CAPITULO III #3
Justo en mitad de esa carnicería de carne curada, un parche de cuero negro, tosco y sujeto por una fina correa de tripa de buey, cubre la cuenca vacía de su ojo izquierdo.
Su único ojo útil, de un color marrón verdoso tan penetrante y frío como el lodo del fondo del fiordo, brilla bajo la luz de las antorchas con una fijeza de reptil.
No hay piedad en esa mirada, solo el hambre acumulada de un hermano menor que ha esperado décadas en la sombra para devorar el reino de su sangre.
Svein se pone en pie, silenciando el salón de un golpe seco con el pomo de su espada en el suelo. Su voz, cortante y desprovista de toda piedad familiar, se extiende sobre las cabezas de sus guerreros.
– ¡Escuchadme, lobos del sur! –ruge Svein, con una sonrisa de lobo dibujada en sus labios– El muro de escudos de mi hermano se ha roto y su cabeza ya adorna las picas de nuestras marismas.
Pero la victoria no estará completa mientras su estirpe siga respirando al otro lado del agua.
Sé que las cuatro hijas de Eirik custodian la bahía.
Sé que se creen a salvo detrás de la tormenta.
Exigiendo más sangre y botín, los guerreros golpean las mesas con lo que tienen a mano. Svein levanta la espada, apuntando hacia el horizonte oscuro.
– En cuanto pase la tormenta y el viento del sur amaine, nuestras naves morderán el agua de su fiordo.
Haremos una incursión total. No quiero que quede un solo hombre viejo en pie para recordar el nombre de mi hermano.
Exterminaremos su linaje, raptaremos a sus mujeres para que sirvan en nuestras cocinas y nuestros telares, y quemaremos Sifjarvík entero hasta reducirlo a cenizas.
¡Que no quede piedra sobre piedra! ¡Borraremos su recuerdo de Midgard!
Haciendo retumbar las vigas del gran salón, los cuatro clanes estallan en un grito unánime de guerra. En el exterior, los drakkar de Svein esperan en los muelles, meciéndose con violencia bajo la galerna, listos para zarpar en cuanto el cielo conceda una tregua.
Ahora mismo la tormenta es lo único que separa a las cuatro hermanas de la carnicería total.
Y el tiempo vuela.
Las pesadas puertas de roble del gran salón de Sifjarvík se cierran tras el último habitante, aislando el rugido exterior de la tormenta, pero no el frío insufrible que cala los huesos del poblado.
Freydis enciende los hogares laterales, pero la madera húmeda solo levanta un humo denso que se arrastra a ras de suelo, dibujando sombras fantasmales en las vigas del techo.
Signy se sitúa de pie junto al trono vacío de su padre.
A su izquierda, Astrid sostiene con firmeza la tablilla de cera, con el ceño fruncido y los ojos clavados en la multitud que se amontona tímidamente sobre los bancos de paja.
A su derecha, Gunnhild permanece apoyada en su hacha corta, con el rostro aún marcado por la sangre congelada del alce y de Torstein, vigilando la entrada como un lobo guardián.
Al mirar al frente, la desolación golpea el estómago de las cuatro hermanas. Allí, en el inmenso salón, diseñado para albergar a cientos de comensales en las noches de gloria apenas quedan setenta almas en pie en todo el valle.
Es un censo de fantasmas. Hay poco más de una treintena de mujeres viudas, algunas de ellas apenas unas muchachas con bebés lactantes llorando bajo los mantos de lana, una quincena de niños pequeños de ojos desorbitados por el miedo, y el resto son los ancianos del consejo.
Hombres cansados como el viejo Halvar, cuyas barbas blancas tiemblan por la edad y manos nudosas que ya no tienen la fuerza necesaria para sostener una espada, pero sí la memoria para guiar un timón.
Esas son las únicas vidas que separan al linaje de Eirik de la extinción total.
Astrid se inclina hacia el oído de Signy y le susurra con una frialdad matemática que disfraza el pánico de sus entrañas:
– Están todos aquí, Signy. Setenta y dos bocas.
Es el número exacto. Si logramos reparar el “Hrafn”, el drakkar de padre que acaba de encallar en la playa, cabrán al límite, hombro con hombro.
Pero tendremos que vaciar los bancos de guerra, dejar atrás casi todas sus pertenencias y racionar el agua.
No hay espacio para el recuerdo; solo para la carne viva.
Signy asiente con un leve movimiento de cabeza.
Da un paso al frente, haciendo que las cuentas de ámbar y plata de sus trenzas tintineen en el silencio de la sala.
El murmullo de las mujeres se corta en seco.
Todas las miradas se clavan en la hija mayor del rey, buscando una respuesta, un milagro, o la confirmación de su peor pesadilla.
– Gente de Sifjarvík –exclama, y su voz de mando resuena con una firmeza gélida que corta el vaho de la estancia– Torstein ha muerto en la playa, pero antes de que las Valkirias se llevaran su alma, nos ha entregado el último mensaje de mi padre, el rey Eirik.
Un gemido colectivo, ahogado por el terror, recorre los bancos de madera.
– Nuestros hombres han caído en una emboscada en las marismas del sur –continúa la nueva reina, sosteniendo la mirada gris sin permitir que una sola lágrima debilite su autoridad– No nos enfrentamos a un clan vecino.
Svein ha alzado una coalición de cuatro tribus en Blóðfjörðr.
Ha tomado la cabeza del rey y viene hacia aquí.
Su objetivo no es saquear nuestras granjas; viene a exterminar nuestro linaje, a raptar a nuestras mujeres y a quemar este salón hasta reducirlo a cenizas en cuanto la tormenta amaine.