CAPITULO IV #2
Lo que sigue en las siguientes horas es un espectáculo crudo y desesperado.
Bajo la lluvia incesante que les empapa la ropa y les congela la piel, las mujeres de Sifjarvík se rompen los dedos contra los umbos [6] de hierro.
Se escuchan impactos secos de las maderas chocando, gritos de frustración y quejidos de dolor cuando los bordes de los escudos golpean las espinillas de las muchachas en el barro.
Gunnhild actúa con una severidad implacable: corrige las posturas a golpes, empuja las líneas defensivas con todo su peso herculino para probar su resistencia obligando a los muchachos de catorce inviernos a descargar golpes contra el poste de pino hasta que las ampollas de sus manos revientan y la sangre se mezcla con el agua de la lluvia.
Freydis camina entre las filas con su túnica de lino ya sucia de lodo, frotando los hombros amoratados de las mujeres con ungüento de milenrama y sujetando la gema de cristal de roca de su cuello para infundirles un soplo de fe mística.
Sabe que el dolor del entrenamiento es el único precio que pueden pagar para comprar un mañana.
Al caer la tarde, la línea de escudos improvisada aguanta el envite de Gunnhild sin romperse.
Una hilera compacta de treinta maderas astilladas, sostenida por brazos cansados y rostros manchados de hollín, se yergue desafiante frente al mar agitado.
Las mujeres jadean, tienen los músculos agarrotados y las manos ensangrentadas, pero en sus miradas ya no hay solo pánico; empieza a brotar la chispa salvaje de la resistencia.
Signy observa la escena desde la proa del “Hrafn”, donde el viejo Halvar clava el último remache en la cuaderna maestra. La colmena de la playa empieza a funcionar como una maquinaria perfecta, pero aún queda mucho por hacer antes de abandonar para siempre la tierra que los viera nacer.
Mientras el mazo de Halvar resuena en la madera, en el interior del astillero helado, un grupo de ancianas y niñas trabaja a marchas forzadas con las agujas de hueso y los hilos de cáñamo crudo.
La vela del Hrafn está destrozada por las flechas de Blóðfjörðr y las galernas del viaje de Torstein; zurcir semejante extensión de lona gruesa y rígida les desuella las yemas de los dedos.
Si la vela no aguanta el embate del viento atlántico, el barco será solo un ataúd de roble flotando a la deriva.
En la pasarela de carga, la tensión estalla entre el frío y el barro.
Astrid contiene los nervios mientras las mujeres intentan subir a bordo pesados baúles de madera tallada, repletos de mantas tejidas en sus propios hogares, telares familiares y herramientas de labranza.
El drakkar empieza a escorar peligrosamente hacia el flanco izquierdo.
– ¡Bajad eso! –ordena, interponiéndose en la cubierta con su tablilla de cera firmemente apretada– El barco ya va cargado al límite por el peso de los setenta habitantes y las barricas de agua.
Si dejamos esos baúles a bordo, la borda se hundirá tanto que la primera ola del fiordo nos irá a pique.
– Son los telares de nuestras madres, Astrid –suplica una de las mujeres, con lágrimas heladas en las mejillas– Es lo único que nos queda de nuestras casas.
– Vuestras vidas son lo único que importa –interviene Signy, bajando de la proa con paso firme situándose al lado de su hermana– Dejad la madera tallada en la arena.
Alla donde vayamos tejeremos con ramas y cuerdas si hace falta, pero para eso tenemos que llegar vivos.
Solo subirá el grano, la carne del alce y el lino para abrigar a los recién nacidos.
Todo lo demás se queda en tierra para el fuego.
Con el corazón roto, los habitantes de Sifjarvík comienzan a vaciar sus baúles familiares en los guijarros, abandonando los recuerdos de toda una vida para ganar unos palmos de flotabilidad.
La playa se llena de mantas tiradas, herramientas de hierro y enseres domésticos que la lluvia empieza a cubrir de barro.
Gunnhild contempla el despojo desde la zona de entrenamiento, con los músculos de los brazos agarrotados y el hacha corta al cinto, sintiendo cómo la impotencia de su pueblo se transforma en un silencio de pura rabia.
La tarea sigue pareciendo inabarcable, los brazos son escasos y la tormenta es el único escudo que les queda, pero el engranaje, bañado en lágrimas y sudor helado, no se detiene.
A medida que las últimas luces de la tarde se ahogan en el horizonte, el tiempo empieza a arreciar con una furia renovada.
El viento del sur dobla las copas de los pinos y la noche empieza a caer, negra y gélida, cubriendo la playa con un manto de oscuridad absoluta.
La lluvia se transforma en ráfagas de granizo menudo que muerden las manos heridas de los trabajadores.
Signy, consciente de que los cuerpos de su gente están al límite de sus fuerzas, levanta la mano desde la pasarela del barco.
– ¡Suficiente por hoy! –ordena la reina, y su voz firme corta el silbido de la galerna– ¡Dejad mazas y agujas! ¡Todos al gran salón a reponer fuerzas!
Setenta cuerpos exhaustos se arrastran colina arriba, buscando el amparo de los gruesos muros de madera de Sifjarvík.
Dentro del salón, las grandes hogueras centrales ya están encendidas, caldeando el ambiente y secando las ropas empapadas con un humo espeso que huele a resina y a hogar.
El contraste del calor reconforta los rostros pálidos de las mujeres y los ancianos.
Las cuatro hermanas organizan una cena frugal, repartiendo en cuencos de madera caldos calientes y los trozos cocinados de lo que queda del medio alce que Gunnhild trajo de la montaña.
El silencio de los comensales, que devoran el alimento con avidez, es el reflejo de un cansancio que cala hasta los huesos.
Cuando el último cuenco queda limpio, Signy se pone en pie junto al estrado real. Su figura, alta y severa bajo la luz parpadeante del fuego, atrae de inmediato todas las miradas hambrientas de esperanza.
– Habéis trabajado como auténticos hijos del norte –comienza, infundiendo ánimos con una mirada que recorre cada banco– He visto a las madres tejer la lona con los dedos ensangrentados y a los ancianos domar el roble en mitad del oleaje.
Vuestro valor hoy ha comprado el mañana de vuestros hijos.
Pero no es momento de flaquear. No os engañéis por el calor de estas brasas.
Svein está al otro lado del agua, y en cuanto amaine la tormenta, no tardaremos en ver las velas de sus drakkares asomar por la boca del fiordo.
Cada minuto de tregua que nos da este cielo es un regalo que debemos exprimir con el sudor de nuestra frente.
Mañana al alba regresamos al muelle. Comeremos lodo y romperemos la madera, pero os juro que el enemigo solo encontrará cenizas cuando toque esta orilla.
Un murmullo de aprobación, firme y ya desprovisto del pánico de la noche anterior, recorre el salón. Las palabras de la reina actúan como el acero que templa sus espíritus.
Más tarde, cuando el silencio de la medianoche se adueña por fin del gran salón, los cuerpos exhaustos duermen hacinados cerca de los rescoldos.
Signy se recuesta en el banco de madera alta, apoyando la cabeza contra los relieves de la pared.
El cansancio extremo le vence los párpados, pero el sueño no le concede una tregua; le arrastra de golpe a una pesadilla atroz.
En su mente, el temporal ha cesado de repente.
El fiordo amanece envuelto en una calma muerta, un mar de cristal liso y opaco.
Signy permanece sola en la orilla de la playa.
De pronto, emergiendo de la bruma de la boca del fiordo, una línea de sombras rompe el agua negra.
Es una docena de drakkares que avanzan en una formación de caza implacable.
A la cabeza de la flota navega la embarcación más grande, una mole de roble oscuro cuyos sesenta remos golpean el agua al unísono, como el latido de un corazón monstruoso.
Al alzar la mirada siente un frío insufrible en las entrañas: la vela mayor del gigante se despliega con el viento mostrando, pintado en rojo sangre, el escudo de armas de Svein, el emblema de la serpiente retorcida.
Tras ella, el rugido de cientos de guerreros y el brillo de las hachas tiñen el mar de una violencia inminente.
Despierta de golpe, con un jadeo ahogado y el cuerpo empapado en un sudor gélido. Se incorpora en la penumbra del salón, mirando a su alrededor con los ojos desorbitados, escuchando el crujido real de los leños y la respiración pesada de las madres que duermen a sus pies.
Sabe con una certeza maldita que aquello ha sido un sueño, pero también sabe que, antes o después, esa visión se acabará haciendo realidad en cuanto la tormenta les retire su protección.
La advertencia grabada en su cabeza es clara: no pueden parar.
Aunque el cansancio les venza los músculos, aunque los dedos les sangren en el roble y el frío les muerda los huesos, tienen que seguir adelante, trabajando día y noche sin descanso, porque cada segundo que pierdan los acerca un palmo más a la carnicería.
Es la única forma de salvar sus vidas.
El alba despunta con un frío grisáceo que cala hasta los tuétanos.
En el gran salón, el desayuno es un reflejo de la penuria que asfixia a Sifjarvík.
No hay carne asada ni fuentes llenas de pan; las raciones se reducen a un cuenco de gachas de avena aguadas y rancias por cabeza, apenas tres cucharadas de un cereal denso que las madres comparten con sus hijos para engañar al estómago.
Es el combustible mínimo para mantener los brazos en movimiento, la última frontera antes de que el hambre empiece a cobrar su tributo en los músculos.