CAPITULO VIII
EL TIMON DE LAS NORNAS
N o hay tregua en la negrura de la noche para la actividad febril en la playa de Sifjarvík. Las linternas de manteca de ballena parpadean, protegidas por lonas de lino, proyectando sombras alargadas sobre el reluciente casco del “Hrafn”.
Astrid, con las botas hundidas en el agua helada de la bodega, termina de encajar la última barrica de arenque en salazón, mientras las mujeres suben a bordo los fardos de pieles oscuras y mantas seleccionadas.
El silencio de las setenta almas es absoluto, roto solo por el siseo de las brasas y el crujido del roble.
De pronto, un latigazo gélido y seco corta el aire de la bahía.
La lluvia oblicua y el granizo menudo, que durante días habían golpeado con violencia desde el sur, se detienen de golpe en una calma tensa y antinatural.
Un segundo después, las copas de los pinos altos del norte crujen con un quejido unánime.
El viento cambia de sentido con la brusquedad de un hacha cayendo sobre el yunque, rolando hacia el nor-noreste y arrastrando un frío seco y cortante que despeja los jirones de la bruma sobre el agua.
Halvar detiene el mazo en el aire, con los ojos fijos en las nubes.
En la proa, el viejo Gorm se yergue sobre las maderas, humedeciéndose un dedo nudoso y levantándolo hacia el cielo, con las arrugas de su rostro congelándose de pura gravedad.
No es una simple ráfaga; es el anuncio sutil pero implacable de un cambio definitivo en el temporal, como si fuera la propia naturaleza la que está hablando, dictando en mitad de la noche que la tormenta monstruosa que las ha protegido por fin va a terminar.
Gunnhild, apostada junto al poste de la orilla donde Kark permanece atado, aprieta los dedos sobre el mango de su hacha corta, sintiendo el vuelco del estómago.
El viento del nor-noreste es el aliento de Blóðfjörðr.
Limpiará el cielo, aplacará el oleaje y dejará la boca del fiordo abierta de par en par. La soga invisible de los dos amaneceres acaba de empezar a cerrarse alrededor de sus cuellos.
A ras de suelo, el primero en reaccionar ante el latigazo del aire helado es el propio prisionero.
Kark alza la cabeza rapada hacia las cumbres del norte, con el vaho de su aliento entrecortado cortando la prisa de la noche.
Sus dedos heridos y atados se crispan contra la madera rugosa del poste.
Él conoce ese viento mejor que nadie; ha navegado bajo su empuje en decenas de veces junto a su señor.
Sabe, con la precisión matemática de un rastreador veterano, las consecuencias exactas y de sangre que ese cambio meteorológico traerá consigo sobre la bahía.
– ¡Muchacha! –sisea Kark, y su voz ronca y rasgada por el frío fractura el silencio de la orilla– ¡Tú, la del hacha! ¡Escúchame!
Gunnhild se gira en redondo con la velocidad de un felino, plantándose frente a él de un salto y arrastrando el filo de su acero a un palmo de los ojos del espía. Sus facciones se contraen en una mueca de pura desconfianza criminal.
– Cállate, traidor –le escupe la menor, enseñando los dientes– Si abres la boca una vez más para burlarte de mi pueblo, te hundo el hierro en la garganta antes de que el viento termine de rolar.
– ¡Llama a tu hermana, maldita sea!
¡Llama a la reina! –exclama Kark, ignorando el peligro del acero con una desesperación que desarma a la guerrera– Ese aire del norte es el bocado de Svein.
Está limpiando las nubes sobre las cumbres altas.
En dos amaneceres, el mar del fiordo será un espejo liso y las doce naves de Blóðfjörðr caerán sobre esta orilla como cuervos sobre la carroña. No os queda tiempo.
Gunnhild entorna los ojos, sopesando el pánico real que vibra en las palabras del rastreador, pero lo que Kark pronuncia a continuación rompe por completo todos los esquemas de su mente militar.
El espía hinca las botas en el fango, mirándola fijamente con su único ojo útil, despojado de toda la arrogancia sádica que traía de la montaña.
– No quiero volver con él, Gunnhild –suplica el hombre, y la crudeza de su confesión cae en la arena como un hachazo silencioso– Llama a Signy.
Quiero quedarme en este drakkar. Quiero marcharme con vosotras.
He pasado mi vida sirviendo a perros que se despedazan por una moneda de plata, pero jamás...
jamás en mis treinta inviernos había visto a un pueblo boga de esa manera, protegiendo a su reina sin que nadie se lo exija.
Vuestro linaje tiene una fuerza que no pertenece a este mundo.
Si me dejáis subir a ese barco, os daré la ruta exacta de las naves de Svein, os diré en qué acantilado pretenden emboscaros y remaré hasta que se me revienten los tendones de los brazos.
Pero no me dejes en esta orilla. Quiero morir defendiendo el mañana de Sifjarvík.
Sorprendida, da medio paso hacia atrás en los guijarros negros, con el hacha temblándole sutilmente en los dedos, completamente estupefacta ante la locura que acaba de escuchar en mitad de la tormenta.
Sin embargo, el instinto de la guerrera regresa de inmediato, transformando el asombro en una mueca de puro desprecio y desconfianza.
– ¿Crees que soy estúpida, lobo de Blóðfjörðr?
–le reprocha, clavando las botas en el lodo y apretando los dientes– ¿Qué clase de truco barato de rata asustada es este?
Ayer te reías de nuestras madres en la arena y hoy pretendes vendernos la ruta de tu amo para salvar el pellejo.
Sois alimañas criadas en la traición. En cuanto te soltemos las manos, nos cortarás el cuello por la espalda para ganarte el perdón de Svein.
Kark no parpadea ante el reproche.
A pesar de tener los pies amarrados al madero, el espía hace un esfuerzo sobrehumano con los músculos tensos de las piernas para alzarse, irguiendo el torso empapado hacia delante.
Con un movimiento lento y deliberado, avanza la cabeza hasta clavar el centro de su propia frente directamente contra el filo de hierro cortante del hacha de Gunnhild.
La presión es tal que una fina línea de sangre roja empieza a brotar en su piel, mezclándose con el agua del granizo.
– Si crees que esto es un truco, acórtame la agonía, muchacha –le dice Kark, mirándola fijamente a un palmo de distancia con su único ojo, sin un solo átomo de miedo– Tienes el hierro en la mano.
Hunde el hacha ahora mismo y acaba conmigo aquí, en esta orilla.
Prefiero que la hija del rey Eirik me parta el cráneo en este fango antes que regresar al salón de un tuerto que devora a su propia estirpe.
Mátame, pero si me dejas respirar, es para remar a tu lado. Elige.
Gunnhild sostiene el pulso, congelada bajo el latigazo del viento del norte, sintiendo el peso muerto de la frente del espía presionando el acero de su hacha. La duda muerde las entrañas de la princesa guerrera durante unos segundos que se sienten eternos en mitad de la tormenta.
Sus pupilas se dilatan de puro odio.
La rabia de ver el rostro del verdugo de su padre tan cerca, tan indefenso, le nubla la vista.
Sus nudillos se vuelven blancos y, cediendo a un impulso violento, empuja el mango hacia delante, hundiendo con saña el filo de hierro un milímetro más en la carne de la frente de Kark.
La sangre fresca resbala por el puente de la nariz del prisionero, pero el hombre ni siquiera parpadea; sostiene la mirada desafiante, esperando el golpe definitivo que acabe con todo.
De repente, la guerrera suelta un grito de frustración puro, salvaje y desgarrador que se pierde en el rugido de las olas.
Aparta el acero con un movimiento seco, respira hondo levantando una gran nube de vaho blanco y encaja de un golpe el hacha corta en su cinturón de cuero.
Da dos pasos hacia atrás en los guijarros negros, fulminándolo con la mirada, furiosa consigo misma por no haber descargado el tajo y furiosa con el espía por haber tenido el valor de desarmarla con su propia muerte.
– Quédate ahí, lobo maldito –ruge, limpiando la sangre ajena del filo con el pulgar– No te muevas un palmo si quieres conservar las piernas.
Voy a buscar a la reina. Si juegas conmigo o con mis hermanas, te juro por el funeral de mi padre que yo misma te destriparé en esta arena antes de que las naves de Svein doblen el acantilado.
La menor de las hermanas gira en redondo y sale corriendo colina arriba, hundiendo las botas en el fango del muelle, decidida a interrumpir la estiba de Astrid y a arrastrar a Signy hacia la orilla antes de que el viento del norte limpie el cielo por completo.
Poco después regresa a la orilla con zancadas rabiosas a través del fango, arrastrando consigo a la reina.
Signy camina con paso firme con el granizo golpeándole la capa de lana y los ojos clavados en la figura atada del prisionero.
A su lado, Astrid contiene el aliento sosteniendo la tablilla de cera contra el pecho.
Signy se detiene a un palmo de Kark.
Observa la fina línea de sangre que le cruza la nariz, nacida de la presión del hacha de la menor, y el vaho desesperado que escapa de los labios del rastreador.
– Mi hermana dice que quieres morir defendiendo mi muelle, lobo de Blóðfjörðr –comienza la reina y su voz gélida corta el siseo del viento con una solemnidad imponente– Dice que estás dispuesto a venderme las rutas de Svein a cambio de un banco de boga en el “Hrafn”.
Mírame a los ojos y habla. ¿Por qué el mejor rastreador de mi tío traicionaría al hombre que tiene las riquezas y las espadas?
Kark levanta la barbilla, sosteniendo la mirada de la soberana sin un solo parpadeo de debilidad.