CAPITULO IX #2
Sifjarvík desaparece en el olvido, y la boca abierta del océano Atlántico las recibe convertida en un pozo ciego y asfixiante.
Encaramado en lo alto del mástil, Kark estira el cuello con frustración, parpadeando con su único ojo ante el muro blanco que ahora le impide ver más allá de las propias bancadas de boga.
La amenaza de los barcos de vanguardia de Svein queda sepultada en el silencio de la niebla, pero un terror nuevo, atávico y puramente náutico, se apodera de los muchachos de los bancos.
Están entrando al desierto de agua completamente ciegos. Mudo en la popa, el viejo Gorm clava los dedos en la madera del timón, sintiendo el cabeceo pesado que anuncia el inicio del oleaje oceánico.
La “hafvilla”, la deriva maldita que todo marino nórdico teme, los aguarda al otro lado de la bruma.
Nadie se atreve a respirar.
Están a un paso más cerca de la libertad, pero el camino hacia la nueva tierra acaba de transformarse en un laberinto sin salida aparente.
Firme en el estrado de popa, el viejo timonel toma las riendas de la maniobra con la serenidad de los lobos de mar veteranos.
Ha cruzado esa misma bocana envuelto en el sudario blanco de la bruma en decenas de inviernos, y conoce cada corriente traicionera y cada risco oculto de la costa como si fueran las arrugas de sus propias manos.
Sabe perfectamente lo que tiene que hacer para no encallar el drakkar contra las rocas bajas y los acantilados afilados que flanquean la salida del fiordo.
Aprovechando la niebla como un escudo sagrado que los Dioses les han regalado para cegar los ojos de Svein, el timonel comprende que la urgencia absoluta es alejarse de allí inmediatamente, ganando el mar profundo antes de que cambie la marea.
Gorm asiente hacia el centro de la cubierta, clavando su único ojo útil en el constructor de barcos.
Al recibir la señal muda, Halvar mueve los brazos con precisión, ordenando a las remeras de estribor que aguanten el pino y a las de babor que hinquen la madera con fuerza.
El “Hrafn” vira en redondo en mitad del pozo blanco, sorteando por apenas un palmo la rompiente invisible de los bajos que rujen a ras de agua.
Después, los remos vuelven a morder la corriente con un ritmo lento, sigiloso pero implacable, empujando la quilla de roble hacia las aguas negras y abisales del océano abierto.
Atrás va quedando Noruega, sepultada en un muro de leche; al frente, el desierto de agua aguarda en un silencio que el linaje aprovecha para escapar con vida.
Esa misma claridad traicionera de la madrugada despierta a las bestias en la otra orilla del fiordo.
En mitad del gran salón comunal de Blóðfjörðr, Svein se yergue en su estrado de madera, clavando su único ojo en los tragaluces del techo.
El temporal ha desaparecido y un cielo estrellado y limpio se extiende sobre las cumbres, anunciando el fin de la galerna que ha encadenado a sus hombres durante días.
– ¡Capitanes! –brama, y su voz ronca corta el letargo de las brasas– El cielo está desnudo. ¡Traedme al rastreador! ¡Quiero que Kark me diga si las marismas del sur están transitables para cercar el muelle!
Uno de sus hombres de confianza avanza por el pasillo central, encogiéndose de hombros bajo el peso de su cota de malla húmeda, y confiesa la verdad ante el trono.
– No ha vuelto, mi señor –le espeta el guerrero, bajando la vista– Los vigías de la empalizada dicen que las cumbres del norte eran un infierno de granizo anoche. Kark no ha regresado de la montaña.
Svein suelta un resoplido amargo, apretando los dientes con una mueca de desprecio. Su arrogancia patológica devora cualquier duda en un instante.
– Que los cuervos de Odín devoren sus huesos, entonces —sentencia el traidor, acariciando el pomo de hierro de su hacha de combate– Habrá muerto congelado en la tempestad como un perro viejo.
No vamos a esperar ni un latido más a que su cadáver se descongele en la nieve.
Es la hora de la sangre. ¡Montad a los hombres en los drakkares!
¡Quiero las doce velas rojas en el agua antes de que el sol caliente el hierro! ¡Nos cobramos Sifjarvík hoy!
Un estallido de gritos bárbaros y el restallar de las espadas golpeando las mesas desatan el caos en el muelle enemigo.
Los lobos de Blóðfjörðr corren hacia la arena, empujándose con sed de pillaje, listos para botar una flota monstruosa preparados para perseguir a un fantasma que ya navega oculto en mitad de la niebla oceánica
Movidos por la inercia de la sangre, los guerreros ejecutan las órdenes con la precisión de un ejército coordinado.
Uno tras otros, los guerreros van embarcando en los drakkares en un orden impecable, moviéndose por las pasarelas de madera como si aquella fuera una incursión rutinaria más en las costas vecinas, un asalto rápido de pocas horas que terminará antes del anochecer.
Cargando sólo armas de guerra, los soldados abarrotan las cubiertas con haces de lanzas, espadas de doble filo y pesados escudos de madera de tilo pintados de rojo y negro.
Nadie estiba una sola barrica de agua dulce sobrante; nadie sube a bordo sacos de grano o carne en salazón.
Su soberbia patológica les dicta que el botín de Sifjarvík saciará sus estómagos en cuanto el acero muerda el muelle de las hermanas.
Esta falta de previsión logística, nacida de la prisa y el desprecio absoluto hacia sus presas, se convertirá muy pronto en un hachazo invisible que les costará más de lo que creen.
En su ciega ambición por cercar la playa vecina, ignoran que el drakkar del rey Eirik ya navega invisible en mitad de la bruma, y que la simple codicia de cazar a las cuatro princesas los va a arrastrar hacia una trampa donde el hierro de sus hachas no les servirá de nada cuando el hambre empiece a quebrarles las gargantas.
Envuelto en el sudario ciego de la bruma, el “Hrafn” avanza flotando como un espectro de roble sobre las aguas profundas.
A pesar de estar rodeados por el muro blanco de la niebla, todos los tripulantes a bordo pueden sentir cómo el barco se mece de adelante a atrás, alterando el pulso de la madera.
Al principio, ese vaivén oceánico es tan suave que apenas resulta perceptible para las madres que aprietan a los niños contra sus pechos.
Sin embargo, poco a poco, esas mecidas pesadas y rítmicas se vuelven tan notables e imponentes que hasta el más inexperto de los muchachos de los bancos sabe, con un vuelco en el estómago, que ya están en mar abierto.
Gorm ha demostrado su maestría una vez más.
Sin estrellas, sin ver la costa y guiándose únicamente por el tacto de la corriente en el tablón del timón, el viejo navegante ha burlado los acantilados bajos, sacándolos al océano libre en mitad de la ceguera total.
Descolgándose por los cabos húmedos con la agilidad de un lobo, Kark baja del mástil una vez que la costa de Noruega queda sepultada en el olvido.
El antiguo espía se desliza por la cubierta inferior ocupando su lugar en la bancada de proa.
Sin mediar palabra, aferra el remo dispuesto a bogar como uno más de la estirpe, hundiendo el madero en el oleaje atlántico al ritmo mudo de las manos de Halvar.
Astrid y Freydis intercambian una mirada de silencioso alivio desde la popa, mientras Signy clava sus ojos grises en la blancura del horizonte. La frontera está cruzada.
Fija en el banco contiguo, Gunnhild contempla el perfil del antiguo rastreador a la luz mortecina de la bruma, sintiendo un vuelco extraño, confuso y punzante en mitad del pecho.
No es la furia criminal que le quemaba las entrañas en la orilla, ni tampoco el lazo blando del romance; es el sutil y desconcertante nacimiento de algo nuevo que la princesa guerrera no sabe cómo nombrar.
Sus ojos se detienen en la cicatriz que aún sangra en la frente del hombre, en el balanceo rítmico de sus hombros cansados y en la entrega ciega con la que hunde el pino para salvar a un pueblo que ayer despreciaba.
Bajo el compás de la madera la desconfianza de la menor empieza a resquebrajarse en silencio, asombrada ante el misterio de un verdugo que ha preferido romperse las manos a su lado antes que regresar al oro de Blóðfjörðr.