El eco de las Valkirias CAPITULO V
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CAPITULO V

EL RASTRO DEL LOBO

E l frío en las cumbres altas del fiordo no castiga; extermina.

Dos mil pies por encima del gran salón de Sifjarvík, donde la tormenta muerde los picos de roca negra, un hombre se arrastra de rodillas sobre la nieve congelada, maldiciendo cada latido que le queda en el pecho.

Es Kark, uno de los cazadores más silenciosos al servicio de Svein.

Pero hoy, su sigilo es un chiste ante la furia de los elementos.

La galerna que el poblado de las cuatro hermanas agradece abajo, en el valle, es un infierno blanco aquí arriba.

El viento ruge con la fuerza de un alud constante, arrojándole ráfagas de granizo que le golpean el rostro como esquirlas de piedra.

Tiene las pestañas cubiertas por una costra de hielo que le obliga a parpadear con dolor para no perder la visión de los abismos.

Sus botas de cuero, empapadas desde hace dos jornadas, están rígidas como el hierro, y el barro congelado de las cumbres se las succiona a cada paso, amenazando con arrancarle los pies encharcados.

Se detiene un segundo tras la roca cortante de un saliente, tiritando de forma tan violenta que los dientes le castañean con un repiqueteo macabro.

Se lleva los dedos entumecidos a la boca para intentar darles algo de calor con el aliento, pero el vapor se congela casi al instante en su barba descuidada.

La hipotermia empieza a filtrarse en su cabeza; siente un sueño pesado y seductor que le invita a tumbarse en la nieve y no volver a levantarse.

Sabe que, si cede, los cuervos se darán un festín con sus ojos antes del amanecer.

Svein fue muy claro antes de enviarlo a cruzar la montaña a pie: si regresaba sin saber qué tramaban las hijas de Eirik, su cabeza decoraría las picas de Blóðfjörðr.

Kark se obliga a avanzar, arrastrando una pierna que ya apenas siente.

Se desliza boca abajo por la ladera de granito, hundiéndose hasta los codos en la nieve polvo, buscando el límite del bosque de pinos que corona el valle proscrito.

Los árboles empiezan a aparecer entre la bruma como lanzas oscuras, ofreciéndole un precario refugio contra el azote directo del viento.

El espía se agazapa detrás de un abeto viejo, limpiándose el agua helada de los ojos mirando hacia abajo, hacia la bahía de Sifjarvík.

A través de los jirones de la niebla gris, el muelle empieza a desvelar sus secretos.

Kark entorna los ojos, buscando el humo de las chozas, pero lo que ve en la orilla de la playa hace que el frío de su cuerpo se transforme en un vuelco de pura sorpresa en el estómago.

No encuentra el panorama de un pueblo hundido en el luto o paralizado por el miedo.

Al contrario. Abajo, el drakkar se yergue sobre los guijarros como un espectro negro que recobra la vida.

El espía reconoce de inmediato las líneas del barco de flanco del rey Eirik; ve los destellos de la brea fresca que brilla bajo la lluvia y la gran vela mayor, zurcida de arriba abajo, tensada firmemente sobre la verga.

Halvar y los ancianos clavan los últimos puntales, mientras hileras de mujeres cargan sacos de cebada y barricas en las bodegas.

Kark maldice entre dientes, apretando los puños entumecidos contra la corteza del abeto.

Las hijas de Eirik no se van a quedar a esperar el hacha de Svein; están reparando la nave del rey para huir a contrarreloj a través del océano.

Sin embargo, lo que termina por helarle la sangre no es el barco, sino lo que ocurre en la parte alta de la arena.

A pesar del granizo que azota la costa, una hilera compacta de mujeres y muchachos sostiene un muro de escudos redondos en mitad del lodazal.

Al frente de la formación, la silueta atlética de Gunnhild se mueve con la ferocidad de un lobo adiestrando a su manada.

Kark observa, estupefacto, cómo una viuda joven bloquea con el canto de su escudo el golpe simulado de un hacha, para luego avanzar el pie en el barro y lanzar una estocada ciega y certera contra un poste de madera.

No hay vacilación en sus movimientos. El espía, que ha estado en decenas de muros de escudos en Blóðfjörðr, detecta de inmediato esa chispa salvaje y desesperada en los rostros manchados de lodo de las mujeres.

Ya no son presas fáciles para raptar; son escuderas improvisadas que muerden con el acero.

Es entonces cuando comprende la magnitud de su descubrimiento.

Si Svein espera encontrar un poblado sumiso y desarmado en cuanto amaine la tormenta, sus drakkares caerán en una trampa de sangre.

Debe regresar de inmediato a las cumbres.

Necesita cruzar la montaña antes de que sus extremidades se congelen por completo y contarle a su señor que el linaje de Eirik está listo para flotar y dispuesto a matar por su libertad.

Con el corazón palpitándole con fuerza en los oídos, el espía da medio paso hacia atrás, clavando los dedos rígidos en la roca para impulsarse ladera arriba.

Pero el cansancio acumulado, el temblor incontrolable de la hipotermia y el suelo traicionero de la cumbre le juegan la última y peor de las pasadas.

Su bota derecha, cubierta de hielo, resbala sin agarre sobre una laja de granito liso oculta bajo la nieve polvo haciendo que pierda el equilibrio de golpe.

Suelta un quejido ahogado mientras su cuerpo sale despedido hacia atrás, rodando violentamente ladera abajo.

El impacto es brutal: golpea contra las raíces descubiertas de un abeto, rebota entre los matorrales congelados y cae rodando por una pendiente empinada de nieve y piedras sueltas, arrastrando consigo un alud menor de grava y ramas rotas que restallan en mitad de la linde del bosque.

El estrépito se apaga cuando su cuerpo choca de costado contra el tronco de un pino joven, dejándolo sin aliento, con un dolor agudo que le recorre las costillas izquierdas y la nieve metida a presión bajo el jubón de cuero.

A menos de cien pasos de allí, entre la espesura de la arboleda, tres de los muchachos cazadores del pueblo se congelan en el sitio.

Tienen doce y trece inviernos, visten mantos de lana basta empapados y sostienen sus arcos ligeros de tejo.

Acaban de cobrar una liebre ártica, pero el crujido de la madera rota y el golpe seco de la caída los pone en alerta instantánea.

No es el sonido de una rama venciéndose por el peso de la nieve; es el peso muerto de un hombre.

El mayor de los chicos, un muchacho de mirada viva llamado Torfi, hace una señal sutil con la mano abierta. Sus dos compañeros bajan el pecho hacia el lodo helado, mimetizándose con los helechos secos.

Kark, en el suelo, intenta desesperadamente recuperar el aire.

El dolor de las costillas le muerde al respirar y la cabeza le da vueltas por el golpe, pero el instinto de supervivencia le grita que se mueva.

Apoya las manos desnudas en la nieve, arrastrándose con torpeza hacia el interior de un denso matorral de acebo, intentando camuflar su capa oscura entre las hojas perennes.

Tiembla de forma tan violenta que las pocas ramas que toca vibran, delatando su posición a cada segundo.

Desenvaina su cuchillo de caza con unos dedos que apenas responden.

Los tres muchachos avanzan en un semicírculo perfecto, moviéndose sin hacer ruido, deslizando las botas por las zonas donde la nieve es más blanda para no romper la escarcha.

Son los hijos de las marismas; conocen cada roca y cada árbol trampa de esa ladera.

Torfi se detiene tras un pino y vislumbra el rastro.

El alud menor ha dejado una franja de tierra negra al descubierto y, justo al final, unas gotas de sangre fresca y oscura ensucian la pureza de la nieve, guiando la pista directamente hacia el acebo.

Los tres chicos tensan las cuerdas de cáñamo de sus arcos de forma simultánea, apuntando las flechas de punta de hierro hacia la maleza.

El cerco se cierra. El espía de Svein está acorralado por una jauría de niños que no van a dudar en soltar la cuerda si ven el brillo de su acero.

Sabiendo que un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con un guerrero adulto entre la espesura es un suicidio, Torfi no avanza más.

Se lleva dos dedos a la comisura de los labios, respira hondo y lanza un silbido agudo, rasgado y estridente que imita el graznido de alarma de un halcón herido.

Sus dos compañeros repiten el sonido un segundo después, haciendo que el eco del falso pájaro rebote en los acantilados de piedra y baje con fuerza por la ladera del valle.

No es un canto común; es el código de caza que los hombres del rey les enseñaron para alertar de la presencia de un depredador mayor en el bosque.

Abajo, en la playa de Sifjarvík, el sonido corta el aire helado por encima del ruido de las olas y los martillazos de Halvar.

Gunnhild se congela en mitad de la arena.

Sostiene un escudo de madera con el que iba a golpear a una de las viudas, pero su brazo se detiene en el aire.

Sus ojos oscuros se clavan de inmediato en las cumbres nevadas del norte.

La cicatriz blanca de su pómulo se tensa.

Ella conoce ese silbido a la perfección; es el aviso de intrusos.

–        ¡Abajo las armas! ¡Formad el muro en la orilla y no os mováis del drakkar! –ruge a las mujeres, con una autoridad marcial que no admite réplica.

Sin esperar a que Signy o Astrid pregunten, la menor de las princesas desenvaina su hacha corta de caza, se ajusta la capa de piel al pecho y sale corriendo a una velocidad endiablada, hundiendo las botas en el barro del sendero.

Su mente trabaja a mil revoluciones mientras sube la pendiente hacia el bosque de pinos: la tormenta está arreciando, pero el enemigo ya ha encontrado una fisura.

Sabe, con una certeza que le quema en la sangre, que hay peligro real rodeando a los muchachos.