CAPITULO IV #3
Al bajar a la playa, el “Hrafn” aguarda imponente entre el oleaje.
El trabajo del día anterior ha dado sus frutos: el casco de roble luce sellado, cubierto por una capa reluciente de brea oscura, y la gran vela mayor, zurcida palmo a palmo con hilo de cáñamo, descansa recogida sobre la verga.
El drakkar está casi listo, pero un barco de guerra no es nada sin brazos que lo impulsen.
– ¡A los bancos! –truena la voz de Halvar desde la popa.
Apoyado en el grueso cañón del timón, el viejo constructor lidera la lección más difícil.
Remar en el Mar del Norte no es labor de aficionados; exige una coordinación perfecta para evitar que las maderas se enreden y el barco vuelque.
Las mujeres más fuertes, los ancianos que aún se conservan ligamentos sanos y los muchachos se distribuyen a lo largo de las treinta bancadas.
Al principio, el caos es absoluto. Los pesados remos de pino, diseñados para hombres corpulentos, se hunden de forma asimétrica, chocando entre sí y levantando ráfagas de agua helada que empapan las cubiertas.
– ¡No empujéis con los brazos, maldita sea! ¡Usad el peso del cuerpo! –ruge Halvar, golpeando la borda con su bastón para marcar el ritmo—. ¡Escuchad el pulso del agua! ¡Si no remáis al unísono, la resaca del fiordo os destrozará las cuadernas antes de salir a mar abierto!
Poco a poco, tras horas de dolor, gritos y hombros dislocados, el engranaje empieza a encajar. El “Hrafn” avanza unos palmos en línea recta, cortando la espuma con una torpe, pero constante dignidad.
Mientras los remeros se dejan la piel en el agua, en la parte alta de la arena, Gunnhild aprovecha cada minuto de tierra firme.
Las mujeres que descansan de los bancos de boga vuelven a empuñar los escudos circulares y las hachas cortas de caza.
El entrenamiento ya no busca la postura; busca el instinto asesino.
La guerrera las obliga a chocar cuerpo a cuerpo, a asimilar el impacto del metal y a morder con el acero sin vacilar.
Los rostros pecosos y las frentes pálidas de las muchachas se cubren de lodo y sangre, pero ya nadie llora.
El pánico ha mutado en una fría disciplina de supervivencia.
Lejos del muelle, el silencio del bosque alto es quebrado por el sigilo de los más jóvenes.
Los muchachos de doce y trece inviernos, armados con arcos ligeros de tejo y trampas de cuerda, se adentran entre los pinos congelados buscando pequeñas presas.
Saben que la carne del alce se termina y que el drakkar necesitará sustento para los días de alta mar.
Regresan al anochecer, exhaustos y con los pies entumecidos, pero trayendo en los sacos un puñado de liebres árticas y un par de urogallos flacos.
Es poco, una miseria para setenta bocas, pero es la confirmación de que cada alma en Sifjarvík está dispuesta a luchar por el último aliento de su linaje.
Al entrar en el gran salón por segunda noche consecutiva, el cansancio acumulado dobla las espaldas con el peso del plomo.
Los cuerpos están cada vez más cansados; el desgaste físico de la boga tosca y el frío del fango muerden con el triple de saña que la jornada anterior.
Las mujeres apenas tienen fuerzas para desplumar las aves y despellejar las liebres flacas.
Los ancianos se sientan cerca de las brasas en un silencio sepulcral, frotándose las articulaciones inflamadas, con los ojos fijos en la penumbra.
Las cuatro hermanas se mueven entre los bancos con los rostros pálidos, arrastrando los pies en la paja húmeda mientras reparten el caldo rancio.
La energía del banquete del alce ya es solo un recuerdo lejano.
Afuera, el temporal arrecia más aún. Las ráfagas de viento del sur golpean las pesadas vigas del salón con una violencia monstruosa, haciendo que la madera cruja y que el granizo repique contra las paredes de turba con el estruendo de un muro de escudos chocando en la batalla.
La lluvia incesante inunda los senderos del poblado, convirtiendo el valle en un lodazal intransitable.
Sin embargo, en mitad de la oscuridad de esa segunda noche, nadie se queja del rugido del cielo.
Al contrario. Los habitantes de Sifjarvík escuchan la furia de los elementos con un alivio desesperado, alzando los ojos hacia el techo con una gratitud silenciosa y reverente.
Cada trueno que hace temblar el suelo, cada embestida del viento que amenaza con arrancar los tejados de sus chozas es algo que ahora agradecen con toda el alma.
Saben que mientras el Mar del Norte sea un infierno de olas crestadas y espuma blanca, los drakkares de Blóðfjörðr permanecerán amarrados en sus muelles.
Esa tormenta salvaje y destructiva es lo único que los separa del desastre total.
Es la soga invisible que frena la locura de Svein regalándoosle unas horas más de vida para seguir remachando el roble del barco.
Rezan para que el cielo no se aclare, porque el fin de la tormenta significará el inicio de la carnicería.
Signy permanece despierta junto a la ventana alta, escuchando el silbido del viento que le congela la frente.
No necesita cerrar los ojos para ver la docena de barcos de su pesadilla; el rugido del mar afuera se encarga de recordarle que la tregua de los dioses es una cuenta atrás que se agota con cada ráfaga de viento…