CAPITULO VII
EL CUERVO ACECHANTE
E l gran salón comunal de Blóðfjörðr es un hervidero de ruido, grasa y violencia latente que satura el aire denso de humo.
Ajados por los días de espera forzada, los guerreros de la coalición comen hasta vomitar bebiendo hidromiel en las largas mesas de roble negro.
Devoran, una tras otra, grandes piezas de carne asada con las manos sucias, riendo con carcajadas crueles que compiten con el restallar de los leños y los cantos de guerra individuales que algunos borrachos entonan golpeando las jarras de barro contra los tablones.
Una repulsiva mezcla de sudor rancio, licor de miel fermentado y grasa quemada llena cada rincón de la estancia.
En el centro del estrado, sentado en su trono tosco, Svein los contempla satisfecho.
Su único ojo brilla con la fijeza de un reptil bajo el parpadeo de las antorchas, contemplando el espectáculo de su ejército hambriento.
Sin embargo, la comida y el vino que calman a sus hombres no son suficientes para él.
Lo que realmente le daría la satisfacción total, lo que le quema las entrañas con un fuego rabioso que ninguna jarra de hidromiel puede apagar, es ver arder hasta los cimientos el pueblo de su hermano.
Dentro de su mente enferma saborea el momento de escuchar los gritos desesperados de sus mujeres, ver el lino consumirse por las llamas y, sobre todo, clavar la cabeza de cada una de sus cuatro sobrinas en picas afiladas para que adornen la entrada de su propio poblado, sirviendo de alimento a los cuervos y de recordatorio de su victoria definitiva.
Svein aprieta el pomo de su daga de hierro, sintiendo el escocimiento rabioso bajo el parche de cuero negro.
Sabe que, cruzar el fiordo con este temporal es una locura destructiva que tragaría sus barcos.
Por ahora, la infernal tormenta que sopla en el exterior es la única barrera que le impide morder el cuello de sus presas y, aunque sepa que terminará por calmarse, la espera le está consumiendo.
Svein alza una mano cubierta de anillos toscos y hace una señal imperiosa a uno de sus capitanes.
– ¡Traed al “seiðmaðr” [7] ! –brama con su voz ronca que corta el estrépito de las jarras– ¡Que el viejo baje de su cubil! ¡Quiero saber cuándo se cansará el cielo de escupir granizo!
Poco después, un silencio incómodo, teñido de temor supersticioso, se extiende de inmediato por las mesas de Blóðfjörðr. Incluso los guerreros más brutales y borrachos suspenden la carne en el aire apartando las botas del pasillo central.
Al fondo del salón, las pesadas cortinas de piel de oso se apartan y la figura del adivino emerge de las sombras con un andar errático y encorvado.
Es un hombre que desprende el hedor rancio de la locura.
Tiene el cabello canoso y enredado cayéndole en marañas grasientas sobre los hombros.
La barba, sucia de hollín, le llega casi a la cintura.
Viste una túnica de lana raída, desgarrada por los bajos y manchada de grasa, de la que cuelgan decenas de amuletos que tintinean con un sonido metálico y lúgubre a cada paso: garras de zorro, vértebras de lobo, conchas oscuras y pequeñas piedras rúnicas atadas con tiras de cuero podrido.
Sus ojos, dilatados y desorbitados por el abuso de las raíces de beleño, miran al vacío con una fijeza desquiciada.
El “seiðmaðr” se arrastra hasta los pies del trono, ignorando las risas nerviosas de los hombres, y arroja sobre los tablones de madera un cuenco de bronce abollado.
De su jubón extrae un puñado de huesos de ave tallados, tres piedras de río negras y lisas, y astillas de madera de tejo grabadas con caracteres rúnicos.
Se arrodilla en la paja sucia, balbuceando palabras incomprensibles en un dialecto antiguo, y sopla sobre un puñado de hojas secas que quema en un pequeño brasero de hierro.
Un humo denso, blanco y de un olor dulce y sofocante llena el estrado de inmediato, haciendo que el adivino empiece a balancear el torso hacia delante y hacia atrás, entrando en un trance violento.
Con un espasmo repentino, el loco lanza los huesos y las runas sobre el suelo de madera, dejando que reboten entre los guijarros y la ceniza. Sus manos nudosas y negras de mugre se cierran sobre las piedras mientras sus ojos se vuelven completamente blancos.
Svein se inclina hacia delante en su trono, clavando su único ojo en las piezas esparcidas, impaciente por recibir la respuesta del cielo.
El hechicero permanece meciéndose en el suelo, con los ojos en blanco y la respiración rota por el humo sofocante. El tirano, incapaz de contener la rabia de la espera, se inclina hacia delante en el trono y golpea el brazo de madera con el puño.
– ¡Habla de una vez, viejo maldito! –espeta el impaciente traidor– Dime qué ven tus ojos ciegos. ¡Dime cuándo amainará la tormenta!
De repente, el “seiðmaðr” detiene su balanceo de golpe.
El silencio en el gran salón se vuelve tan denso que casi se puede escuchar el caer de las cenizas.
Lentamente, el adivino baja la cabeza clavando sus ojos dilatados directamente en el rostro de Svein.
Es una mirada desprovista de toda humanidad, un pozo negro y brillante de demencia y misterio que parece mirar más allá de la carne; una mirada tan gélida y perturbadora que, por un microsegundo, el propio tirano siente un escalofrío de puro terror recorrerle las entrañas, obligándole a apretar los dientes para no apartar su único ojo útil.
El viejo estira un dedo cubierto de costras de mugre hacia el suelo, señalando las piezas caídas murmurando con una voz que parece salir de las profundidades de la tierra:
– Los huesos han hablado...
Y se calla.
Nuevamente el silencio regresa, espeso y agobiante. El adivino se queda inmóvil, como una estatua de lana sucia, contemplando el suelo.
Svein se enfurece de inmediato, con las venas del cuello hinchándosele de pura rabia por el juego del loco. Agarra la empuñadura de su hacha de combate y da un paso abajo del estrado.
– ¿Y qué dicen, maldito seas? –ruge, enseñando los dientes– ¡Habla antes de que te abra el cráneo para ver si tus sesos tienen más sabiduría que tu lengua!
Sin embargo, el hechicero ni siquiera parpadea ante la amenaza de la muerte. Fija de nuevo la vista en la posición de los restos de ave y las piedras negras, esboza una sonrisa macabra que muestra sus encías desnudas y pronuncia las palabras exactas que el traidor tanto ha esperado escuchar:
– En dos amaneceres, las nubes sangrarán su última lluvia. En dos amaneceres, el mar estará tranquilo. El ojo de Thor se cierra y la serpiente del fiordo tendrá el paso libre.
Satisfecho por lo que acaba de oír suelta una carcajada bárbara, salvaje y triunfal que reverbera en las vigas del techo, mientras sus guerreros estallan en vítores en las mesas, golpeando las jarras con sed de sangre.
La cuenta atrás tiene su día final.
Sin embargo, la risa del traidor se ahoga en su garganta cuando el seiðmaðr da un espasmo violento en el suelo.
Arrastrándose hacia delante, hincando las uñas en los tablones, agarra el borde de la capa de piel de lobo del tirano con una fuerza descomunal.
El adivino alza el rostro, con la saliva ensangrentada chorreándole por la barba sucia y su mirada vacía fija en el techo, como si viera el fin del mundo reflejado en las vigas.
– Escucha el crujido del gran árbol, Svein...
–sisea el viejo, con una voz que eriza la piel de los capitanes– “Jörmungandr” [8] ya se retuerce en el abismo, agitando las aguas oscuras del oeste.
Tú buscas cenizas y picas, buscas cortar las ramas tiernas del fresno, pero “Nidhogg” [9] ya ha roído la raíz del traidor.
Veo el gran cuervo volar hacia el sol poniente, con las garras vacías y los ojos cegados por el humo.
El drakkar de oro no arderá; flotará sobre la sangre de los hombres de Blóðfjörðr y encallará donde las piedras altas tocan el cielo.
Conseguirás tu desierto, Svein... pero el nido estará vacío para siempre.
Después el viejo emite un gemido estridente, suelta la capa del traidor y se desploma de costado en la paja, con el cuerpo temblando por el esfuerzo del trance y los ojos cerrándosele por el peso del beleño negro.
Svein da un paso atrás, con el rostro contraído en una mueca de duda y la mano apretando con fuerza la empuñadura de su hacha.
La predicción es confusa, un laberinto místico que nubla su victoria, pero su arrogancia vikinga devora el miedo de inmediato.
Él solo ha escuchado lo que quería: el drakkar de su hermano no arderá porque él mismo lo capturará, y el desierto que tanto ansía en Sifjarvík será suyo en dos amaneceres.
Mira a sus capitanes, ignorando el aviso del pozo negro del brujo, y levanta el acero hacia las antorchas.
– ¡Que rían las “Nornas” si quieren! –vocifera acallando el presagio– ¡En dos mareas la tormenta muere y nos cobraremos nuestra herencia!
Mientras el clamor bárbaro y los vítores sedientos de sangre hacen retumbar las vigas del salón de Blóðfjörðr, al otro lado del agua la noche en Sifjarvík es un santuario de puro sufrimiento y silencio sepulcral. Aquí nadie ríe. Nadie bebe hidromiel.
El temporal arrecia con una violencia salvaje, como si el mismísimo ojo de Thor descargara su último y más desesperado azote sobre el valle.
Las ráfagas de viento del sur barren la arena húmeda, levantando olas crestadas que rompen con fuerza contra los guijarros negros de la orilla.
Bajo esa negrura absoluta, rota solo por el parpadeo agónico de un par de linternas de manteca protegidas por lonas, el pueblo se desangra en las últimas tareas de estiba.
La noticia de que parten de forma inminente ha encendido una prisa febril y silenciosa que se clava en los huesos.
Astrid se mueve en la penumbra de la bodega del “Hrafn”, con las botas sumergidas en un palmo de agua helada que se filtra por la cubierta.
Sus dedos pecosos, rígidos por la congelación, ya no sostienen el punzón; empujan con el hombro los pesados barriles de arenque en salazón y las últimas barricas de agua dulce, encajándolas entre las cuadernas de roble.
Cada movimiento es un tormento. Los ojos, enrojecidos por el humo y la falta de sueño, repasan la tablilla de cera a la luz de una vela que amaga con apagarse.
Las cuentas están cerradas. No hay espacio para más.
El grano miserable, el medio alce cazado en la montaña y todo el pescado desecado que han podido reunir componen todo el equipaje de un linaje que se resiste a morir.
En el muelle, las mujeres y los muchachos más jóvenes cargan fardos de lino viejo y pieles oscuras para abrigar a los recién nacidos durante la travesía oceánica. Caminan encorvados, con las cabezas gachas bajo el granizo, resbalando en el lodo del sendero.
Nadie habla.
El miedo que antes los paralizaba ha sido sustituido por una fría y obstinada disciplina de hormigas.
Saben que cada minuto de tormenta que el cielo les regala es un escudo de aire que mantiene los barcos de Svein amarrados en la otra orilla, pero también intuyen, por el sutil cambio en la humedad del viento que Gorm observa desde la proa, que la tregua del cielo se está agotando.
El fin del temporal puede ser su sentencia de muerte.
Apartada de la carga, junto al poste de la orilla donde Kark permanece amarrado bajo el granizo, Gunnhild aprieta la empuñadura de su hacha corta, con la mirada fija en la boca oscura del fiordo.
La menor de las hermanas no le quita el ojo de encima a las sombras del agua, con los músculos en tensión, lista para morder con el acero si la bruma desvela el primer drakkar enemigo.
La profecía del brujo loco en Blóðfjörðr empieza a flotar en el aire de la playa como una soga invisible que se estrecha alrededor de sus cuellos.
Solo quedan dos amaneceres.