El eco de las Valkirias CAPITULO X
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CAPITULO X

ALAS DE SANGRE

E spoleados por la sed de sangre y el viento a favor, los drakkares de Blóðfjörðr cortan las aguas del fiordo como flechas de madera oscura. La vanguardia de la flota avanza en perfecta línea de asalto, devorando las millas que los separan de su venganza.

Apostado en la proa de la nave capitana, uno de los vigías de confianza de Svein entorna los ojos ante las brumas matinales que empiezan a disiparse en la costa vecina. Su mano, cubierta por un guantelete de cuero tachonado, señala con urgencia hacia el frente.

–        ¡A la vista el objetivo, mi señor! –avisa el soldado con un grito ronco– ¡Las chozas de Sifjarvík ya se recortan bajo los riscos!

Svein gira en redondo en mitad del estrado, y la rabia contenida durante días de tormenta se le acrecienta en las entrañas con la fuerza de un incendio.

Su mirada brilla con una demencia asesina bajo el parpadeo del alba, saboreando el momento de la carnicería inminente.

Dispuesto a no conceder un solo segundo de reacción a sus sobrinas, el traidor desenvaina su hacha de combate levantándola hacia el cielo limpio.

–        ¡Remad más rápido, perros hambrientos! –brama espoleando a sus bancadas con una furia implacable– ¡Hincad los remos hasta que reviente el roble! ¡Quiero que sientan el aliento de nuestras hachas antes de que puedan ponerse las botas!

Cumpliendo sus órdenes con precisión sádica, los timoneles hacen sonar los cuernos de buey de la flota, desatando un clamor estridente, bronco y metálico que reverbera con violencia en las paredes de roca negra del fiordo.

El mugido de los cuernos busca infundir un miedo paralizante en los corazones de las madres y los niños que, según ellos, duermen en el gran salón.

Al mismo tiempo, los capitanes exigen a los setecientos hombres que griten a pleno pulmón para causar un pánico atroz.

Un rugido bárbaro, el coro unísono de aullidos de lobo, golpes de espada contra los escudos de tilo y maldiciones de sangre estalla en mitad del agua, quebrando la paz de la mañana con una sinfonía de terror que avanza decidida a engullir la orilla de la estirpe de Eirik.

Aquel clímax de pura expectación salvaje electriza los hombros de los setecientos guerreros amontonados en las cubiertas.

Son hombres curtidos en mil carnicerías conteniendo el aliento bajo el peso de sus cotas de malla húmedas, apretando las manos llagadas alrededor de las empuñaduras de las hachas anchas y fijando miradas hambrientas en el sendero del muelle.

Sus mentes criminales saborean de antemano el caos: esperan ver las puertas del gran salón abrirse de golpe, presenciar la desbandada de las madres viudas corriendo despavoridas hacia los riscos y escuchar los alaridos de los niños cazados en mitad del lodo.

El sudor agrio del miedo y la excitación impregna el aire denso de las cubiertas.

Svein permanece inmóvil en la proa de la nave capitana, encorvado como un buitre impaciente, con los dedos apretados en la madera de la borda.

El pulso ruge en sus sienes y la cicatriz debajo del parche de cuero negro escuece de pura anticipación rabiosa.

Su soberbia patológica aguarda el impacto visual del triunfo, ese instante en que sus sobrinas caigan de rodillas suplicando clemencia antes de clavar sus cabezas en las picas.

Sin embargo, a medida que el clamor de los cuernos se apaga en los riscos, una quietud espantosa y antinatural devora el eco de sus gritos de guerra.

Ninguna puerta se abre colina arriba.

Ninguna flecha de defensa corta el aire desde las empalizadas vacías.

Ningún llanto rompe el amanecer gris.

Sifjarvík los recibe envuelta en un sudario de absoluto desamparo, inmóvil como un cementerio de chozas frías.

El desconcierto empieza a filtrarse sutilmente en los ojos inyectados en sangre de los capitanes, sustituyendo la euforia asesina por un temor supersticioso ante ese vacío inexplicable que parece burlarse de sus espadas.

A pesar de su aplastante superioridad numérica de setecientos hombres de armas contra un puñado de viudas y ancianos, la mente guerrera y curtida de Svein reacciona con la desconfianza del lobo viejo.

Sabe perfectamente que, en la estrategia de los fiordos, el silencio absoluto suele ser la antesala del hierro oculto y frena en seco la inercia del asalto ante esa inquietante quietud.

Una certeza helada le recorre la médula: piensa que están siendo víctimas de una emboscada milimétrica, una trampa dispuesta desde puestos elevados en las rocas y entre la maleza donde la inferioridad numérica de Sifjarvík pueda equilibrarse, obligándolos a librar una reñida y sangrienta batalla desde posiciones ciegas.

Antes de permitir que las quillas toquen la playa dejando a sus hombres indefensos en mitad del desembarco, alza su mano izquierda cortando el aire con una señal imperiosa.

–        ¡Aguantad los remos! –brama Svein, y su orden ronca viaja de barco en barco entre los capitanes– ¡Detened las naves! ¡Nadie pisa la arena!

Los sesenta remos de cada drakkar se clavan al unísono en la corriente, frenando las doce estructuras a apenas un centenar de pasos de los guijarros secos. El agua ruge contra los costados mientras la flota queda suspendida, cabeceando en paralelo.

Necesita pensar mientras devora el lodo del muelle con la mirada.

Su deseo de ver a sus sobrinas morir le quema las entrañas, pero el instinto político frena su locura de sangre.

Entiende perfectamente que los clanes aliados que ha arrastrado a esta coalición bajo promesas de saqueo fácil se pueden revolver contra él de forma violenta si las bajas en la playa son demasiado numerosas por culpa de su precipitación.

No puede permitirse un fracaso en la orilla vecina si quiere conservar su corona de traidor.

Atrapado entre la rabia y la prudencia militar, el caudillo de Blóðfjörðr regala al silencio de la playa unos minutos de oro que el “Hrafn" aprovecha, millas mar adentro, para poner el océano de por medio.

Svein mueve los dedos sobre la empuñadura de su hacha, trazando en su mente el plan con la frialdad de un buen estratega.

Sabe que arriesgar la flota entera en la arena es un suicidio político si las flechas empiezan a llover desde los riscos elevados, por lo que decide tantear el terreno asumiendo el primer peligro con su propia sangre.

De repente, alza el brazo cubierto de anillos y ordena a los once barcos aliados mantener la posición de guardia en el canal, listos para cubrir la orilla con los arcos y las lanzas tensadas ante cualquier amago de ataque oculto.

Maniobra únicamente su drakkar deslizando su quilla de roble oscuro con una lentitud milimétrica hacia la rompiente de la playa. Los remos de su propia tripulación muerden la corriente con suavidad, arrimando la estructura de proa lo más cerca posible de los guijarros negros del muelle desierto.

Todo el mundo vigila la línea del bosque y las empalizadas bajas, manteniendo los embozos de los escudos alzados para proteger los cuellos de una posible emboscada que les devuelva la muerte en mitad del fango.

Apenas la madera raspa los primeros fondos de arena, Svein da la orden de desembarco a una avanzadilla de unos pocos hombres de confianza de su propio clan.

Siete guerreros veteranos saltan al agua helada que les llega a los muslos, hincando las botas en el lodazal con los escudos solapados en una pequeña muralla de hierro defensiva.

Avanzan despacio colina arriba, arrastrando las puntas de las espadas por el fango, con los ojos dilatados por la tensión y el corazón latiéndoles en la garganta mientras se adentran en el perímetro sepulcral de la aldea.

Su misión es inspeccionar el interior del gran salón comunal y las chozas vacías, tentando a las sombras de un pueblo fantasma que se niega a desvelar su secreto bajo la claridad del alba.

Resuenan los golpes secos de las botas contra los tablones de las chozas, quebrando el silencio de la colina.

Uno tras otro, los guerreros de la avanzadilla irrumpen en las estancias con las espadas en alto, rompiendo a patadas las puertas de lino y registrando los rincones oscuros de los camastros.

–        ¡Vacío! –grita el primer explorador, saliendo del almacén de pieles con los brazos caídos.

–        ¡Aquí no hay nadie! –exclama un segundo soldado, asomando la cabeza por la cabaña del herrero, donde las cenizas de la forja ya duermen frías.

–        ¡El gran salón está desierto, mi señor! –ruge el capitán de la patrulla desde el umbral del edificio comunal, contemplando los bancos vacíos y los fuegos extinguidos de la noche anterior.

Voces descompuestas por la extrañeza se cruzan en mitad del lodazal, confirmando que Sifjarvík es solo un cascarón de madera abandonado.

Lejos de calmarlo, las llamadas de sus hombres hacen que la irritación de Svein se acreciente hasta rozar la demencia en la proa de su drakkar.

Su mente, envenenada por la desconfianza, procesa el vacío como una confirmación de sus peores temores militares.

Aprieta los dientes con tal fuerza que la mandíbula le tiembla bajo el parche de cuero, convencido de que la quietud es el cebo de una matanza inminente.

Piensa, con el pulso latiéndole con violencia en las sienes, que las sobrinas lo están vigilando desde los puestos elevados de las alturas, ocultas tras los pinos de los riscos altos, esperando el momento exacto en que la flota entera desembarque para coserlos a flechazos desde la ventaja del cielo.

De repente, el silencio del canal se rompe con una carcajada bronca, burlona y cargada de un cinismo venenoso que viaja de barco en barco sobre el oleaje mansa.

Desde la proa del drakkar aliado más cercano, uno de los jefes de los clanes de la coalición se adelanta hasta la borda, apoyando el antebrazo en su escudo de tilo y mirando al estrado de Blóðfjörðr con los ojos entrecerrados por la mofa.