El eco de las Valkirias CAPITULO XI #3
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CAPITULO XI #3

Kark se congela en el sitio, visiblemente sorprendido.

Sostiene el cabo húmedo en una mano parpadeando con su único ojo, atrapado en un asombro absoluto al ver que es precisamente ella, la guerrera que ayer deseaba ver su cerebro esparcido por el barro, quien le está ofreciendo agua dulce en mitad de ningún lado.

Mira el cuenco, mira la fijeza de las facciones de la muchacha y una sutil sonrisa de ironía, desprovista de malicia, se le dibuja en los labios resecos por la sal.

–        No recuerdo que las leyes de Sifjarvík incluyeran alimentar a los traidores heridos –sisea Kark con voz ronca, aunque sus dedos sedientos se adelantan para aferrar la madera.

–        Las leyes de mi padre dictan que un remero que se destroza los tendones por mi estirpe merece beber como los demás –replica Gunnhild, sosteniéndole la mirada sin dar un solo paso atrás– Te has ganado el derecho a mojarte la garganta como todos los demás.

Bebe y vuelve a tu puesto. Todavía nos queda medio océano por conquistar.

Kark asiente con una lentitud solemne llevándose la madera a los labios y apurando el agua en tres tragos largos que alivian el fuego de la garganta.

Al bajar el cacharro, su ojo se cruza de nuevo con los de la muchacha en una tregua muda, cargada de una extraña y silenciosa electricidad, uniendo sus destinos en mitad de la llanura de plata del Atlántico.

Ajenos al sutil latido que acaba de nacer entre las bancadas de proa, los ojos del viejo Gorm permanecen fijos en la inmensidad del horizonte abierto.

Con el viento del norte empujando la vela heráldica y el drakkar deslizándose a buena marcha, el timonel sabe que el mar no perdona el menor descuido.

Es el momento de verificar la ruta y asegurar que la quilla no se desvíe un solo palmo de la senda del oeste.

Saca de su jubón de cuero sus herramientas de navegación, desgastadas por décadas de sal y tormentas.

Con un movimiento pausado, alza entre sus dedos una pequeña gema de cristal facetada, la piedra del sol, mirándola fijamente a través de su único ojo.

El mineral capta la luz difusa de la tarde, tornándose de un azul reluciente que le desvela la posición exacta del astro rey detrás del firmamento.

Acto seguido, coloca sobre el travesaño de popa el disco de sombras, una brújula solar de madera de tilo grabada con muescas concéntricas.

Gorm observa cómo la aguja proyecta su línea recta sobre las marcas, midiendo la latitud con la precisión de quien ha convertido el océano en su propio hogar.

Tras unos segundos de espeso silencio, el viejo lobo de mar asiente para sí mismo con una mueca de honda satisfacción.

El rumbo que mantienen es perfecto. Las corrientes los arrastran en línea recta hacia la nueva tierra, manteniéndolos a salvo de los acantilados de Noruega y de los sabuesos de Svein.

Signy camina en silencio hacia la proa elevada del navío, buscando un instante de absoluta soledad lejos de las bancadas, hasta plantarse justo al lado del mascarón de madera tallada que muerde las olas atlánticas, permitiendo que el viento del norte agite con violencia sus cabellos oscuros y la capa de lana empapada por la sal.

Clava sus ojos en la inmensidad del mar infinito, sintiendo el movimiento imponente de la quilla abriéndose paso entre las crestas de espuma.

Entonces, desarmada de la severidad marcial que su corona rota le exige ante la tribu, la joven reina cierra por un momento los ojos e inclina la cabeza, asfixiada por el peso invisible de las setenta almas que dependen de sus decisiones.

Busca en mitad de esa negrura interior el eco de una voz que el hierro le arrebató en el bosque.

Con los labios temblando sutilmente por el frío seco, eleva una plegaria callada al rey Eirik, pidiendo a su padre que, desde los salones dorados del Valhalla, guíe el rumbo de esta nave desarmada a través del desierto de agua.

En silencio, como una plegaria, le suplica que sostenga el pulso de Gorm, que blinde el coraje de las madres y que sople con fuerza sobre la gran vela de lana para que el linaje de Sifjarvík no termine devorado por las alas de sangre de su hermano.

Al abrir de nuevo los párpados, la fijeza del océano le devuelve una fría serenidad; el espíritu del viejo rey cabalga junto a ellas sobre los gigantes de plata, empujando la proa hacia el mañana.

Hasta le ha parecido oír la que fuera la franca sonrisa de su padre entre el murmullo de las olas.

De alguna manera sabe que no está sola en esta aventura que nadie le pidió comenzara algún día.

Mientras el “Hrafn” aprovecha el viento del norte en alta mar, la vanguardia enemiga consuma su error en la bocana del fiordo.

El drakkar ligero de Svein, espoleado por la boga salvaje de sus veinte remeros, asoma por fin a las aguas del mar abierto e inicia la maniobra de rastreo de forma inmediata.

Cumpliendo las órdenes estrictas de su caudillo, el capitán mete con fuerza el tablón del timón haciendo virar el barco hacia la izquierda.

La estilizada quilla obedece al instante, enfilando el rumbo hacia el sur para comenzar a costear de cerca los acantilados bajos.

Ninguno de los soldados a bordo sospecha que, de haber continuado en línea recta o haber virado en la dirección opuesta, habrían regresado directos hacia las aguas de su propio poblado; su ceguera táctica los empuja a morder el anzuelo de un fantasma.

Por un rato largo, el navío rápido sigue la costa de forma agónica sin ver absolutamente nada a través de sus amuras.

El muro espeso de la niebla que aún se aferra a las rocas del litoral reduce la visibilidad a apenas unos pocos pasos, sepultando los riscos negros en una nada lechosa.

Los veinte guerreros se vacían los pulmones en las bancadas, haciendo restallar los remos contra la corriente con una furia ciega, ignorando que cada palada los aleja más y más de las princesas proscritas.

El silencio de los acantilados desiertos es su única respuesta, y la frustración empieza a caldear los ánimos en una cubierta desprovista de comida donde el hierro de las hachas empieza a pesar demasiado.

La jornada avanza sobre el drakkar ligero sumergido en una monotonía asfixiante.

Los guerreros de vanguardia contemplan cómo la espesa bruma empieza a desaparecer por completo a medida que el sol del mediodía se eleva en el firmamento, clareando el día y desnudando la línea de los acantilados bajos con una claridad despiadada.

Reman con furia renovada durante horas, estirando el cuello hacia la orilla con la esperanza de divisar el casco del “Hrafn” encallado en la arena o el humo de un campamento improvisado en las calas del sur.

Sin embargo, el sol empieza a descender hacia el horizonte sin ofrecerles resultado alguno

La caída de la tarde tiñe el firmamento con una paleta de colores encendidos, desatando un espectáculo majestuoso sobre la llanura del océano abierto.

Tonos de carmín profundo, oro viejo y violetas crepusculares rasgan las nubes occidentales, pintando el lienzo del cielo justo antes de que la noche reclame su trono de sombras.

Irremisiblemente llega la noche complicando la infructuosa patrulla del navío en la costa.

Sin suministros, sin una sola barrica de agua dulce a bordo por culpa de la prisa y la soberbia de Svein, el colapso físico empieza a quebrar la disciplina de los remeros.

Sus gargantas secas arden por la sal, y los brazos, entumecidos por el frío del litoral, reducen la fuerza de las paladas.

El capitán se ve obligado a ordenar que suspendan la boga, dejando el drakkar a la deriva frente a los acantilados invisibles en mitad de una oscuridad absoluta donde los cuernos de guerra permanecen mudos.

Millas al oeste, ajeno a la ceguera de sus perseguidores, el “Hrafn” cabalga con paso firme sobre las olas profundas del Atlántico. El viento constante del norte sigue empujando al linaje de Sifjarvík hacia la libertad de la nueva tierra, mientras el sudario de la noche los abraza en su amparo.

Sin embargo, la noche alberga algo más que estrellas...