CAPITULO IV
CENIZA Y ACERO
E l frío salvaje de la tormenta recibe a Svein con un bofetón de granizo y viento helado en mitad de la noche, pero él ni siquiera parpadea.
Mientras, en el interior del gran salón de Blóðfjörðr los cuatro clanes aliados siguen celebrando la caída del rey, el traidor camina a paso lento hasta el límite del acantilado, sin importarle que la lluvia empape su barba y le hiele los huesos.
El agua resbala por los bordes violáceos de la espantosa cicatriz que le cruza el rostro, metiéndose bajo el parche de cuero negro que cubre su cuenca vacía.
La sal y el frío hacen que la vieja herida le escueza con una intensidad rabiosa, avivando el fuego de un rencor que lleva décadas madurando.
Svein alza el rostro hacia las nubes negras y desgarradas, clavando su único ojo útil en la inmensidad del cielo tormentoso. Levanta el puño hacia los relámpagos que iluminan el mar.
– ¡Miradme, Nornas! ¡Miradme, Dioses del acero!
–grita, aunque su voz rota es devorada por el rugido del trueno– ¡Eirik está muerto, pero su sangre aún respira!
¡Juro por las runas, juro por el Valhalla y juro por cada gota de mi propio dolor que no dejaré una sola raíz de su estirpe sobre la tierra!
¡Arrancaré el corazón de sus hijas con mis propias manos y reduciré su maldito pueblo a cenizas!
¡Sifjarvík será un desierto de muertos y yo gobernaré sobre sus tumbas!
Justo en ese instante, un relámpago colosal y cegador rasga las nubes negras de arriba a abajo, iluminando el Mar del Norte con una luz blanca y violenta.
El trueno subsiguiente estalla de inmediato, tan cerca y con tanta fuerza que hace temblar las rocas del acantilado bajo las botas del traidor.
El rayo cruza el cielo como confirmando que el mismo Thor, el dios del trueno, ha oído su juramento de sangre en mitad de la galerna, sellando la promesa de destrucción.
Svein esboza una sonrisa torcida y macabra, sintiendo el crujido del cielo como la bendición que tanto ha esperado.
El viento ruge con una violencia renovada, como si los propios gigantes de la tormenta aceptaran su juramento de sangre...
Sifjarvík amanece convertida en una colmena de pura desesperación en la que no hay tiempo para el miedo.
El pánico del salón se ha transformado en una actividad febril y ruidosa que compite contra el silbido del viento.
Bajo la lluvia incesante que embarra la playa, las setenta almas del pueblo se ponen manos a la obra alrededor del maltrecho casco del “Hrafn”.
El aire se satura de inmediato con el olor denso, negro y sofocante de la brea que varias mujeres calientan en grandes calderos de hierro sobre hogueras improvisadas en la arena.
Astrid lidera la logística en la orilla, con los dedos congelados y la tablilla de cera protegida bajo un trozo de cuero, organizando los suministros.
Bajo su dirección, un grupo de ancianos desgarra las sábanas de lino de las camas y las mantas de lana vieja para trenzar estopa, metiéndola a golpes de mazo en las grietas del casco abierto.
El viejo Halvar, con el agua helada hasta las rodillas a pesar de sus dolores, golpea los remaches de hierro con su martillo, reforzando las cuadernas dañadas del barco del rey.
Sus manos nudosas se mueven con la prisa de quien sabe que cada ola que golpea el roble es un grano de arena que cae en su propia cuenta atrás.
Mientras tanto, las madres jóvenes y los niños más fuertes forman hileras, cargando sacos de pescado seco, barriles de agua dulce y las raciones estrictas de cebada que Astrid autoriza, vaciando el pueblo para llenar el vientre de la nave.
No hay espacio para el recuerdo ni para los enseres de valor; cada rincón del drakkar se disputa entre un saco de alimento o el espacio físico para que un niño viaje con vida.
Mientras los jóvenes más fuertes forman hileras cargando los barriles de agua dulce, un anciano permanece sentado sobre un tocón de madera podrida cerca del mástil del Hrafn.
Es Gorm, el viejo timonel del valle. Tiene las manos llenas de costras de sal y el rostro surcado por las arrugas de setenta inviernos, pero sus ojos cansados brillan con una lucidez inusitada mientras observa a Astrid batallar con sus tablillas.
– Estás cargando el drakkar como si fuéramos a costear las playas enemigas, muchacha –masca Gorm, escupiendo al barro– Si quieres que el “Hrafn” cruce el mar proscrito, tenéis que saber hacia dónde mirar cuando la costa de Noruega desaparezca a vuestra espalda.
Signy, que supervisa la tensión de los cabos, se detiene y se acerca al anciano.
– Tú cruzaste esa extensión de agua en tu juventud, Gorm. Habla. ¿Qué recuerdas de las islas del oeste?
Varios ancianos y mujeres detienen sus martillos, acercándose en silencio para escuchar la sabiduría del viejo. El rumor de la tormenta parece amortiguarse en la playa.
– Skotland... –susurra Gorm, y su voz adquiere un tono reverente y misterioso– Así llaman los nativos cristianos a esa tierra nueva que emerge de los acantilados occidentales.
Es un lugar donde el invierno no muerde tan fuerte y la hierba permanece verde bajo la lluvia.
Yo mismo toqué esa tierra en mi juventud, muchachas.
Al cuarto día de remar hacia el oeste, veremos romper la bruma ante un enjambre de islas verdes y llanas, cortadas por acantilados oscuros de piedra negra.
Buscaremos la bahía que se esconde detrás de la isla más pequeña, la que parece el lomo de una ballena dormida.
Es un refugio de aguas mansas, el único sitio seguro para varar el drakkar, donde los nativos levantan extraños círculos de piedras altas que tocan el cielo.
Pero el Mar del Norte es un desierto sin caminos.
Para llegar allí, no podemos navegar a ciegas.
Gorm mete la mano en su jubón de lana raída extrayendo dos pequeños objetos de madera y cristal que trata con la misma reverencia que si fueran reliquias de los Dioses.
El primero es un disco de madera de tilo plano con marcas talladas en el borde: un sólskífa [4] .
El segundo es un trozo de piedra de sol, un cristal de espato de Islandia translúcido y romboidal.
– Nuestra ruta es la línea del sol y el secreto de la leistarstjarna [5] , la estrella que nunca se mueve.
Escuchad bien: saldremos del fiordo y viraremos de inmediato hacia donde el sol muere, manteniendo una latitud constante.
En las noches de tormenta, cuando las nubes nos dejen ver el cielo, debemos buscarla.
Si medimos su altura con nuestros dedos y la estrella sube hacia el mástil, es que el viento nos empuja demasiado al norte, hacia las playas hostiles donde los reinos de los hombres del sur aguardan con sus espadas desenvainadas.
El viejo alza la gema de espato de Islandia hacia el cielo grisáceo y plomizo, girándola lentamente entre sus dedos nudosas.
– ¿Y si las nubes nos tapan el cielo diurno durante jornadas enteras? –pregunta Astrid, fascinada por la matemática de los navegantes.
– Para eso está la piedra de sol, muchacha –responde Gorm, mostrando cómo el cristal divide la luz gris en dos haces idénticos al alinearse con la posición exacta del sol oculto–Incluso con la peor niebla, este cristal encuentra el ojo del cielo.
Si mantenemos el sol a nuestra izquierda exacto durante el día, y medimos la altura de la estrella fija en la noche, navegaremos en línea recta como la flecha de un arco.
Al cuarto amanecer, si las “Nornas” son propicias, los acantilados romperán la bruma frente a nuestra proa.
No busquéis otra ruta ya que es el único camino que nos separa de la muerte.
Signy contempla los pequeños artefactos de navegación con respeto sagrado, consciente de que esos dos trozos de madera y cristal son el verdadero mapa que guiará el destino de su pueblo a través del océano.
Apartada del serrín y los calderos de brea, en la parte más alta de la playa, Gunnhild clava un poste de pino grueso en la tierra húmeda y vacía un pesado saco de arpillera.
El sonido metálico de las hachas cortas de caza y el crujido de los escudos viejos de madera astillada que los guerreros descartaron antes de marchar interrumpe el rumor de las olas.
– ¡Dejad las mantas! ¡Las que no tengáis las manos en la brea, conmigo! –exclama Gunnhild, y su voz ronca se extiende por la arena, firme y desprovista de cualquier compasión filial.
Un grupo de mujeres, madres con los ojos hinchados por el llanto, muchachas jóvenes que apenas han rozado un telar y ancianos cuyos huesos protestan por el frío, se acercan despacio, arremolinándose en torno al poste.
Miran el armamento con un temor reverente.
Ninguna de ellos ha sostenido jamás el peso de la guerra, pero los ojos oscuros y encendidos como brasas de la menor de las princesas les gritan que ya no hay elección.
Gunnhild patea un escudo circular de madera de tilo, pintado con los restos descoloridos del color rojo del rey, y obliga a una joven viuda llamada Hild, que sostiene a su hijo de pocos meses en brazos, a dar un paso al frente.
– Toma el embozo, Hild –ordena, extendiéndole el hacha de caza– Pásale el niño a la vieja Ingeborg. Tu hijo no va a sobrevivir al invierno si no aprendes a rajar el cuello de los hombres de Svein cuando salten de sus drakkar.
La muchacha tiembla, entrega a su bebé con manos torpes y sujeta el mango de madera del hacha. El peso la hace tambalearse.
– ¡Más firme! ¡Bloquea el codo! –ruge Gunnhild, golpeando el antebrazo de la joven con la madera de su propio escudo sin contemplaciones– El acero de Blóðfjörðr no va a titubear porque seáis viudas o niños.
Si vuestro muro de escudos se abre un solo palmo en la orilla, la serpiente se colará y os pasará a todos por el hierro.
¡Formad en hilera! ¡Hombro con hombro! ¡Solapad las maderas!