CAPITULO XI
EL MAR SIN OJOS
B ajo un sudario blanco, denso y asfixiante de niebla marina, las setenta almas de Sifjarvík tiritan agolpadas contra las maderas crujientes del “Hrafn”.
El frío del océano Atlántico se clava en los huesos como agujas de hielo, empapando las túnicas de lana basta de las madres que intentan proteger a los recién nacidos con sus propios cuerpos.
No hay sol que guie la ruta, ni costas que ofrezcan refugio; solo un desierto de agua ciega donde el mundo parece haberse desvanecido en una nada lechosa. El pánico sordo a la “hafvilla”, la deriva maldita, flota en el aire estancado junto al vaho congelado de las respiraciones.
Poco a poco crece la desesperación en las filas de boga a ritmo de marcha agónica.
Sin el golpe sordo del tambor para no delatar su posición ante los lobos de Svein, las inexpertas remeras se hunden en el agotamiento extremo de avanzar a ciegas.
Son sólo viudas consumidas por el hambre, ancianos con las articulaciones deformadas por los inviernos y muchachos jóvenes que arrastran los remos de pino con movimientos erráticos y desacompasados.
Las palas de madera restallan débiles contra el oleaje pesado, y las empuñaduras, cubiertas de astillas, abren llagas vivas en unas manos sin curtir.
Varias madres suspenden la boga, sollozando en silencio mientras se derrumban sobre las bancadas con los músculos rotos por el esfuerzo. El drakkar amaga con perder la marcha, quedando a merced de las corrientes abisales.
Signy afronta la prueba de liderazgo más amarga de su juventud en mitad de la cubierta encharcada. Con las botas sumergidas en un palmo de agua helada y los ojos fijos en el desorden de las bancadas, la joven reina comprende que el desánimo es un enemigo más letal que el hacha de su tío.
Si permite que los brazos caigan ahora, el océano se tragará la estirpe del rey Eirik antes de que el sol pueda rasgar la bruma.
Astrid observa a su hermana mayor desde la popa, conteniendo el aliento mientras aprieta la tablilla de cera contra el pecho, esperando el milagro o el colapso definitivo de su linaje.
Halvar aguarda con las manos nudosas sobre el mazo mudo, y en la proa, Kark detiene sutilmente su boga, volviendo la vista hacia el estrado para ver si la sangre de los reyes proscritos tiene la fuerza necesaria para gobernar la tormenta.
Pesa el miedo a lo desconocido en cada rincón de la cubierta húmeda, paralizando los músculos de la tribu.
Están en medio de la niebla, asustados, experimentando por primera vez en sus inviernos el desamparo absoluto del océano abierto y el horror a perder el rumbo en la nada lechosa.
La indecisión amenaza con quebrar el avance de la quilla antes de haber robado las primeras millas a la costa.
De repente, el antiguo espía se alza desde su banco de boga en la proa, rompiendo la quietud sepulcral de la bruma. Con un movimiento medido y respetuoso, vuelve su único ojo útil hacia el estrado elevado, clava la mirada en la soberana, inclinando sutilmente la cabeza rapada.
– Mi reina –sisea– Pido tu permiso para hablar a tus remeras.
Signy sostiene el pulso bajo la niebla, escrutando la seriedad militar del rastreador, y asiente con una lentitud solemne, concediéndole la palabra ante la multitud.
Kark se gira hacia las filas de boga, aferrando el grueso pino con sus manos llagadas, encarándose hacia las madres y los ancianos que lo observan con una desconfianza instintiva.
– Sé perfectamente que nadie a bordo confía en mi palabra –comienza el antiguo espía, y el vaho de sus pulmones corta la blancura de la niebla– Sé que para ustedes soy un lobo del sur, una alimaña criada bajo el látigo de Blóðfjörðr que ayer mismo os acechaba en la montaña.
Pero escuchadme bien, hombre y mujeres de Sifjarvík: tenéis que sobreponeros a este pozo blanco ahora mismo.
Debéis remar con rabia y devorar el oleaje.
El temporal ha muerto y estoy seguro que Svein ya navega por el fiordo con sus barcos llenos de hierro y sed de pillaje.
Conozco a mi señor. Si cedéis al temor de la bruma y permitís que sus velas rojas os den caza en mitad de esta ceguera, lo que os espera en la arena...
lo que os hará padecer a cada una de vosotras y a vuestros hijos no habrá escaldo en el norte que tenga el valor de narrarlo en los cantares vikingos.
Movilizaos por vuestra sangre, hacedlo por ellos, para darles una oportunidad en la nueva tierra.
Un escalofrío de puro terror físico recorre los bancos de boga al escuchar la advertencia del verdugo.
La crudeza de sus palabras, evocando el horror invisible que les pisa los talones, actúa como un latigazo de adrenalina en mitad del desierto de agua, obligando a las madres a aferrar las empuñaduras con una furia renovada.
Viendo el ejemplo de Kark y aprovechando el impacto de su advertencia, el viejo Gorm se yergue en el estrado elevado de popa para terminar de disipar las dudas de la tripulación. Sus manos nudosas, firmes sobre el timón, transmiten una seguridad de roca ante el vaivén del oleaje atlántico.
– ¡Escuchad al lobo, remeras! –exclama Gorm imponiendo su voz cascada por la sal y los inviernos al siseo de la espuma– Este hombre dice la verdad sobre el peligro, pero este viejo armazón de roble conoce estas aguas como la palma de mi mano.
No os asustéis por este sudario blanco. He cruzado la frontera del fiordo envuelto en la ceguera de la bruma más veces de las que vuestros muchachos pueden contar, y jamás los Dioses han logrado tragar mi quilla.
Las corrientes del oeste ya nos arrastran hacia mar abierto, alejándonos de los acantilados bajos.
Esta niebla no será nuestra tumba; pensad que es el escudo que Odín nos ha arrojado para cegar las naves de Blóðfjörðr.
Confiad en mi brazo. Confiad en el roble del rey Eirik.
¡Sincronizad los remos y dadle boga al mañana de vuestros hijos!
Contagiado por las palabras de aliento, el viejo Halvar levanta de nuevo su pesado mazo de madera descargando un golpe seco, rítmico y amortiguado sobre el parche de cuero del tambor, para marcar de nuevo el ritmo que el drakkar necesita para avanzar en la nada lechosa.
– ¡Rú! -sisea Halvar entre dientes, conteniendo el grito para no romper el amparo de la niebla
– ¡Rú! –Contestan al unísono el cuerpo de remeros.
Arengados por las palabras de aquellos hombres, la indecisión se diluye definitivamente ante la maestría y sabiduría demostrada.
Madres viudas, muchachos de la montaña y ancianos asimilan el valor de Gorm en mitad del frío seco, encajando los hombros y hundiendo las palas en la corriente con una disciplina coordinada, sigilosa e implacable.
El “Hrafn” recupera la marcha, estabilizando su mecido pesado sobre los gigantes del océano y devorando las primeras millas de la “Vestvegr” con el pulso firme de una estirpe que se niega a morir enterrada en el fango de Noruega.
Gunnhild, desde su puesto contiguo en la bancada observa el balanceo rítmico de los hombros de Kark, sintiendo cómo el odio visceral que le quemaba las entrañas en la orilla se disipa en mitad de la bruma blanca.
Su mano, que hace apenas unas horas hundía con saña el filo del hacha en la frente del rastreador, descansa ahora sobre el mango de su propio remo, imitando el compás firme de sus brazos heridos.
Una extraña tregua se abre paso en el pecho de la menor de las princesas contemplando la entrega ciega con la que el lobo del sur muerde la corriente para proteger el mañana de Sifjarvík.
Comprende que la soga del verdugo se ha transformado en su único escudo en el que nace un respeto nuevo, confuso y punzante, que sustituye por completo a la desconfianza criminal
Signy observa la maniobra desde lo alto de la popa elevada, entre las mujeres que intentan proteger a sus hijos pequeños del frío de la niebla que los envuelve, sintiendo cómo el compás regular de los remos sacude el roble bajo sus botas con una vibración sólida Contempla las cabezas gachas de su pueblo trabajando al unísono en mitad del frío seco, mira el perfil firme de Kark en la proa, el brazo nudoso de Gorm aferrando el timón, y una sonrisa leve, sutil pero cargada de una esperanza inmensa, le ilumina por un segundo las facciones castigadas por el granizo.
Entiende que, si no decaen los ánimos en las bancadas y el miedo a la bruma permanece desterrado, tal vez, si los Dioses les sonríen un poco en mitad del desierto de agua tengan una oportunidad real de tocar por fin la nueva tierra que aguarda al oeste.
Para ellos la travesía del mañana ha comenzado.
La joven reina sabe que el camino será un infierno de frío y racionamiento, pero el compás de los sesenta remos dictando el rumbo en el silencio de la niebla le confirma que el linaje de Eirik ya no huye por miedo: cabalga con soberbia hacia su propio mañana.
Sifjarvík arde bajo la furia desatada del traidor.
Devorado por la humillación pública ante sus jefes aliados y sediento de un castigo que mitigue el ridículo de haber cercado un poblado fantasma, Svein no se conforma con lanzar sus barcos a la carrera ciega de la bruma.
Antes de abandonar la orilla, exige una ofrenda de cenizas para aplacar su demencia.