.

Sifjarvik ha sobrevivido a inviernos extremadamente duros en las heladas tierras del norte, superando galernas salvajes que sepultaban las techumbres bajo metros de nieve compacta.

Sin embargo, en mitad de aquellas noches eternas de tierra firme, siempre habían contado con el refugio seguro de sus casas de troncos, el aislamiento de las paredes cubiertas de pieles y el calor constante de las grandes hogueras que rugían en el centro de los salones comunales.

El fuego doméstico siempre había sido su escudo contra la muerte blanca.

Ahora, la situación es totalmente diferente y aterradora para las setenta personas hacinadas a la intemperie más absoluta, flotando en mitad de la negrura sobre un entramado de tablones y recibiendo directamente en sus pieles desabrigadas toda la crudeza combinada del invierno atlántico y el mar abierto.

No hay muros que desvíen las ráfagas heladas, ni ascuas donde calentar los dedos entumecidos; solo el vacío del océano desplomándose sobre sus cabezas con una hostilidad implacable que amenaza con quebrar el coraje de la tribu en la primera madrugada del éxodo.

Sobre la cubierta del drakkar las treinta filas de boga están completamente vacías en la negrura de la cubierta, convertidas en hileras desiertas de madera helada que acumulan la escarcha de la madrugada.

Sin brazos que los muevan, los remos permanecen trincados a los costados, estériles frente al oleaje que sacude el casco embreado.

En mitad de esa desolación, todos menos Gorm y Kark intentan desesperadamente refugiarse bajo el techo provisional de pieles oscuras y cuerdas que improvisaron durante la tarde.

Como pueden, espalda con espalda, se agolpan en el reducido espacio inferior del navío, amontonándose en un hacinamiento agónico donde los rangos y los clanes ya no significan nada ante la amenaza de la muerte blanca.

Ancianos del consejo, madres exhaustas y muchachos jóvenes se acurrucan unos contra otros, pegando pecho contra espalda en un intento desesperado por contener el calor humano que se les escapa sin misericordia de los cuerpos con cada bocanada de vaho.

Bajo el improvisado techado la penuria se vuelve física, densa y asfixiante.

Las mantas de lana resultan insuficientes para frenar el abrazo gélido del Atlántico, y el temblor unísono de los miembros hace crujir las cuadernas inferiores en mitad del silencio de la noche.

Comparten el frío y el desamparo en una tregua cruel, masticando a oscuras el arenque salado y la carne seca con las mandíbulas rígidas, mientras los niños pequeños lloran débiles, arrullados por el siseo hostil de un océano que se cuela por las rendijas de los tablones.

Solo el timonel en su estrado de popa y el rastreador en la vanguardia permanecen expuestos a la intemperie total, sosteniendo a duras penas la vigilia de un pueblo fantasma que se aferra a la vida bajo un retazo de pieles.

Gorm es un viejo del que todos a bordo esperarían que estuviera resguardado bajo el calor comunitario de las pieles, protegiendo sus gastados huesos del azote del Atlántico.

Sin embargo, el anciano timonel entiende perfectamente que solo él es capaz de guiar al drakkar a través de la inmensidad del océano sin perder la senda recta.

Cubierto bajo pesados mantos, con la cabeza tapada con lo que buenamente ha podido encontrar para frenar la escarcha, apenas deja al descubierto un resquicio suficiente en su rostro para poder ver la negrura del agua.

En las manos, congeladas por el relente, ha enrollado varias cintas de lino basto para improvisar una especie de guantes que le permitan aferrar la madera sin que la piel se le quede pegada al timón.

De vez en cuando, el viejo navegante aparta una de sus manos vendadas para consultar su instrumento de navegación nocturna, alzando el disco de sombras hacia el firmamento despejado.

Clava su vista en el brillo plateado en “Leiðarstjarna”, la estrella que los guía, confirmando con un leve asentimiento que la quilla sigue el rumbo correcto en mitad de la nada.

Al bajar el brazo, Gorm agradece en silencio a “Njörðr”, el dios de los vientos y los mares, que el aire del norte, aunque ahora sopla de forma suave, siga empujando la gran vela de lana a favor de su destino.

Mientras el viento sople y la estrella permanezca fija en el cielo, podrá mantener el pulso de la estirpe proscrita por encima del hielo de la noche.

Al otro extremo de la cubierta, encaramado sobre el mascarón de proa, Kark sostiene la guardia en el extremo opuesto del navío.

Permanece con el cuerpo inmóvil y el torso inclinado hacia el frente, oteando la inmensidad negra del océano atento al menor cambio en el oleaje o a cualquier eco sordo que le indique que Svein pueda estar acercándose en mitad de las sombras.

A pesar del frío que lo envuelve con una crueldad implacable, entumeciéndole los miembros bajo su túnica empapada, el antiguo rastreador siente un calor extraño y profundo en mitad del pecho.

Es el latido de un orgullo que nunca antes había conocido: la certeza de que el pueblo de Sifjarvík lo ha recibido en sus bancadas como a uno más de ellos, perdonando su pasado de alimaña para integrarlo en su propia estirpe.

Ese asombroso acto de clemencia lo hace sentirse deudor de cada madre, anciano y niño que duerme bajo el techo provisional de pieles.

Por ello, con una voluntad inquebrantable, Kark entrega sus fuerzas a la negrura de la madrugada, deseando con toda su alma que el rigor de su vigilia solitaria sea el amparo y el descanso de los demás.

De repente, en mitad de la penumbra del vientre del barco, rompiendo la agobiante quietud de la madrugada, estalla un llanto agudo, desvalido y constante.

Es uno de los recién nacidos, cuyos tiernos pulmones no soportan el implacable azote del viento del norte.

El pánico de las madres es una marea contagiosa en la oscuridad, y al punto, otra de las mujeres se incorpora entre las pieles húmedas, rota por el miedo de ver a su propio hijo tiritar sin consuelo.

–        Un fuego... –suplica la madre hacia las sombras, con la voz temblando sutilmente por el frío seco– Solo una pequeña brasa en un caldero de hierro, por el amor de los Dioses, que los niños se nos van a quedar rígidos antes del amanecer.

Se escucha el roce metálico de un eslabón contra una piedra de pedernal, amagando con prender un trozo de lino deshilachado.

No llega a tocarlo. Una mano enorme, callosa y deformada por las astillas del astillero cae encima del destello, ahogándolo en el acto contra la madera inferior.

Halvar ni siquiera parpadea cuando el calor de la chispa moribunda le abrasa la palma.

Su voz es un gruñido ronco que arrastra la saliva entre los dientes, lo bastante bajo para no flotar en el océano, pero lo bastante firme para helar la sangre de la cubierta.

–        Suelta el hierro, mujer –ordena el viejo constructor, inclinándose sobre el embozo de la madre– Si una sola de tus chispas vuela con el aire del norte y toca la brea de pino o el alquitrán fresco de estos tablones, o si prende el sebo animal que recubre la vela, arderemos todos en un círculo de fuego antes de que puedas contar hasta diez.

El mar no apaga un drakkar embreado; solo ahoga sus cenizas en el fondo del abismo.

Aquí abajo no se enciende fuego. Nunca. Si tienes frío, abraza a la que tienes al lado y comparte su aliento, pero el roble de mi señor Eirik no va a arder por tu impaciencia.

Desde las sombras de proa Signy atestigua el amargo altercado con el corazón encogido por el llanto de los recién nacidos y la severidad del carpintero.

Con paso silencioso, la joven reina se desliza entre las cuadernas húmedas hasta plantarse frente al constructor, buscando una alternativa que mitigue el desamparo de su tribu.

–        Halvar –le pregunta en un susurro, resguardando la voz del viento del norte– ¿no hay ninguna solución para combatir el frío que empapa el techo de pieles? Los niños pequeños no van a aguantar mucho más tiempo bajo este relente.

Frotándose la palma de la mano que aún guarda el calor de la chispa sofocada, el viejo constructor mira a su soberana con ojos cansados. Por un instante desvía su mirada hacia lo alto del mástil, donde la gran lona del rey Eirik trabaja a pleno rendimiento bajo la claridad de las estrellas.

–        Hay una solución, mi reina –contesta con una gravedad mansa– Podríamos arriar la vela de lana, soltar los cabos y utilizar todo el paño para cubrir las bancadas de boga de un extremo a otro, creando un cobijo mucho más grande y hermético que atrape el calor de los cuerpos.

Las madres y los niños dormirían calientes bajo el tejido.

Pero debes entender la contrapartida: si bajamos la lona, el avance del “Hrafn” se detiene de inmediato.

Quedaremos varados a la deriva en mitad del desierto de agua.