El eco de las Valkirias CAPITULO IX
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CAPITULO IX

EL CUERNO DEL ALBA

E ntre tinieblas y un silencio engañoso, la última noche de Sifjarvík se extingue de forma sepulcral.

Aferrándose al calor moribundo de las brasas, en el interior del gran salón, el pueblo duerme hacinado, extenuado por los días de boga agónica y estiba forzada.

Nadie sospecha que el peligro ya no viaja en el aire.

De repente, un sonido ronco, bronco y aterrador desgarra la penumbra de la madrugada.

Es el bramar estridente del cuerno de guerra que reverbera contra las vigas del techo rebotando en los acantilados de roca negra con la fuerza de un trueno.

Entre jadeos de espanto, todos despiertan de golpe.

Los más pequeños lloran asustados, mientras los mayores buscan hachas y espadas entre la paja húmeda que les ha servido de lecho.

Quien sopla el cuerno desde la pasarela del muelle, con los pulmones vaciándose en el aire helado, es Kark, que apenas ha pegado el ojo en toda la noche.

Al clarear las primerísimas luces grises del alba, cuando todavía casi es de noche, el espía había mirado hacia el firmamento sintiendo como el corazón se le congelaba en el pecho.

El viento del norte ha barrido hasta el último jirón de bruma y, en su lugar, un cielo estrellado y totalmente despejado se extiende sobre el agua, desnudando la bahía por completo.

El escudo invisible que las protegía se ha roto antes de tiempo.

La tormenta ha desaparecido.

Signy y Gunnhild irrumpen en la playa como dos exhalaciones, con las capas desabrochadas y el acero desenvainado, plantándose ante el poste del muelle. Kark baja el cuerno, señalando con el dedo índice hacia el horizonte abierto del mar liso. Su único ojo útil brilla con un pánico militar absoluto.

–        ¡No hay tiempo que perder, mi reina!

–exclama Kark, y el vaho de su aliento entrecortado delata la urgencia agónica de la huida– Mirad el cielo.

Las “Nornas” han soltado el temporal. En la otra orilla del fiordo, Svein ya habrá despertado a sus lobos.

Con esta claridad, mi señor estará montando a sus hombres en los drakkares en este mismo instante.

Si no cortamos las amarras y metemos los pinos en el agua antes de que el sol despunte sobre las cumbres, sus velas rojas nos emboscarán en la boca de la bahía y Sifjarvík será una carnicería. ¡Hay que zarpar ya!

Signy alza los ojos hacia el firmamento sembrado de estrellas nítidas, sintiendo el latigazo del aire seco del norte en el rostro.

No vacila ni un solo latido.

La lógica del rastreador es irrefutable: cada bocanada de aire que pierdan cargando un fardo más es un paso que acerca las velas de su tío a la bahía.

Firme y severa, la reina se encara con la multitud aterrorizada que empieza a salir en tropel del gran salón, tiritando bajo el frío del alba.

El caos organizado estalla en mitad del lodazal.

Las madres corren hacia las pasarelas estrechas de madera apretando a sus bebés contra los pechos empapados, vistiendo apenas sus túnicas de lana basta.

Los ancianos se apoyan en los hombros de los muchachos jóvenes, trepando por la borda de roble con las piernas temblorosas por el esfuerzo y el miedo ciego.

Gunnhild se planta en la orilla, empujando los cuerpos rezagados hacia las bancadas y obligando a las remeras improvisadas a ocupar sus puestos a golpe de gritos.

–        ¡Olvidad las chozas! ¡Dejad vuestros fardos!

–ordena Signy cuya voz de mando corta el pánico de la playa como un cuchillo– ¡Al drakkar!

¡Todo el mundo a bordo con lo que tenga puesto!

Las barricas y el grano ya están en la bodega.

No perdáis ni un momento regresando a por vuestros enseres.

Si nos demoramos en esta arena, no habrá mañana que salvar. ¡Moveos!

Astrid, que ya aguarda en la cubierta, asegura las últimas trincas de los barriles de arenque mientras Freydis reparte los remos de pino a las manos llagadas. Kark, libre de pies, se lanza al primer banco de boga de la proa, aferrando el grueso pino y fijando la vista en la boca del fiordo.

En la popa elevada, con las manos nudosas aferrando con fuerza el largo y pesado tablón del timón, el viejo Gorm clava la mirada en la corriente del canal, listo para guiar el rumbo de la nave entre los islotes.

Sueltan las amarras de cáñamo desde la orilla y los cabos mojados caen al fango con un siseo pesado. Libre de sus ataduras terrestres, el drakkar se desliza con brusquedad hacia las aguas profundas del canal, cabeceando sin control bajo la resaca.

Bancadas enteras estallan en un desorden peligroso.

Impulsados por el miedo, las prisas y el pánico ciego de ver amanecer sobre las cumbres, los muchachos y las madres hunden los pinos en el oleaje de forma desacompasada.

Los remos suben y bajan sin orden ni concierto, cruzándose en el aire y golpeándose entre sí con restallidos secos de madera astillada que amenazan con desequilibrar la nave en mitad de la corriente traicionera.

Las remeras entran en pánico, perdiendo el agarre de las empuñaduras llagadas y maldiciendo por el frío.

De repente, el navío empieza a girar sobre su propio eje, indefenso ante el peligro de los islotes.

Firme y resuelto en el centro de la cubierta, el viejo constructor de barcos da un paso al frente para salvar la maniobra.

Halvar alza su pesado mazo de madera con manos nudosas y descarga el primer golpe sobre el parche de cuero del tambor comunal.

Un impacto sordo pero atronador reverbera en las cuadernas de roble, acallando los gritos de la playa.

–        ¡Rú! –brama Halvar, y el vaho de sus pulmones cansados corta el aire del alba– ¡Rú!

A cada golpe rítmico del mazo, el orden regresa a la madera.

Las mujeres y los ancianos se aferran a los pinos, sincronizando la respiración con el latido del parche de cuero.

Los remos dejan de golpearse, enderezan la trayectoria hundiéndose en el agua helada al unísono, levantando una cortina de espuma blanca que impulsa al “Hrafn” en línea recta hacia la salida del fiordo.

El grito unánime de las setenta almas acompaña cada embate, repitiendo el compás del viejo artesano mientras Sifjarvík desaparece en las sombras de la costa reducida a un nido de chozas vacías que el sol del alba se prepara para iluminar, mientras el linaje del rey Eirik se amontona en la madera, listo para desafiar al monstruo del océano con lo puesto.

Ágil como un felino de las cumbres, Kark suelta su pino de boga y trepa sin dudar por los obenques de cáñamo mojado, ascendiendo a pulso hacia lo más alto del mástil desnudo.

Su silueta recortada contra el cielo estrellado otea la inmensidad del agua con la fijeza de un halcón, buscando cualquier destello de hierro o el balanceo de una vela roja en las sombras de los acantilados.

Una calma tensa, espesa y casi insoportable cae de pronto sobre el canal del fiordo.

Desaparecido el desorden inicial, el silencio de la madrugada se vuelve sepulcral, roto únicamente por el golpeteo rítmico, acompasado y monótono de los remos cortando la superficie mansa del agua al compás amortiguado del tambor de Halvar.

El rugido del temporal que las había cobijado durante días se ha evaporado por completo, dejando el mar liso como un espejo de plata traicionero. Cada bocado del pino en la corriente resuena con una nitidez que asusta a los muchachos de los bancos.

Firme en la popa, Gorm apenas parpadea, manteniendo el tablón del timón recto mientras Astrid y Freydis vigilan la penumbra de la costa.

Sifjarvík ya es solo una línea oscura que se desvanece a sus espaldas, y la boca abierta del océano aguarda al frente, envuelta en esa claridad de cristal que precede al amanecer.

Nadie habla.

Nadie se atreve a respirar con fuerza.

Desde las alturas de la madera, Kark mantiene su único ojo clavado en los riscos bajos de la vanguardia, midiendo el abismo de un silencio que precede a la tormenta de acero.

Frente a la proa tallada, las aguas negras del fiordo empiezan a fundirse con las primeras corrientes hostiles y pesadas del mar abierto.

Una vibración gélida recorre las cuadernas del “Hrafn”, alertando a los navegantes de que la seguridad de la costa se desvanece por completo.

Encaramado en lo más alto del mástil, con las cuerdas de cáñamo hincándosele en los dedos entumecidos, Kark se inclina hacia abajo y suelta un siseo cortante que viaja como un escalofrío hasta la cubierta.

–        ¡Silencio abajo! –advierte el vigía en un susurro desesperado, agitando un brazo hacia la negrura de los acantilados– ¡Remad despacio! ¡Que nadie hable! Las sombras de la vanguardia se mueven. Las naves de Svein pueden estar llegando a la boca de la bahía.

Un pánico sordo congela la sangre de las madres y los muchachos en las bancadas. Obediente ante el peligro inmediato, el viejo constructor deja de golpear el tambor, bajando el mazo de cuero con una lentitud milimétrica para no rozar la madera.

Halvar se planta en mitad de la cubierta y, fijando sus ojos severos en las treinta filas de boga, empieza a guiar a las remeras utilizando únicamente gestos firmes con sus manos nudosas.

Bajo sus órdenes mudas, las viudas y los ancianos contienen el aliento y hunden los remos con suavidad agónica. Reman muy despacio, apenas acariciando la superficie lisa del agua para evitar que el restallar de las palas delate la huida en mitad de la madrugada.

El drakkar se desliza como un fantasma de roble entre los riscos, arrastrado por la resaca, con Gorm aferrando el timón de popa con los brazos rígidos por la tensión.

Nadie parpadea.

Densas ráfagas de una bruma blanquecina, espesa como la leche, empiezan a engullir la proa tallada a medida que el barco alcanza la desembocadura definitiva del fiordo.

En un abrir y cerrar de ojos, la claridad traicionera de las estrellas se desvanece por completo bajo una niebla fantasmal que devora los acantilados de la costa y borra el horizonte de un plumazo.