CAPITULO VI
EL TIMON DE LA TORMENTA
D entro del gran salón, las últimas brasas de la hoguera central es lo único que rompe la penumbra reinante allí dentro. Fuera, el temporal sigue rugiendo con una furia implacable, haciendo temblar los portones de roble.
El silencio entre las cuatro hermanas es espeso como la brea. Sobre la mesa rústica descansa una cena miserable: apenas unas tiras resecas de cecina del alce y un par de cuencos con agua caliente que Astrid raciona con ojos severos.
Nadie toca el alimento.
El verdadero peso de la noche no está en el estómago, sino en el rincón más oscuro del salón.
Allí, fuertemente atado con cuerdas de cáñamo a uno de los gruesos postes de pino que sostienen el techo, permanece Kark.
El espía de Svein respira con un silbido rítmico y pesado, con la mandíbula apretada por el dolor.
Freydis ha cumplido la orden de la reina y la espantosa herida de su paletilla luce limpia, sellada con un burdo cosido de hilo de tripa y cubierta por un ungüento verdoso de saúco que ha frenado la fiebre, manteniéndolo dolorosamente despierto y lúcido en la sombra.
Signy permanece de pie en el estrado real, contemplando el vaho de su propio aliento en el aire gélido de la estancia. De repente, se vuelve hacia sus tres hermanas, clavando su mirada en los rostros cansados de Astrid, Freydis y Gunnhild.
– Kark es el mejor rastreador del sur, pero no podemos ser tan ingenuas –comienza la reina, y su voz, aunque baja, corta el silencio del salón con la firmeza del acero– Svein es una víbora desconfiada.
Si envió a este hombre a cruzar las cumbres altas en mitad de la galerna, es muy probable que no viniera solo.
Mi peor temor es que haya más espías merodeando por los riscos del norte, observando cada remache que Halvar clava en el casco del “Hrafn”.
Astrid levanta los ojos con las pecas resaltando sobre su piel pálida por la falta de sueño.
– Si otro rastreador regresa a Blóðfjörðr con la noticia de que estamos reparando la nave del rey para huir, Svein no esperará a que el cielo se limpie –advierte– Arriesgará sus propios drakkares en el agua antes que dejarnos escapar con el linaje de Eirik.
– Por eso mismo no vamos a esperar –sentencia Signy, dando un paso hacia la mesa.
El anuncio cae como un hachazo en mitad de la cena– El hallazgo de este hombre nos obliga a cambiar los planes de inmediato.
Vamos a adelantar la partida. No esperaremos a que la tormenta amaine ni a que el viento del sur nos conceda un día de sol.
Nos marchamos en cuanto el casco esté estanco, aunque la galerna siga rugiendo con toda su rabia afuera.
Gunnhild se yergue de golpe con los ojos encendidos.
– Hermana, el Mar del Norte es un monstruo devorador con este temporal. El viento nos empujará contra los acantilados del este si salimos a ciegas. Si la resaca nos pilla en la boca del fiordo, el oleaje abrirá el “Hrafn” en dos antes de que Gorm pueda encontrar la Estrella Polar.
– Es el riesgo que elijo – espeta la reina, sosteniendo su mirada sin titubear– Prefiero que nuestro linaje se hunda en mitad del océano luchando contra los gigantes de la tormenta, a quedarme sentada en esta playa esperando a que las hachas de Svein nos degüellen en el fango.
El temporal es nuestro único escudo, pero también es nuestra única salida.
Si salimos bajo la furia del cielo, Svein jamás imaginará que hemos tenido la osadía de lanzarnos al agua.
Nos buscará en las montañas mientras nosotras ya navegamos hacia Skotland.
Hay que ir preparando al pueblo. Botaremos el barco en cuanto el roble esté estanque, ni un latido más tarde.
Desde la oscuridad del poste, Kark suelta una risa ahogada que termina en una tos seca, clavando su único ojo en la silueta de la nueva reina.
Sin perder un instante, la reina sale al porche cubierto del astillero, donde el viento ruge con una fuerza descomunal, arrastrando hileras de granizo que rebotan en la madera.
Allí, sentados junto a un pequeño brasero de carbón que apenas calienta el aire, la aguardan el viejo Halvar y Gorm.
Sus rostros ancianos, curtidos por la sal y los inviernos, lucen cansados, sombríos, como si el destino de Sifjarvík pesara sobre sus hombros con la fuerza del granito.
Signy se acerca, hincando las botas en la paja húmeda, y va directo al grano, sin rodeos reales.
– Halvar, Gorm... Necesito vuestra verdad.
El hallazgo del espía nos obliga a movernos.
Tengo la intención de adelantar la partida y echar el “Hrafn” al agua casi de inmediato, mientras la tormenta siga rugiendo afuera.
Hablad. ¿Qué posibilidades reales tenemos de superar la boca del fiordo con las remeras que tenemos?
Halvar, que se frota las manos nudosas sobre las pocas brasas vivas, suelta un resoplido amargo. Cuando habla, su voz suena tan agrietada como el roble viejo.
– La madera responderá, muchacha.
Las cuadernas están reforzadas y la brea aguantará la embestida si no chocamos contra las rocas bajas.
Pero un drakkar no es solo madera; es carne viva.
Esas mujeres y muchachos apenas han aprendido a sostener los remos hoy.
Sus músculos están agarrotados, tienen las palmas de las manos en carne viva y no conocen el pulso de la corriente traicionera del fiordo.
Si las lanzas a boga en mitad de esta galerna, la resaca les arrancará los remos de los dedos al primer embate.
La falta de preparación las va a hacer entrar en pánico y en el agua el pánico pesa más que el plomo.
Nos iremos a pique antes de ver el mar abierto.
Gorm, con su único ojo útil fijo en el parpadeo del fuego del brasero, asiente con una gravedad gélida.
– Halvar dice la verdad, mi reina.
La “leistarstjarna”, la estrella fija del norte que debe guiarnos, está completamente sepultada tras ese muro de nubes negras.
Si salimos será un pozo ciego. Tendré que fiarlo todo a la gema de cristal durante las pocas horas de luz diurna, pero con este oleaje, el barco cabeceará de tal forma que mantener el rumbo recto será una quimera.
Nos arriesgamos a navegar en círculos en mitad del desierto de agua, cansando a unas remeras que ya no tienen reservas en el estómago.
Si el viento del sur se vuelve un torbellino, nos empujará directos hacia los acantilados del este, hacia las playas hostiles que queremos evitar.
Estás pidiendo que tripulemos un barco de guerra con fantasmas hambrientos en mitad del peor de los infiernos.
Signy escucha los dos veredictos sin parpadear, sintiendo el azote del granizo en la capa, midiendo el abismo que separa su audacia de la cruda realidad física de su gente.
Sin mediar palabra, la reina da media vuelta, se retira a solas, adentrándose en la oscuridad de la pasarela que bordea el astillero desierto.
Necesita meditar lejos de las miradas suplicantes del pueblo y de los ojos de sus hermanas.
Se apoya contra uno de los puntales de madera húmeda, hincando los dedos en el roble frío, clavando la mirada hacia la negrura del agua que ruge a pocos pasos de sus botas.
Tiene un dilema inmenso ante sí, una encrucijada maldita donde cualquier camino que elija está sembrado de cadáveres.
Por un lado, si obedece a la prudencia de Halvar y espera a que amaine la tormenta, se arriesga a que un segundo espía de Svein dé el aviso y las naves de Blóðfjörðr las embosquen en la arena.
Por otro, si impone su voluntad y bota el drakkar de inmediato, el pánico de las remeras inexpertas y la falta de estrellas pueden estrellar el barco del rey contra los acantilados antes de salir del fiordo.
Es un peso demasiado grande, una carga asfixiante para una muchacha que apenas acaba de coger las riendas del gobierno tras el entierro de su padre.
Siente el frío del hierro invisible de la responsabilidad aplastándole el pecho, comprendiendo por primera vez que la corona no es un honor, sino una condena a decidir quién vive y quién muere.
Aislada en mitad de la penumbra del astillero rompe por fin su coraza de hierro.
Mira hacia el cielo plomizo y embravecido, sintiendo cómo el granizo le golpea las mejillas, y sus ojos se inundan de lágrimas contenidas.
Está casi llorando, con el vaho de su respiración agitada cortando el aire gélido.
Aprieta los puños contra el roble húmedo e implora en un susurro desesperado al espíritu de su padre, rogándole al viejo rey Eirik que le dé la sabiduría y la templanza necesarias para tomar la mejor decisión, para no conducir a las setenta almas que le quedan hacia una muerte segura.
El viento ruge con fuerza, devorando su súplica, pero el llanto limpia la ceguera de su miedo.
Pasan los minutos, medidos únicamente por el estruendo del granizo en el muelle. Signy respira hondo el aire insoportablemente gélido de la bahía, toma una decisión y endereza la espalda con la solemnidad del lobo.
Por hoy dejará descansar a su pueblo.
Sabe que las setenta almas que duermen hacinadas en el gran salón han llegado al límite de sus fuerzas y que exigirles botar la nave en mitad de esta noche de pozo ciego solo acelerará la catástrofe.
Que duerman una última jornada bajo el calor del medio alce y las gachas rancias.
Mañana, en cuanto la primera luz gris del alba rompa la bruma, los reunirá a todos en la playa y les dirá la cruda realidad que tienen por delante.
Los mirará a los ojos y les expondrá el peligro sin disfraces, porque un pueblo que va a desafiar a la muerte necesita saber exactamente a qué monstruo se está enfrentando.
Signy regresa a paso lento hacia el salón, con la mirada fija en el horizonte oscuro, sabiendo que el amanecer traerá consigo el día más largo y definitivo de sus vidas.