El eco de las Valkirias CAPITULO III #4
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CAPITULO III #4

El pánico estalla de golpe. Varias madres rompen a llorar abrazando a sus hijos, y dos de los ancianos del consejo hacen sonar sus bastones contra el suelo, clamando venganza o sugiriendo huir a las gélidas montañas del norte.

Gunnhild da un paso adelante, golpeando la madera con el regatón de hierro de su hacha, acallando los gritos con un solo golpe.

–        ¡Silencio! –ordena Signy, y el salón vuelve a quedar mudado– En las montañas moriremos de hambre antes de que acabe la primera gran nevada.

Y en esta playa no hay hombres para formar una defensa contra cuatro clanes.

Mi padre nos dio una última orden antes de morir y yo, como vuestra reina, la voy a cumplir.

No nos quedaremos a morir para alimentar el orgullo de Svein. ¡Vamos a abandonar nuestra tierra!

Halvar, el viejo constructor, da un paso al frente desde la multitud, mirándola con sus ojos entelados.

–        ¿Abandonar el fiordo, muchacha? El “Hrafn” acaba de encallar con el casco abierto por la marea y la proa astillada por los hachazos de los hombres de Svein. ¿A dónde pretendes que vayamos con un barco herido de muerte, tripulado solo por viejos y niños?

Signy mira hacia el fondo del salón, donde las brasas moribundas proyectan la sombra de sus tres hermanas unidas tras ella.

–        Hacia el oeste, Halvar. Cruzaremos el Mar del Norte hacia las islas de las que hablaban las viejas sagas.

Taponaremos las vías de agua del Hrafn con brea y reforzaremos sus cuadernas.

Las mujeres aprenderán a remar y a sostener el escudo, y los ancianos guiarán el rumbo a través de las estrellas.

No hay salvación en esta tierra, pero el mar aún nos ofrece un mañana.

Id a vuestras casas, recoged solo lo que podáis llevar en un saco.

Nadie se mueve.

El impacto de sus palabras mantiene a las setenta almas clavadas a los bancos de madera.

Aunque el miedo flote en el aire, Signy no les da tiempo a que el pánico los paralice.

Da un paso al frente, bajando los peldaños del estrado con una determinación implacable.

Su mirada barre los rostros pálidos de las mujeres y los ancianos.

–        No hay espacio para las lágrimas – exclama y su voz de mando resuena con la fuerza del hierro– Cada hora que perdamos es una hora que le regalamos a los drakkar de mi tío Svein.

Mañana al clarear el día, quiero este poblado transformado en un nido de avispas.

Nadie quedará exento del trabajo, desde el anciano más débil hasta el niño que ya sostenga un cuenco.

Después, la reina señala al constructor de barcos con un dedo firme.

–        Halvar, tú lideras la playa. Tomarás a los hombres más viejos y a los jóvenes que aún no tienen edad de heredar un hacha.

Vuestra única misión es el “Hrafn”. Taponaréis las vías de agua con estopa, calentaréis la brea y aseguraréis las cuadernas.

El barco de mi padre debe ser una fortaleza estanca antes de que la tormenta amaine.

No tenemos un solo segundo que perder; cada latido cuenta.

Aceptando el mandado, el anciano asiente con un golpe seco de su bastón. La joven reina se vuelve entonces hacia su hermana:

–        Astrid, tú eres los ojos de nuestras bodegas.

Elige a cinco mujeres fuertes y vacía los almacenes de la bahía.

Cuenta cada grano de cebada, cada arenque ahumado y cada tira de cecina de alce.

Si un saco tiene moho, se desecha. Quiero un recuento estricto del agua dulce.

Si cargamos de más, el mar nos devorará; si cargamos de menos, lo hará el hambre.

Tú decides qué sube al drakkar y qué se queda en tierra para arder.

Astrid muerde el punzón de hueso, concentrada con la mente ya trabajando a mil revoluciones, afirma con la cabeza. Después la reina dirige su mirada a la menor de las cuatro.

–        Gunnhild. Mañana mismo clavas los postes de entrenamiento en la parte alta de la arena.

Reúne los escudos que queden en las cabañas y todas las hachas cortas de caza.

Vas a adiestrar a cada mujer, anciano y muchacho capaz de mantenerse en pie.

Si los barcos de Blóðfjörðr asoman por el fiordo antes de que terminemos las reparaciones, tus escuderas improvisadas serán el muro que proteja la retirada de los niños. Enséñales a morder con el acero.

La guerrera esboza una sonrisa gélida y afila la mirada, golpeando el suelo con el mango de su arma.

–        Freydis. Los campos de Sifjarvík se quedan huérfanos, pero tus manos deben seguir sanando.

Recoge todo el muérdago, la milenrama y las raíces de saúco de las despensas.

Prepara los ungüentos para las quemaduras de la brea y las heridas del entrenamiento.

Mantén los fuegos sagrados encendidos en el salón para que el pueblo no pierda el norte de los Dioses.

Mientras en Sifjarvík las setenta almas proscritas se desangrarán las manos trabajando en el roble del “Hrafn”, asumiendo que el mar es su única y desesperada salida, en las mesas de Blóðfjörðr los guerreros de Svein ríen y templan el acero, esperando únicamente a que el trueno amaine para cruzar el agua y convertir el hogar de las cuatro hermanas en un desierto de cenizas.

El destino de ambos poblados queda en las manos de las caprichosas “Nornas” …