El eco de las Valkirias CAPITULO III #2
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CAPITULO III #2

–        La batalla... –gime Torstein, clavando sus ojos moribundos en la mayor de las princesas– Una emboscada en las marismas...

No eran una tribu, Signy... Eran cuatro.

Svein se alió con los jarls [3] del sur.

Nos rodearon antes de que los drakkar tocaran tierra...

El muro de escudos se rompió... Tu padre... el rey...

Torstein se ahoga con su propia sangre. Freydis presiona con desespero la herida del costado, intentando invocar un milagro con sus conocimientos de sanadora, pero siente bajo sus dedos cómo el calor de la vida se le escapa al guerrero.

–        ¿Dónde está mi padre, Torstein? –pregunta Signy, manteniendo la voz firme a duras penas, aunque las lágrimas ya se mezclan con la lluvia en sus mejillas.

El veterano la atrae hacia abajo con un último espasmo, obligándola a inclinar el oído hacia sus labios ensangrentados. Sus últimas palabras son un hachazo definitivo que sella el destino de todo el poblado.

–        Muerto... El rey Eirik ha caído bajo el hacha de su hermano... Él fue quien me montó en este barco antes de que lo degollaran... Me ordenó correr... Me dijo... me dijo que os diera su última orden... Huid de Sifjarvík... Huid... No hay salvación aquí... Svein viene a por las niñas...

La mano de Torstein se relaja de golpe resbalando sus dedos por el brazo de Signy hasta caer inertes sobre la madera mojada de la cubierta. Sus ojos grises quedan fijos, vacíos, reflejando las nubes negras del cielo.

El cuervo del rey ha entregado su último mensaje y ha muerto.

Afuera, en la playa, el silencio del pueblo es absoluto, esperando una respuesta que cambie sus vidas para siempre.

El eco de las últimas palabras de Torstein se extingue bajo el azote del temporal, dejando a las cuatro hermanas suspendidas en un vacío de horror.

El cuerpo sin vida del veterano yace entre ellas, pero ninguna aparta los ojos de sus facciones congeladas, como si esperaran que el guerrero despertara para decir que todo ha sido una pesadilla.

La primera en reaccionar es Freydis. La princesa suelta los brazos del cadáver y se desploma hacia atrás sobre los tablones encharcados.

Sus manos, manchadas con la sangre infectada de Torstein, tiemblan de forma descontrolada mientras busca a tientas el colgante de plata y cristal de su cuello, apretándolo contra su piel como si la gema pudiera absorber el dolor de la realidad.

Mira al cielo plomizo con ojos desorbitados, rotos por una desilusión espiritual insufrible.

Los Dioses no han escuchado sus rezos de la noche anterior.

Las “Nornas” han dictado la sentencia y el fresno de su visión se ha desangrado por completo.

Un grito de pura furia salvaje desgarra el rugido del viento.

Es Gunnhild. La menor estalla, descargando toda su rabia contenida contra la borda del barco.

Golpea el pasamanos de roble con el reverso de su hacha una, dos, tres veces, haciendo saltar astillas de madera húmeda por toda la cubierta.

Tiene los dientes apretados, las lágrimas surcándole las mejillas manchadas de hollín y los ojos inyectados en sangre.

–        ¡Traidores! –ruge con una voz ronca que asusta a las gaviotas que sobrevuelan la playa– ¡Cuatro tribus contra un solo muro de escudos!

¡Maldito seas, Svein! ¡Juro por las cenizas de mi madre que beberé en tu cráneo antes de que el invierno termine!

–vuelve a levantar el hacha, dispuesta a romper la cubierta, pero una mano firme le sujeta la muñeca en el aire.

Es Astrid. La segunda hermana, a pesar de tener el rostro pálido como el de un muerto y las pecas resaltando sobre su piel fría, mantiene su mente analítica activa, aunque el dolor le carcoma las entrañas. Mira a Gunnhild con una seriedad gélida.

–        Guarda el acero. Las hachas no van a devolverle la vida a nuestro padre, ni van a detener a los cuatro clanes que navegan hacia aquí –le responde con una frialdad matemática que disfraza su propio pánico– Torstein ha dicho que Svein viene a por nosotras.

Si trae consigo una coalición, Sifjarvík no tiene hombres para formar un muro de escudos.

Nos quedan diez días de grano. Si nos quedamos a pelear, nos masacrarán en la playa o nos quemarán vivas dentro del gran salón.

Tenemos que calcular el tiempo. Tenemos que saber cuántos días tardarán en llegar sus barcos.

Gunnhild forcejea un segundo, pero acaba bajando el arma, respirando de forma agitada, tragándose el llanto de la frustración.

En mitad del caos emocional de sus tres hermanas, Signy permanece inmóvil, de pie junto al mástil agrietado.

La lluvia le empapa el cabello rubio ceniza, deshaciendo las trenzas regias que preparó para el banquete, pero su espalda sigue tan recta como la quilla de la nave.

Sus ojos grises miran el cadáver de Torstein, fijos, vacíos, procesando el hachazo definitivo: el rey Eirik ha caído, el reino ha desaparecido y ella es, en este mismo instante, la última defensa de su pueblo.

Siente un peso invisible y asfixiante aplastándole los hombros, pero la templanza de su linaje se impone al dolor. Se limpia las lágrimas del rostro con un movimiento seco y severo.

No hay tiempo para el luto.

Camina hacia la borda inclinada del drakkar y mira hacia abajo, hacia la orilla de la playa de Sifjarvík.

Decenas de rostros pálidos de mujeres, niños y ancianos la observan desde los guijarros húmedos, tiritando bajo la lluvia, esperando una señal de la hija mayor del rey.

El pánico empieza a palparse en los murmullos de la orilla.

Signy baja del drakkar maltrecho con paso firme, hundiéndose en el agua helada hasta que sus botas tocan los guijarros de la playa.

Las mujeres y los ancianos la rodean en un tumulto de susurros y miradas suplicantes, pero la nueva reina de Sifjarvík contiene el pánico colectivo con un movimiento alzado de su mano.

–        ¡Escuchadme! – exclama Signy, y su voz de mando corta el viento de la galerna– Torstein ha traído un mensaje del frente, pero no hablaré bajo el azote de la tormenta.

Quiero a todas las almas de este poblado reunidas en el gran salón dentro de una hora.

No os dejéis ni un solo niño en las cabañas.

Asustado por la gravedad del tono de sus palabras, el pueblo empieza a moverse. Signy se vuelve hacia Halvar y hacia tres de los jóvenes pescadores que aún aguardan en la orilla.

–        Antes de entrar al salón, debemos cumplir con el acero. Bajad el cuerpo de Torstein.

El descenso del cadáver es tosco, carente de toda pompa real.

Gunnhild y los jóvenes cargan el cuerpo rígido del veterano sobre los hombros, resbalando por la borda húmeda del barco hasta depositarlo sobre los guijarros negros de la playa.

No hay tiempo para construir una pira, ni para tejer tapices, ni para sacrificar animales que ahora valen más que el oro.

Astrid vigila el horizonte con los brazos cruzados, contando mentalmente los minutos de ventaja que pierden, mientras Freydis se arrodilla junto al muerto una última vez e introduce la daga de caza de Torstein en su propia vaina cruzando sus brazos sobre el pecho herido.

Su colgante de cristal de roca se balancea sobre el lodo, frío y opaco bajo el cielo plomizo.

En la parte alta de la playa, donde la arena se mezcla con la tierra rancia del acantilado, los jóvenes cavan una fosa simple. Las palas de madera golpean las piedras con un sonido seco y apurado. En menos de veinte minutos, el agujero está listo.

Sin cantos fúnebres de escaldos, sin flechas de fuego trazando arcos en el cielo y sin barcos ardiendo en mitad del fiordo, el cuerpo del último gran guerrero de Eirik es depositado en la tierra húmeda.

Gunnhild arroja la primera palada de lodo directamente sobre el rostro pálido del veterano, con la mandíbula apretada para no dejar escapar el llanto de rabia.

Los demás la siguen a toda prisa, cubriendo la fosa con piedras pesadas de la orilla para evitar que los lobos hambrientos desentierren el acero.

Una tumba gris, anónima y fría, sepultada bajo la lluvia incesante de Noruega.

Signy observa el túmulo de piedras apenas un segundo. Se da la vuelta, haciendo ondear su capa empapada, y camina con paso marcial hacia el sendero que sube al pueblo.

–         Al salón –ordena a sus hermanas– Que el fuego esté encendido.

Sifjarvík va a escuchar su sentencia.

Mientras las mujeres y los ancianos arrastran los pies bajo la lluvia hacia el salón comunal de Sifjarvík, a pocas millas de allí, al otro lado del brazo de mar, el fuego ruge con una furia muy distinta.

En el asentamiento de Blóðfjörðr, el hogar de los clanes aliados del sur, el gran salón comunal es un hervidero de risas crueles y metal ensangrentado. Sentado en el trono de madera alta, despojándose de su capa manchada con la sangre del rey Eirik, se encuentra el Svein.

Es un hombre de unos cuarenta inviernos, de constitución maciza y ancha, pero con una agilidad felina que lo hace letal en las distancias cortas.

Su rostro es un mapa de violencia: la mandíbula cuadrada está cubierta por una barba descuidada de color castaño oscuro, salpicada de canas prematuras que le dan un aspecto lobuno.

Sin embargo, lo que verdaderamente hiela la sangre de quien lo mira es el lado izquierdo de su rostro.

Una cicatriz espantosa, gruesa y de bordes violáceos, el recuerdo imborrable del hacha de su hermano Eirik en su última disputa por el trono, le cruza la mejilla desde la sien hasta el labio, el cual permanece permanentemente torcido en una mueca de desprecio cruel.