CAPITULO XI #2
Antorchas de brea encendidas vuelan en mitad del alba gris, trazando arcos de fuego que caen implacables sobre los techos de paja seca y las empalizadas del muelle.
El fuego se propaga con una velocidad monstruosa, devorando las estructuras de madera que el linaje de Eirik levantó durante generaciones.
Crujen las vigas de roble del gran salón comunal antes de venirse abajo en un estruendo de chispas y humo negro que tizna la blancura de la niebla.
Las cabañas de los pescadores, el almacén de pieles de Astrid y los soportes del astillero donde el “Hrafn” volvió a la vida se transforman en una gigantesca pira que ilumina la bahía con un resplandor sangriento.
Svein permanece de pie en la arena, con su único ojo reflejando el danzar de las llamas y las facciones contraídas en una mueca de desprecio absoluto.
Su objetivo es de una crueldad cínica y perfecta: borrar el hogar de sus sobrinas de la faz de la tierra para que, si osan mirar atrás desde el desierto de agua, comprendan que ya no existe una orilla a la que regresar.
Sifjarvík es ahora un cementerio de carbón y humo, un rastro de destrucción que el traidor deja a sus espaldas mientras camina de vuelta a su drakkar capitana, listo para trasladar ese mismo infierno al corazón del océano.
Consciente de la alarmante diferencia de velocidad que existe entre las naves pesadas que lidera, comprende que avanzar con toda la flota al mismo tiempo en mitad de la bruma puede otorgar una ventaja insalvable a las princesas.
Ignora por completo que a bordo del “Hrafn” solo viajan mujeres exhaustas y viejos cansados, pero su instinto militar le exige mandar un sabueso rápido por delante.
Convoca de inmediato al capitán del drakkar más ligero de la coalición, una embarcación estilizada de vanguardia con espacio para apenas veinte remeros, desprovista de cualquier rincón para estibar comida o agua dulce.
– ¡Lánzate a la caza con tus hombres ahora mismo! –ordena, señalando la inmensidad blanca de la desembocadura con su hacha– Vuestra quilla es la más rápida del fiordo. No os detengáis ante nada.
– ¿Qué rumbo quieres que tomemos, mi señor? –pregunta el capitán del navío ligero, ajustándose el barboquejo del casco de hierro mientras sus veinte remeros contienen el aliento en los bancos.
Svein mira hacia los acantilados de la costa con su único ojo útil, convencido de que unas fugitivas desarmadas jamás tendrían el valor de internarse a ciegas en el océano abierto.
Su soberbia le dicta que el “Hrafn” avanza resguardado, bordeando el litoral hacia las tierras del sur en busca de clanes aliados que les ofrezcan refugio.
– Seguid la línea de las rocas hacia el sur –sentencia el caudillo de Blóðfjörðr, con una sonrisa cínica dibujándosele en las facciones– Buscad su rastro pegado a los acantilados.
En cuanto vuestro hierro toque su popa, encended las fogatas de señales y haced tocar los cuernos para que los restantes caigamos sobre ellas como cuervos. ¡Boga máxima!
Los remos del pequeño drakkar cortan el agua con energía feroz impulsando la quilla ligera hacia la desembocadura a ritmo de boga suicida.
En cuestión de unos pocos latidos, los veinte remeros de vanguardia ganan terreno de forma alarmante sobre el oleaje del canal, tragándose la distancia y desapareciendo como un espectro rápido bajo el denso sudario de la bruma del sur.
Detrás zarpan detrás las once naves restantes en formación de línea pesada, abandonando la playa de cenizas de Sifjarvík.
Svein permanece inmóvil en la popa elevada de su drakkar, con el hacha colgada del cinturón y el rostro tiznado por el humo de la pira que aún ruge a sus espaldas.
Como si pudiera ver a través escruta el muro blanco de la niebla, haciendo oídos sordos a los crujidos del roble y atento al menor eco que pueda llegar desde los acantilados.
Oficialmente la cacería en el mar sin ojos ha comenzado, movilizando una maquinaria de hierro desprovista de provisiones que avanza a ciegas detrás de un fantasma.
Millas mar adentro, ajeno al infierno de fuego que devora su hogar, el “Hrafn” sigue navegando en mitad del desierto de agua. Avanza despacio, midiendo las escasas fuerzas de las inexpertas remeras para no agotarlas en el inicio del éxodo.
De repente, como cortado por el hacha de Odín, el espeso sudario de la niebla desaparece de golpe con un limpio pestañeo de la naturaleza. Una corriente de aire helado la termina por barrer, dejándoles una visión inmensa y sobrecogedora del mar infinito que tienen por delante.
Un horizonte sin límites de olas azules y crestas de espuma blanca se extiende ante las setenta almas, desnudando al drakkar por completo bajo la claridad cruda del día. Atrás queda el amparo de la bruma sepultado a sus espaldas.
Aquella imponente visión del infinito mar que tienen por delante provoca que las mujeres se sobrecojan en sus bancos de boga, conteniendo el aliento ante el respeto sagrado que el abismo azul impone a sus ojos.
No hay cobardía en sus pechos de valkirias, sino la lógica reverencia de quienes miden sus fuerzas contra el monstruo del océano por primera vez fuera del fiordo.
Gorm, viejo y sabio, percibe el sutil cambio en la respiración de las bancadas desde su estrado elevado de popa, y una calma antigua le serena las facciones nudosas.
El viejo timonel ajusta el agarre sobre el pesado tablón de madera, clavando su mirada firme en la inmensidad abierta, antes de lanzar un comentario positivo que viaja por encima del siseo de las olas para infundir un ánimo indestructible a las remeras.
– Mirad al frente, mujeres de Eirik, y que vuestro pulso no tiemble –exclama con una sonrisa templada surcándole las arrugas— No temáis.
El pozo ciego de la bruma ha quedado atrás, y ahora estamos en mi terreno.
Conozco este desierto de agua mejor que los salones de mi propia casa, y os juro que cada corriente que golpea nuestra quilla me habla hoy de libertad y esperanza.
El “Hrafn” ahora flota en mitad de un mar tranquilo, aprovechando la inercia de una corriente favorable para conceder un respiro agónico a las bancadas en mitad de ningún lado.
La boga rítmica se detiene permitiendo a madres, ancianos y muchachos descansar sus doloridos miembros de un esfuerzo al que no están acostumbrados.
Ágil y silencioso, Kark suelta su remo y, sin que nadie se lo pida, vuelve a encaramarse a lo más alto del mástil desnudo para vigilar el horizonte plano, oteando la lejanía por si el eco de los cuernos de Svein quiebra la paz del océano.
Astrid, preocupada por el impacto del sol implacable sobre las pieles desabrigadas de los recién nacidos, sugiere a las mujeres montar un techo improvisado utilizando los fardos de pieles oscuras y los cabos de lino sobrantes de la bodega.
Las que no están sentadas en las bancadas de boga se ponen mano a la obra, coordinándose como si todas pertenecieran a un único corazón que, en pocos latidos, trincan las lazadas a los costados de las cuadernas de roble para levantar un toldo firme que proteja de la insolación al verdadero futuro de Sifjarvík: los niños pequeños que duermen ajenos a la cacería.
Después, un trozo de cecina de arce, varios arenques y una buena ración de agua dan a los tripulantes del navío las fuerzas gastadas por el esfuerzo.
Gorm, en lo más alto de la popa, humedece con saliva su dedo índice en un movimiento pausado y repetitivo de algo que ha hecho miles de veces, alzándolo hacia el cielo despejado para comprobar con satisfacción que el viento del norte sopla con intensidad constante y favorable para su rumbo al oeste.
Decidido a conceder un respiro definitivo a los exhaustos brazos de las mujeres, el timonel alza la voz por encima del balanceo del agua pidiendo a Kark y a Halvar que le ayuden a extender la pesada vela cuadrada de lana.
Los tres hombres, coordinados en mitad de la cubierta inferior, sueltan las trincas de los cabos gruesos y tiran de las drizas con un esfuerzo unánime que hace crujir la madera del mástil.
La gran lona tejida se despliega con un tableteo limpio y sonoro, inflándose de golpe bajo el empuje del aire del norte y tensando los cabos de lino hasta dejar la estructura rígida.
Libre de la esclavitud de las bancadas, el Hrafn se inclina sutilmente y empieza a deslizarse a buena marcha sobre la llanura del océano abierto, devorando las millas de la “Vestvegr” [11] de forma silenciosa mientras las madres descansan bajo el toldo de pieles junto a sus hijos pequeños.
Sobre el travesaño del mástil, la remendada vela ondea con orgullo sobre la inmensidad del Atlántico, exhibiendo en sus costuras el escudo heráldico del rey Eirik como una declaración de soberbia indomable frente al abismo azul.
No es un emblema que clame venganza por el pasado, ni un sudario que llore la ceniza de la orilla abandonada; es un faro de lana que busca la claridad del horizonte, empujando la quilla de las setenta almas proscritas, mientras mira, fija y desafiante, hacia el mañana de una nueva tierra.
El esfuerzo unánime de los tres hombres rinde sus frutos cuando la gran lona heráldica termina de asentarse, rígida y orgullosa, atrapando el viento del norte.
Con las drizas trincadas y la maniobra resuelta, Gorm, Halvar y Kark permanecen junto al mástil en la cubierta inferior, secándose el sudor de la frente en mitad del aire gélido del océano.
Gunnhild se pone en pie desde las bancadas, cargando tres cacharros de madera llenos de agua dulce que Astrid ha racionado con parsimonia.
Camina con paso firme entre los fardos de la bodega hasta plantarse frente al grupo de hombres. Extiende el primer cuenco al viejo timonel y el segundo al constructor, quienes asienten con gratitud apurando el trago que les devuelve la vida tras la faena.
Entonces, la menor de las princesas se gira hacia el tercer hombre y le ofrece el último cacharro de madera.