CAPITULO III
EL CUERVO MALHERIDO
E l amanecer en Sifjarvík despierta con una luz inusualmente limpia y dorada. El cielo está despejado, pintado de azul intenso. El aire huele a pino fresco y a tierra limpia.
Freydis camina a paso lento por el sendero alto que lleva a la linde del valle, disfrutando de la calidez del sol en la piel.
Frente a ella, el gran fresno familiar, cuyas raíces se hunden profundamente en la roca del poblado, se alza en todo su esplendor.
Sus hojas vibran con un verde intenso bajo la brisa y el árbol se ve majestuoso, como un gigante eterno que custodia el linaje de su sangre.
Como queriendo saludar a aquel imponente árbol, sonríe, estirando la mano para tocar la corteza rugosa, pero, justo antes de que sus dedos rocen la madera, el sol se apaga de golpe.
Un frío insufrible muerde el aire.
De repente, en apenas lo que dura un parpadeo, el cielo que hasta entonces era de un azul radiante se tiñe de gris plomizo cubierto por nubes de tormenta, densas y oscuras que se arrastran a ras de suelo devorándolo todo a su paso.
El viento helado y sin nombre sacude la copa del fresno con furia, y Freydis observa con horror cómo las hojas comienzan a marchitarse y a caer en una lluvia silenciosa.
De pronto, el tronco se resquebraja con un gemido que suena a llanto humano.
De las grietas de la madera no brota resina, sino una sangre espesa y caliente que tiñe las raíces de un carmesí brillante.
Una por una, las tres raíces principales se desgarran, arrancándose del suelo con un estrépito ensordecedor que anuncia la ruina y la extinción total de su estirpe.
Freydis despierta de golpe, con el pecho agitado y un grito mudo atrapado en la garganta.
Tarda unos segundos en comprender que el estrépito no pertenece a la visión, sino a la realidad que azota el techo de su choza.
Afuera, la galerna que el viejo Halvar pronosticó la noche anterior se ha desatado con una violencia salvaje.
La lluvia incesante golpea las paredes de turba como miles de pequeñas flechas de hielo, y el viento del sur ruge con un aullido ensordecedor que se filtra por las rendijas de madera.
El fresno de su linaje se ha desangrado.
Aun temblando por el mal presagio, se incorpora aferrando con fuerza la gema de cristal que pende de su pecho, buscando en sus reflejos la guía de los ancestros. Siente la piel de gallina y un vacío en el estómago.
Las Nornas [2] han cortado el hilo.
Se viste a toda prisa con su túnica de lino grueso y sale al exterior, desafiando el temporal. La mañana en Sifjarvík es oscura, envuelta en una bruma grisácea que apenas permite ver los senderos de barro.
No es la única que está despierta.
En la linde del acantilado, soportando los embates del viento que amenaza con arrojarlos al mar, se recortan las siluetas de Signy, Astrid y una Gunnhild que ya sostiene su hacha corta, alerta a los peligros de la tormenta.
Junto a ellas, el viejo Halvar mira hacia la boca del fiordo con los ojos entornados y la mandíbula apretada.
De repente, el grito desgarrador de una de las mujeres del poblado rompe el rugido de la tormenta desde la orilla de la playa. Todos los ojos se giran hacia el agua agitada.
Entre las olas negras y cubiertas de espuma blanca, emergiendo de la niebla como un espectro fantasmal, un drakkar solitario y destrozado se desliza a la deriva, aproximándose peligrosamente hacia los guijarros de la costa.
El barco avanza poco a poco, balanceándose con pesadez, a merced de las corrientes traicioneras del fiordo.
La vela mayor pende del mástil en jirones oscuros, como los harapos de un cadáver, y el mascarón de proa, que antes lucía una fiera cabeza de dragón tallada en madera, está parcialmente astillado, desfigurado por el hacha o el impacto de otra nave.
Las bandas del barco, donde antes descansaban alineados los sesenta escudos rojos y negros de los guerreros, están desnudas; solo quedan algunos soportes de hierro rotos que golpean el casco con un tintineo metálico y agónico.
Poco a poco, la noticia corre por Sifjarvík como un reguero de pólvora y los habitantes que quedan en el pueblo se arremolinan en la orilla de la playa.
Las mujeres se cubren las cabezas con sus mantos de lana para protegerse de la lluvia incesante mientras los niños se aferran a las faldas de sus madres con los ojos muy abiertos y los pocos ancianos clavan sus bastones en los guijarros húmedos.
Nadie grita. El bullicio inicial del poblado se transforma en un silencio asfixiante, pesado, interrumpido únicamente por el rugido del mar.
Todas las miradas barren la cubierta de la nave a medida que se acerca, buscando desesperadamente un rostro familiar, el brillo de un yelmo o el movimiento de un remo.
Pero no hay nada, es un desierto de madera barrido por el agua helada. Nadie ve a nadie a bordo. Es un barco de fantasmas flotando hacia su propio cementerio.
Signy da un paso hacia el agua, con las manos apretadas en los costados, mientras Gunnhild aprieta el puño alrededor del mango de su hacha, lista para lo peor.
A su lado, Halvar, el viejo constructor de drakkares, no aparta los ojos nublados del casco que cruje con cada ola.
El anciano da un par de pasos al frente, hundiéndose hasta los tobillos en el agua helada del fiordo.
Escupe un gargajo amargo al mar, y cuando habla, su voz suena tan vieja y rota como la madera del barco, como si algo se lo cantara directamente en los huesos.
– Ese es el “Hrafn”, el barco de flanco de tu padre, Signy –masca Halvar, y el viento del sur esparce sus palabras por la playa– Yo mismo seleccioné el roble para su quilla hace diez inviernos.
Sé cómo corta el agua, sé cómo baila con las olas...
y os digo que ese drakkar no viene gobernado por la mano de un marinero.
Flota bajo, demasiado bajo, cansado, como si transportara el peso de un millar de muertos en su vientre.
No busquéis un ejército en esa cubierta.
Ese barco no regresa de una victoria; regresa para traernos el hedor de la carnicería.
Alguien lo ha soltado al mar para que la marea nos traiga el mensaje de nuestra propia ruina.
Las palabras del viejo constructor caen sobre la multitud como hachazos de hielo...
Justo en ese instante, una ola inmensa y crestada de espuma blanca levanta el drakkar por la popa y lo arroja con furia ciega contra la playa.
El crujido del roble al encallar contra los guijarros negros es un gemido espantoso que hace temblar la orilla.
El barco queda varado de medio lado, azotado por la marea que rompe con violencia contra su casco abierto.
– ¡Al agua! ¡Asegurad las líneas! –truena la voz de Signy, rompiendo el estupefacto silencio de la multitud.
La mayor de las hermanas no lo duda. Recogiéndose la túnica verde se lanza de cabeza al agua helada que le llega hasta los muslos, desafiando la resaca que intenta arrastrarla.
Gunnhild ya está a su lado, hundiendo sus botas en el lodo con una cuerda de cáñamo gruesa entre las manos, mientras tres de los jóvenes que la ayudaron con el alce se meten en el oleaje para estabilizar la nave antes de que acabe despedazada.
Astrid, desde la orilla de la playa, coordina a las mujeres para que sostengan los cabos con fuerza desde los guijarros húmedos, afianzando el drakkar moribundo contra la tierra de Sifjarvík.
Gunnhild clava sus dedos callosos en los relieves de serpiente de la proa astillada y, con la agilidad de un gato de los bosques, trepa por la borda húmeda, hacha en mano.
Al saltar sobre los tablones de la cubierta, el olor la golpea de inmediato: no es solo el aroma a sal y brea podrida, es el hedor metálico y rancio de la sangre seca mezclada con agua de mar estancada.
– ¡Signy! ¡Freydis! ¡Subid! –grita hacia la playa, y su voz, por primera vez, suena desprovista de su habitual arrogancia, teñida de un pánico genuino.
Ambas trepan como pueden por la banda del barco inclinado para asomarse al interior del navío.
El escenario es desolador. La cubierta de la nave es un charco de agua carmesí donde flotan restos de lona, remos partidos y yelmos abollados.
En el fondo, apoyado contra el mástil agrietado, yace un cuerpo inmóvil.
Es Torstein, uno de los guerreros veteranos más leales del rey Eirik, un hombre que ha sobrevivido a un centenar de muros de escudos, sin embargo, el hombre que está frente a ellas ya es solo una sombra.
Tiene la cota de malla desgarrada y el pecho cubierto por un burdo vendaje de lona empapado en pus y sangre negra.
De su costado sobresalen los astiles de dos flechas enemigas, cortadas a ras de la carne, mostrando sus piernas cortes profundos, de bordes inflamados, verdosos e infectados por la humedad implacable del viaje marítimo.
La fiebre lo consume; tiene los labios agrietados y blancos por la sed.
Los ojos, entelados por la muerte, miran al cielo de tormenta sin ver nada.
Freydis se arrodilla de golpe en el suelo encharcado, ignorando que el agua ensangrentada empapa su túnica clara. Con sus manos suaves le toma el rostro, limpiándole la lluvia de los ojos.
– Torstein... Torstein, escúchame. Soy Freydis. Estás en casa. Estás en Sifjarvík.
Al escuchar el nombre de su hogar, el veterano suelta un estertor agónico.
Su mano derecha, temblorosa y manchada de lodo, se alza con dificultad aferrándose al antebrazo de Signy con una fuerza desesperada, la última que le queda en los tendones.
Expulsa una bocanada de sangre oscura por la comisura de la boca, y cuando habla, sus palabras son un susurro roto que compite contra el rugido de la tormenta.