CAPITULO VIII #2
– Porque Svein solo tiene oro y picas, mi reina –responde, y la palabra "reina" suena en su boca con un respeto sagrado que estremece a Astrid– He pasado mi vida viendo a clanes devorarse por el poder, pero jamás había visto la verdad de este poblado.
Vuestras mujeres se rompen los dedos en los remos por puro amor a vuestra sangre, no por miedo al látigo.
Prefiero hundirme en el Mar del Norte bajo vuestro grito de boga que regresar al salón de un tuerto que solo engorda a alimañas falsas.
El viento del norte está limpiando las cumbres altas.
En dos amaneceres, el fiordo será un espejo liso y Svein saldrá con doce drakkares.
Si me soltáis las manos, os diré en qué islote bajo apostará sus naves de vanguardia para cortar la salida de la bahía.
Conozco sus señales de humo y sus puntos de vigía.
Os daré el mapa para burlar su cerco en mitad de la noche, pero dejadme remar a vuestro lado.
Signy escruta el fondo de su pupila dilatada, midiendo la verdad de su traición bajo el granizo. Sabe que el tiempo se agota y que el viento del norte confirma la profecía de las cuarenta y ocho horas. Se vuelve hacia Gunnhild, asintiendo con una fría resolución.
– Corta sus ataduras – ordena a su hermana menor.
Ésta da un paso al frente de inmediato, apretando los dientes con una mueca de pura incredulidad criminal recriminando a su hermana ante la multitud.
– ¿Te has vuelto loca, Signy? –le espeta apuntando al prisionero con la punta de su hacha– Este hombre es un lobo de Blóðfjörðr. Te está vendiendo mentiras para que le sueltes las manos y nos degolle aquí mismo. ¡No voy a liberar a un asesino!
– Te he dado una orden, princesa –replica, sin desviar un solo milímetro sus ojos de Kark– Corta las cuerdas. ¡Ahora!
Gunnhild suelta un bufido de rabia contenida, maldiciendo entre dientes en un dialecto rústico mientras saca el cuchillo de desollar.
De un tajo seco y violento, raja el cáñamo que amarra los pies y las manos del rastreador al madero.
Las cuerdas caen al lodo.
Kark da un paso al frente, tambaleándose levemente por el entumecimiento, y se refriega las muñecas aliviadas, dejando al descubierto las marcas moradas que el cordel le ha dejado en la piel. Clava su único ojo en la soberana, estupefacto por el gesto.
Pero la locura de la playa no ha hecho más que empezar.
– Dale una espada –ordena la reina con una tranquilidad pasmosa.
El muelle entero estalla en un murmullo de puro pánico. Gunnhild se congela en el sitio, con las facciones contraídas por la ira, y vuelve a recriminarla a gritos, plantándose entre la reina y el prisionero.
– ¡Por el martillo de Thor, eso jamás! –ruge la guerrera, cruzando los brazos sobre su pecho– No voy a armar al hombre que intentó matar a nuestros muchachos en el bosque. Si quieres suicidarte, hazlo tú sola, pero no le regales el acero del rey a una alimaña.
Signy ignora la furia de su hermana menor.
Con un movimiento lento y majestuoso, estira la mano izquierda hacia el cinturón de la guerrera, agarra la empuñadura de la espada de su propia hermana desenvainándola con un silbido limpio que corta el aire de la playa.
Sin vacilar un solo latido, le extiende el arma al prisionero, ofreciéndole el pomo de madera tallada.
Kark estira los dedos entumecidos y sujeta la empuñadura. El peso del acero real equilibra su postura en los guijarros.
Aterrorizado, el círculo del pueblo da tres pasos hacia atrás.
Ahora mismo, el espía de Svein permanece libre, tiene a la reina de Sifjarvík completamente desarmada delante de él sosteniendo un arma afilada en la mano, con la fina línea de sangre de su frente goteando sobre el metal.
El silencio en el muelle es tan absoluto que el repicar del granizo contra la madera del drakkar suena como el golpe de un mazo.
Gunnhild tensa los tendones del cuello, lista para saltarle a la yugular con el cuchillo si el hombre hace el menor amago de levantar la punta hacia el pecho de su hermana.
Kark contempla el acero que brilla en sus manos, mira el rostro sereno y majestuoso de Signy, y algo sagrado termina de encajar en su alma de guerrero proscrito.
Sin desviar su único ojo de la soberana, hinca la rodilla con violencia en el fango de la playa.
Clava la punta de la espada profundamente entre los guijarros negros del suelo, sujetando el pomo con la mano izquierda en señal de sumisión militar, mientras con la mano derecha cerrada en un puño firme se golpea el pecho con un impacto seco, justo encima del corazón.
– Por el aliento de mis ancestros y por la memoria del rey Eirik –exclama y su voz ronca truena por encima del viento del norte, vibrando con una verdad que estremece a los ancianos del consejo–Ante este mar proscrito y ante tu pueblo, te juro lealtad eterna, reina Signy.
Mi acero es tuyo, mi boga es tuya y mi vida pertenece desde este latido al mañana de Sifjarvík.
Si te traiciono en el agua, que “Nídhöggr” devore mis huesos en el inframundo.
Gunnhild se relaja sutilmente, soltando el aire que contenía en los pulmones, clavando una mirada de profundo asombro en el rastreador que sangra a sus pies.
Signy asiente con una lentitud solemne, recuperando el pomo de la espada con un movimiento limpio, sabiendo que el viento del norte sigue soplando desde Blóðfjörðr, pero que hoy han ganado el timón de su propia libertad.
De repente, el murmullo de la multitud estalla de nuevo en la orilla, extendiéndose como una marea entre los guijarros negros, pero el rumor se apaga casi de inmediato.
Un silencio sagrado, espeso y unánime cae sobre la playa de Sifjarvík bajo el latigazo del viento helado.
Entonces, ocurre lo impensable.
Como si compartieran un mismo latido, como si las setenta almas proscritas fueran un solo cuerpo movido por una fuerza invisible, el pueblo entero empieza a arrodillarse sobre el fango y las piedras húmedas.
El viejo Halvar suelta el mazo e hinca las rodillas en el agua helada del muelle; Astrid deja caer la tablilla de cera sobre el jubón y baja la cabeza; los muchachos cazadores se postran con los arcos en la arena, y tras un segundo de vacilación, la mismísima Gunnhild clava la mirada en el suelo y dobla las piernas junto al prisionero.
Nadie ha dado una orden.
Nadie ha levantado una lanza.
Sifjarvík entera se postra en mitad del barro ante la silueta de la joven que permanece erguida en los guijarros, con la capa ondeando por la galerna y sosteniendo el pomo de la espada.
Con su audacia suicida, con su templanza indomable y con la soberbia divina con la que ha desarmado al verdugo de su padre, la joven ha demostrado ante los ojos de los hombres y de los Dioses que merece, por derecho propio, ser llamada reina.
La soberana contempla el círculo de cuerpos postrados dejando escapar un suspiro largo y trémulo, un aire cálido que se disipa de inmediato en el frío seco del norte.
Al escrutar el pozo negro y herido del único ojo de Kark, supo con una nitidez absoluta que el hombre estaba diciendo la verdad, despojado de cualquier doblez o engaño mercenario.
Siente el cambio atroz en las corrientes del aire y comprende que la tregua del cielo ha llegado a su fin; la tormenta se desarma y los drakkares de Blóðfjörðr pronto morderán el agua del fiordo.
Sin embargo, una fría certeza le serena el pulso.
Las caprichosas “Nornas”, que tejen los hilos invisibles del destino humano en las raíces del fresno del mundo, les acaban de retirar el amparo del granizo, pero en su lugar han puesto en su camino a alguien a quien ni por asomo esperaban encontrar allí: Kark, el verdugo convertido en su último timón.
El linaje de Eirik está listo para desafiar a la muerte porque su reina ha tomado el control de sus almas