El eco de las Valkirias CAPITULO V #3
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CAPITULO V #3

–        ¿Piedad, princesa? –se mofa el espía, retorciéndose en el fango– Las leyes de tu padre ya no os protegen. Vuestra compasión os va a costar el cuello a todas.

–        No es compasión, sabandija, es justicia –le responde, irguiendo su espalda majestuosa ante todo el poblado que la escucha bajo el granizo– Nosotros no somos unas malas bestias como los de Blóðfjörðr.

No degollamos a los heridos en el fango ni devoramos a nuestra propia sangre por un puñado de tierra podrida.

Si nos rebajamos a la crueldad de Svein, él ya habrá ganado la guerra antes de cruzar el agua.

Después da un paso más, colocándose justo encima del espía, desafiando su mirada de reptil.

–        Vas a sanar en este poblado. Mi hermana cerrará tus heridas y comerás de nuestras últimas gachas.

Y en cuanto estés limpio y tu hombro pueda sostener el jubón, te dejaré marchar.

Sí, tal y como lo oyes: te dejaré marchar libre por la misma montaña por la que has venido.

Regresarás al salón de tu amo y le harás saber a tu jefe que Sifjarvík resiste.

Dile que este poblado no se va a arrodillar ante su traición, que nuestras mujeres sostienen el acero y que el linaje del rey Eirik no se acabará en esta playa.

Que nos busque en el mar si se atreve, pero que sepa que la estirpe del lobo sigue viva y dispuesta a morder.

Un silencio sepulcral, espeso y sobrecogedor, cae sobre la playa de Sifjarvík.

Gunnhild baja el hacha despacio, temblando de rabia interna pero subyugada por la soberbia y la grandeza de las palabras de su hermana mayor.

Las mujeres y los ancianos clavan las miradas en la arena, sintiendo cómo el orgullo y la dignidad de su sangre regresan a sus pechos con la fuerza de un rayo.

No huyen como presas; se marchan como reyes proscritos.

Freydis asiente con una sonrisa en los labios, se arrodilla en el lodo y comienza a presionar la paletilla de Kark, aplicando la milenrama en mitad del temporal.

El espía la mira con el único ojo abierto, desarmado por primera vez, dándose cuenta de que la fuerza de las hijas de Eirik es algo que las hachas de Svein jamás podrán destruir.

La multitud de mujeres y ancianos contempla la escena en un silencio tenso, pero ya no bajan la cabeza ante el granizo.

Una vibración nueva, un orgullo antiguo y dormido, recorre los bancos de arena. Un silencio espeso y sobrecogedor cae sobre la playa, roto solo por el susurro de las olas.

Signy permanece inmóvil y, al levantar la vista del prisionero, se da cuenta de que todo el pueblo la está mirando con una admiración profunda y reverente, una devoción que nunca antes le habían dedicado.

Siente el peso de setenta almas que acaban de aceptarla, sin dudarlo, como su única y verdadera reina.

Ante semejante oleada de respeto, la frialdad marcial de su rostro se quiebra por un instante; se sonroja, sintiendo un calor repentino en las mejillas heladas por el granizo y, entre risas tímidas y sinceras, sacude la mano para romper el hechizo del silencio.

–        ¡Vamos, no os quedéis ahí pasmados!

–manda Signy, recuperando su tono firme pero teñido de una calidez reconfortante– ¡A los remos y a los calderos!

Que las palabras no van a tapar las vías de agua del “Hrafn”.

Aún queda mucha tarea por delante antes de dejar nuestra tierra para siempre. ¡Moveos!

Las risas cómplices y los murmullos animados estallan entre mujeres y ancianos, que regresan a sus puestos con una energía renovada. El yunque de los martillos vuelve a golpear el hierro y las remeras hunden los pinos en el oleaje con un brío que no tenían hace una hora.

A unos pasos, apartada de la colmena del muelle, Gunnhild permanece inmóvil con el hacha corta colgando floja de sus dedos.

Sus ojos oscuros y fieros, habitualmente inyectados en la rabia de la batalla, miran a su hermana con una fijeza sobrecogedora.

Siente un escalofrío atávico que le recorre la espalda, un calor repentino que no pertenece al frío de la arena húmeda.

En la soberbia del discurso de la reina, en esa forma marcial de erguirse frente al granizo y en la asombrosa mezcla de soberanía y cercanía que acaba de presenciar, Gunnhild lo comprende con una nitidez absoluta.

El alma de su padre, el rey Eirik, no se quedó sepultada en el lodo de las marismas del sur, ni murió bajo el acero traidor de Svein.

Vive ahora en el pecho de su hermana mayor.

El espíritu del viejo lobo guía los pasos de la nueva reina, y Gunnhild, por primera vez desde que regresara el drakkar, relaja los hombros sonriendo de medio lado, dispuesta a seguir ese rastro de sangre real hasta el mismísimo fin del mundo sabiendo que ya no huyen por miedo.

Se marchan porque eligen salvar su linaje sin rebajarse al nivel salvaje de las alimañas de Blóðfjörðr.

El éxodo a través del Mar del Norte deja de ser una retirada desesperada y se transforma, en mitad del fango y la lluvia, en el primer capítulo de su victoria. Se van como soberanos de su propio destino, custodiando una llama que nadie podrá apagar.