El eco de las Valkirias CAPITULO V #2
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CAPITULO V #2

En el acebo, Kark escucha el graznido humano y siente que el pánico le oprime la garganta.

Sabe que ese silbido es su sentencia de muerte.

La desesperación muta en una furia ciega.

Ignorando el dolor punzante de sus costillas rotas, el espía se impulsa hacia delante, rompiendo las ramas del acebo como un animal acorralado.

No busca huir; busca un escudo de carne.

Se abalanza directamente sobre el muchacho más cercano con el cuchillo de caza en alto y los dientes apretados en una mueca demente.

Torfi, sorprendido por la velocidad del ataque, intenta levantar su arco de tejo, pero el peso del guerrero adulto lo derriba de golpe sobre la nieve polvo. El cuchillo del espía desciende hacia el cuello del chico, reflejando la luz gris del cielo.

Un estrépito de ramas rotas y un rugido de pura rabia cortan el aire.

Gunnhild emerge de la espesura como una exhalación, arrojándose con todo su peso contra el costado del espía justo antes de que el acero toque la piel del muchacho.

El impacto es brutal. Ambos ruedan por el suelo congelado, barriendo la nieve y levantando una nube de polvo blanco.

La guerrera reacciona con la agilidad de un gato de los bosques: se apoya en una rodilla, recupera el equilibrio en mitad del barro y descarga un revés tremendo con la madera de su escudo circular directamente contra la mandíbula de Kark.

El sonido del impacto es seco y sordo haciendo que el espía escupa un reguero de sangre, caiga de espaldas y acabe perdiendo el cuchillo entre los helechos secos.

Sin embargo, el hombre de Svein es un veterano de Blóðfjörðr.

A pesar de la conmoción, la ceguera del dolor y la hipotermia, estira una pierna para propinar una patada tremenda en la espinilla de la princesa, haciéndola hincar la rodilla en el lodo.

El espía se arrastra hacia su arma, con los dedos arañando la escarcha.

Gunnhild no le concede un segundo. Ignora el dolor de la pierna, se impulsa hacia delante y deja caer el hacha corta de caza con una trayectoria descendente e implacable.

El filo de hierro corta el aire con un silbido limpio.

Kark intenta rodar para esquivar el golpe, pero el acero de la menor de las hijas del rey muerde con una precisión salvaje, hundiéndose profundamente en la paletilla del hombro del espía.

Un grito desgarrador de agonía escapa de los labios de Kark, sacudiendo la nieve de las copas de los pinos.

El hombre queda clavado al suelo, perdiendo las fuerzas de golpe, mientras la sangre roja y humeante brota a borbotones de la herida, tiñendo la pureza de la nieve de un carmesí denso que se congela casi al instante.

Apoyando la bota sobre el pecho del guerrero herido, con un movimiento seco, la princesa extrae el hacha de la carne.

Respira de forma agitada, levantando grandes nubes de vapor blanco, con la cicatriz de su pómulo resplandeciendo por la adrenalina del combate.

Sus ojos oscuros, encendidos como dos brasas, miran fijamente al intruso que gime a sus pies.

Torfi se levanta de la nieve a toda prisa, recuperando su arco con las manos temblorosas, pero con los ojos llenos de una reverencia absoluta hacia su salvadora. Sus dos compañeros salen de su escondite, manteniendo las flechas apuntadas al pecho del herido.

–        Ha visto el barco, Gunnhild... –consigue articular, limpiándose el lodo del rostro– Estaba escondido tras el abeto, mirando hacia la playa. Lo sabe todo.

La menor de las hermanas limpia el filo ensangrentado de su hacha en la capa de lana de Kark y clava su mirada gélida en el rostro desencajado del espía, que se presiona la herida del hombro con dedos inútiles.

–        Entonces el tiempo ya no corre, muchachos –sentencia Gunnhild, y su voz ronca suena tan gélida como el viento de las cumbres– El tiempo vuela.

Sujetaos los brazos. Lo bajamos al poblado ahora mismo.

Signy va a querer escuchar qué nos tiene que decir este lobo antes de que le corte la cabeza.

El descenso de la montaña es un calvario de fango y sangre.

Gunnhild y los muchachos arrastran al rastreador colina abajo, sujetándolo por los hombros mientras las botas del espía herido van dibujando dos surcos erráticos en la nieve húmeda.

El hombre gime a cada paso; la herida de la paletilla y las costillas doloridas le arrancan estertores agónicos que el viento del norte dispersa por el valle.

Al salir de la linde del bosque, Gunnhild arroja el cuerpo herido del espía directamente sobre los guijarros negros y el fango de la orilla de la playa, justo a unos metros de la pasarela de carga.

El bulto ensangrentado cae de bruces con un golpe sordo, rompiendo el ritmo febril de Sifjarvík de inmediato.

Las mujeres que cargan los sacos suspenden los brazos en el aire.

Los ancianos detienen los mazos con los que golpeaban los remaches, y Astrid da un paso atrás en la cubierta inclinada, protegiendo su tablilla de cera bajo el cuero mientras clava los ojos en el intruso.

Alrededor del barco, las remeras suspenden los remos de pino en el agua helada, girando los rostros pálidos hacia la arena.

–        ¡Un lobo de Blóðfjörðr! –exclama Gunnhild, y su voz ronca se impone al oleaje mientras se limpia la sangre salpicada del rostro con el dorso de la mano– Estaba agazapado en el bosque alto, espiando las reparaciones del “Hrafn”. Nos ha visto. Sabe que cargamos los suministros.

Signy, que supervisa el trincado de las barricas de agua dulce con las botas metidas en el oleaje y la túnica empapada por la lluvia, camina a paso lento sobre los guijarros húmedos.

No permite que un solo músculo de su rostro delate el frío atroz que le acaba de recorrer el estómago.

Su mirada se clava en el prisionero, que se retuerce en el lodo rodeado por los tres muchachos cazadores que aún mantienen los arcos tensados.

Freydis, que andaba curando las llagas de las remeras en la orilla, se acerca de inmediato deprisa. Aprieta su colgante de cristal de roca contra el pecho, pero no se inclina a sanar. Observa el rostro cubierto de escarcha del espía y reconoce las marcas de guerra en su jubón de cuero.

–        Es Kark –murmura Freydis– El rastreador de nuestro tío. El que nunca pierde una pista.

Signy se detiene a un palmo del herido, bajo el azote directo del granizo de la playa.

Se inclina ligeramente, obligando al espía a levantar la barbilla con la punta de su bota de cuero manchada de barro.

El rastreador escupe un coágulo de sangre negra directamente al agua helada que lame sus pies mientras suelta una risa torcida, macabra, desafiando la mirada gélida de las hermanas ante la multitud que se amontona en la arena.

–        Llegáis tarde, princesas... –gime con la respiración entrecortada por la hemorragia del hombro– Matadme si queréis.

Mi ausencia en las cumbres hablará por mí.

Svein sabe que la tormenta está perdiendo fuerza en el sur.

En cuanto el viento role un milímetro, Blóðfjörðr vaciará sus salones sobre esta bahía.

No vais a tener tiempo ni de empujar ese maldito madero al agua.

La amenaza del tuerto Svein resuena en la playa con el peso de una sentencia firme.

El pánico amaga con estallar de nuevo entre las madres viudas que tiritan bajo la lluvia, pero la reina mantiene la templanza de su linaje de forma implacable.

Mira a Gunnhild y luego a Astrid, asumiendo que el juego del escondite se ha terminado por completo en mitad del barro de su muelle.

Gunnhild da un paso al frente, levantando el hacha con los nudillos blancos por la tensión, lista para descargar el hierro sobre el cuello del rastreador.

–        Apartaos –ruge la menor de las hermanas, clavando su mirada de brasa en el lodo– Voy a colgar su cabeza de la proa del “Hrafn”. Que sirva de aviso para el resto de sus lobos.

–        Baja el arma –ordena Signy. Su voz, gélida y cortante, detiene el filo a un palmo de la nuca del prisionero.

Gunnhild la mira, estupefacta, con la mandíbula rígida de pura incomprensión.

Los murmullos de los ancianos y las mujeres crecen en la arena, arrastrados por el viento helado.

Nadie entiende por qué la reina frena el castigo de un traidor en mitad de la playa.

Signy ignora la hostilidad de la multitud, da dos pasos sobre los guijarros húmedos y clava sus ojos grises tormentoso en Freydis.

–        Ocúpate de su hombro –manda la reina con una firmeza que silencia el oleaje– Limpia la carne con ungüento de saúco y cose esa paletilla. No permitas que se desangre en mi playa. Quiero a este hombre sano.

Kark interrumpe sus quejidos para soltar una carcajada ahogada que termina en un gargajo de sangre negra.