El eco de las Valkirias CAPITULO X #2
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CAPITULO X #2

–        ¿Qué pasa, Svein? –le grita el caudillo rival, y su voz burlona resuena en las maderas con la fuerza de un insulto público– ¿Acaso te ha entrado miedo de luchar contra las mujeres de Sifjarvík?

¿O es que tu único ojo ve fantasmas donde solo hay barro y cabañas frías?

¡Mis hombres no han remado bajo el granizo para quedarse mirando la arena desierta mientras tú tiemblas por cuatro viudas!

Cientos de guerreros de las mesas de boga estallan en risotadas broncas y murmullos de burla al escuchar el desafío, hiriendo el orgullo del traidor en lo más profundo de su soberbia.

Esa humillación pública le impacta en la cara como un latigazo gélido.

Frustrado, acorralado por la paranoia de la emboscada invisible y devorado por la furia salvaje que el cinismo de sus aliados acaba de encender, el traidor aprieta los puños sobre el mango del hacha hasta que la madera cruje.

Su mente militar, antes fría y calculadora, salta en mil pedazos bajo el peso de la afrenta.

Ya no le importan las flechas ocultas, ni las bajas de la coalición, ni el orden táctico; solo le urge ahogar las risas de sus capitanes en la sangre de sus sobrinas. El miedo a perder su autoridad ante los clanes disuelve el último rastro de su prudencia de lobo viejo.

Sin previo aviso, las risas son cortadas de raíz por un grito agudo, limpio y cargado de extrañeza que llega desde la misma línea de la orilla.

Uno de los guerreros de la avanzadilla, agachado en mitad del lodo y los guijarros negros de la playa, agita los brazos con insistencia hacia la nave capitana.

–        ¡Svein! ¡Ven a ver esto! –exclama el explorador, señalando el suelo con la punta de su lanza– ¡No hay arcos en los riscos! ¡Nos han engañado!

Impulsado por un presentimiento oscuro que le hiela la sangre, salta por encima de la borda sin esperar a que el drakkar arrime del todo, hincando las botas en el agua helada que le llega a las rodillas y avanzando a zancadas furiosas hacia la arena.

Los jefes de los otros clanes enmudecen, imitándolo de inmediato para pisar la orilla desierta.

Restos evidentes de una huida desesperada y contrarreloj se extienden ante sus ojos a lo largo de la línea del muelle.

El guerrero de la avanzadilla aparta un fardo de lino viejo con el pie, desnudando la verdad que el fango ocultaba: manchas relucientes de brea fresca que aún huele a resina quemada, decenas de remaches de madera astillados y virutas de roble amontonadas junto a los soportes del astillero vacío.

Lo más demoledor es la señal profunda, ancha y reciente grabada en los guijarros; la huella inconfundible del casco reforzado de un drakkar varado en tierra que acaba de ser arrastrado hacia el canal hace apenas unos minutos.

Un montón miserable de enseres desechados, tablillas rotas, herramientas de costura inservibles y fardos de ropa vieja completan la estampa del éxodo del linaje de Eirik.

Svein se queda mudo en mitad del lodazal, contemplando los remaches y la marca del barco con su único ojo dilatado por una furia que amenaza con reventarle las sienes.

La verdad le abofetea las facciones con la fuerza de un hacha de hierro.

Comprende, en un microsegundo de humillación absoluta, que no hay emboscada ni arcos apuntándole desde el cielo.

Sus sobrinas se han llevado el cascarón inservible de su padre, lo han devuelto a la vida bajo el azote de la galerna y han escapado con todo su pueblo bajo el sudario de la niebla, dejándolo en ridículo frente a toda su coalición.

Las risas de los capitanes aliados mueren de golpe en la playa, sustituidas por un silencio espeso y sediento de sangre mientras observan cómo el rostro del traidor se contrae en una mueca de demencia pura.

De repente, estalla la locura contenida de Svein en mitad de la orilla desierta, rompiendo el aire del amanecer con un alarido salvaje que estremece a los caballos de carga.

El traidor cae de rodillas en el lodazal, hunde las manos nudosas en la arena mezclada con brea fresca y alza su rostro contraído hacia el cielo limpio, con su único ojo inyectado en sangre mirando fijamente a las deidades invisibles que se burlan de su estirpe.

–        ¡Escuchadme, Dioses de las cumbres!

¡Escúchame, Odín! –brama Svein, y su voz ronca y rota ruge con la fuerza de una galerna– ¡Juro por las cenizas de mi padre y por las vigas de mi salón que no dejaré un solo hueso sano en ese drakkar maldito!

¡Cazaré a cada uno de los habitantes de Sifjarvík en mitad del desierto de agua y los arrastraré de vuelta a este fango para que sirvan de festín a los cuervos!

Después, con la celeridad de un rayo, se yergue el caudillo de Blóðfjörðr, empuñando su hacha de combate con una fuerza descomunal encarándose con sus jefes aliados, que lo observan mudos de puro pánico supersticioso.

La saliva ensangrentada le resbala por la barba sucia mientras dicta la sentencia definitiva de la cacería.

–        ¡A las cuatro hermanas y a cada anciano que haya osado tocar un pino de boga les abriré la espalda en esta misma arena!

–ruge el traidor, enseñando los dientes podridos– ¡Probarán el suplicio del águila de sangre [10] !

¡Yo mismo les astillaré las costillas desde la columna, una a una, para abrir sus costados como alas de muerte, y les colgaré los pulmones palpitantes sobre los hombros hasta que su último aliento bendiga mi victoria!

¡Ninguno morirá rápido! ¡Ninguno conocerá el Valhalla!

¡Al agua, perros hambrientos! ¡Las doce velas rojas al mar ahora mismo!

Un clamor de pánico y excitación criminal responde a su juramento en la playa.

Espoleados por la brutalidad del rito prometido, los setecientos guerreros corren en tropel hacia las pasarelas, abordando los doce drakkares en mitad de un caos de hierro y maldiciones.

Las quillas de Blóðfjörðr surcan las olas del canal con una furia renovada, botando una maquinaria de muerte que se lanza en línea recta hacia la desembocadura del fiordo, dispuesta a devorar la niebla oceánica para arrancar los pulmones del linaje del rey Eirik.