CAPITULO VI #2
Al clarear las primeras luces grises del alba, la hija mayor del rey Eirik abre los ojos en la penumbra del gran salón.
No ha podido dormir en toda la noche.
Los cuervos de las pesadillas no la han dejado descansar un solo minuto, graznando en su mente con la visión de las velas rojas de Svein y el oleaje negro devorando a los niños.
Con el rostro pálido y el alma en vilo, la joven soberana se levanta del banco dispuesta a reunir al pueblo en la playa para desvelarles la cruda realidad que les espera, preparada para ver el pánico en sus ojos.
Sin embargo, al bajar al muelle con el paso marcial que exige su cargo, se lleva una gran sorpresa que le frena en seco las botas en el fango.
Nadie ha esperado a que amaneciera para ponerse en movimiento.
La playa entera es un hervidero de pura determinación.
Sifjarvík ya está manos a la obra bajo el granizo, y lo que descubre al mirar al agua le corta la respiración.
El Hrafn, reluciente de brea y con las cuadernas reforzadas, no está varado en los guijarros; navega ya con decisión por las aguas revueltas del fiordo, desafiando la resaca del temporal.
Desde la popa elevada, el viejo Halvar golpea un pesado tambor de cuero, marcando un compás rítmico, sordo y atronador que resuena en las paredes de roca negra.
A cada golpe del mazo, las bancadas de boga responden como un único cuerpo.
Los remos de pino suben y bajan al unísono, mordiendo el agua helada con una simetría perfecta, cortando la espuma con una dignidad asombrosa.
A ras de cubierta, el grito unánime de las mujeres y los ancianos rasga el silbido del viento:
—¡Rú! —braman a coro, hundiendo los maderos.
—¡Rú! —repite el eco del fiordo con cada golpe de tambor.
Astrid controla la estiba desde la orilla con lágrimas en los ojos, viendo cómo el drakkar maniobra con una soltura que parecía imposible ayer, mientras Freydis entona un viejo cántico de esperanza desde la orilla.
Más arriba, en la parte alta de la arena, el restallar de las maderas de tilo completa la sinfonía de la resistencia.
Gunnhild permanece de pie en mitad del lodazal, exhausta, pero con la mandíbula relajada y una mirada de profunda satisfacción en las facciones.
Frente a ella, la treintena de mujeres y muchachos que descansan de los turnos de boga sostiene un muro de escudos impecable, una línea compacta, solapada y sin una sola fisura que aguanta los envites del entrenamiento con una firmeza veterana.
La soberana observa la escena muda, con el nudo de las lágrimas de la noche anterior disolviéndose en su garganta. Al ver a las remeras coordinando sus brazos al grito de "¡Rú!" y a las viudas empuñando el acero con las manos llagadas, lo comprende todo.
De alguna manera, a través de ese esfuerzo agónico bajo el temporal, el pueblo quiere darle un mensaje rotundo a su reina. Le están diciendo que no está sola en mitad de la noche, que estarán ahí acompañándola hasta la última orilla del mundo y ayudándola a llevar el peso insufrible de la corona.
A lo lejos el “Hrafn” vira con elegancia para regresar hacia el muelle, deteniendo la boga justo a un palmo de la pasarela de madera.
Los remos se elevan al unísono, chorreando agua helada sobre la superficie del fiordo.
Las remeras y los ancianos de las bancadas giran los rostros empapados y cubiertos de hollín hacia la orilla, clavando sus miradas expectantes en la figura de la reina.
El silencio vuelve a reinar, roto solo por el siseo de las brasas de la playa y el jadeo exhausto de las setenta almas.
Signy da un paso hacia adelante, saliendo del fango y subiendo a la pasarela de carga con solemnidad.
Siente cómo las mejillas le arden, pero esta vez no es por el sonrojo de la timidez; es el fuego de la sangre real de su padre que ruge en sus venas, barriendo el último rastro de los cuervos de sus pesadillas.
Alza los ojos paseando la mirada desde el muro de escudos de Gunnhild hasta la proa tallada donde Freydis termina de trazar las runas.
– ¡Hijos de Sifjarvík! –exclama Signy, y su voz de mando resuena con una nitidez tan limpia que parece cortar el granizo– Bajé a esta playa dispuesta a deciros que el mar oscuro era nuestra sentencia de muerte.
Bajé dispuesta a exigiros un sacrificio imposible.
Pero veo que vuestras manos han sido más rápidas que mis miedos.
Habéis domado al “Hrafn” en mitad de la galerna, habéis hecho cantar al roble y habéis levantado una muralla de hierro en mitad del lodo.
De repente, la reina se vuelve hacia la bancada de boga, señalando las aguas abiertas del fiordo que conducen al Mar del Norte.
– Vuestro grito ha despertado a los Dioses de las cumbres.
Ya no hay dilemas. Si este barco puede morder el agua con esta tormenta, cruzará el océano entero.
Terminad de trincar las últimas barricas de agua dulce, reforzad los cabos y subid las mantas de lino que Astrid ha seleccionado.
El drakkar está vivo y nuestro destino está en el mar.
Que el traidor busque nuestras tumbas en la tierra; nosotras plantaremos las raíces de nuestro linaje donde las olas nos lleven.
Un rugido unánime, un grito de guerra y esperanza que Sifjarvík no escuchaba desde la marcha del rey Eirik, estalla en mitad del muelle.
Las mujeres golpean los embozos de los escudos con las hachas cortas de caza, los ancianos jalean desde las bancadas y los muchachos tiran los gorros de lana al aire.
La cuenta atrás ya no es una amenaza que las asfixia; es la puerta abierta hacia su libertad.
A unos pocos pasos de esa celebración, apartado del clamor, pero bajo el azote directo del granizo, Kark contempla la escena con el rostro empapado y la marea baja lamiéndole las botas de cuero.
Permanece amarrado firmemente de pies y manos a un grueso poste de madera enterrado en la orilla.
No ha sido la reina quien ha ordenado su traslado a la arena; ha sido la menor de las hermanas la que se lo ha llevado a rastras allí a primera hora de la mañana, manteniéndose a su lado con el hacha corta de caza siempre en la mano, vigilando cada uno de sus parpadeos por si intentaba hacer algo raro.
Gunnhild se lo ha dejado claro con una voz rota por el frío: es mejor tener al enemigo a la vista de las remeras por si ella misma tiene que encargarse de rematarlo de un tajo si la madera peligra.
Al escuchar el eco de ese último rugido colectivo y ver cómo el pueblo responde a su reina sin que ella se lo pida, algo se rompe de forma definitiva en la mente del espía.
Kark ha pasado toda su vida bajo el yugo de Blóðfjörðr, sirviendo a señores de la guerra que solo conocen la obediencia nacida del terror, las promesas de saqueo o el filo de una pica amenazando sus cuellos.
En el mundo del tuerto Svein, los hombres se traicionan por un puñado de monedas de plata y los clanes se desmiembran en cuanto el líder muestra el menor síntoma de debilidad.
Por eso, lo que su ojo ha presenciado en este muelle desde el amanecer, bajo la guardia implacable de Gunnhild, le resulta monstruoso, incomprensible y aterrador.
Ha visto a madres jóvenes que apenas tienen fuerzas para sostener a sus bebés subirse a las bancadas de boga voluntariamente; ha visto a viejos constructores metidos en el agua helada golpeando el tambor con el último aliento de sus pulmones, y ha escuchado a setenta almas rotas coordinar sus brazos llagados bajo un único grito que hacía temblar los acantilados.
Nadie las ha apuntado con una lanza.
Su reina ni siquiera ha tenido que despertarse para pedírselo. El pueblo entero ha respondido por puro amor a su sangre, ayudándola a llevar el peso insufrible de la corona para salvar el mañana de sus hijos.
Kark deja caer la cabeza contra el poste de madera, exhalando un vaho tembloroso que se disipa en la tormenta.
La burla y la arrogancia macabra con la que escupía sangre ayer en el lodazal se han evaporado por completo, sustituidas por una fría y sobrecogedora certeza.
Sabe que Svein puede traer doce drakkares llenos de asesinos hambrientos, sabe que puede reducir las chozas a cenizas y degollar la costa, pero comprende, con el alma rota por la revelación, que jamás podrá vencer a la estirpe del rey Eirik.
La fuerza que impulsa al “Hrafn” no está en el roble ni en el hierro; está en una dignidad sagrada que las hachas de Blóðfjörðr nunca podrán decapitar…