CAPITULO II #3
Astrid controla la distribución para que nadie coma más de la cuenta y reviente el estómago tras el ayuno, mientras Freydis pasa entre los bancos repartiendo cuernos con agua y un rancio resto de cerveza que guardaban en el fondo de las barricas.
Sentada en un oscuro rincón del gran salón, Gunnhild observa la escena masticando un trozo de costilla sangrienta.
Tiene el cuerpo dolorido y la piel sucia, pero siente el peso de la reverencia del pueblo sobre ella. Ha demostrado que, mientras los hombres están fuera, ella es el músculo que sostiene el techo.
En mitad del bullicio, mientras los niños saborean la grasa y las mujeres suspiran aliviadas, un carraspeo pesado y seco silencia una de las mesas laterales.
El viejo Halvar, el constructor de barcos, se pone en pie con dificultad, apoyando sus manos nudosas como raíces sobre el tablón.
Sus ojos, entelados por los años, pero sabios como los de un cuervo, recorren el salón hasta clavarse en Signy.
Halvar no tiene un cuerno de hidromiel en la mano, sino un hueso pelado con el que apunta hacia las vigas del techo, donde el humo se retuerce salvajemente por las corrientes que se filtran del exterior.
Deja caer un gargajo al fuego central y habla con una voz áspera que hiela la sangre de los presentes.
– Comed, comed... –masculla, torciendo el gesto– Llenad los buches con la carne del bosque hoy, porque mañana el mar se traga vuestras esperanzas. El viento está cambiando de rumbo afuera. Lo huelo desde el amanecer; viene del sur, trayendo las peores tormentas del Mar del Norte.
De repente, un pesado silencio se extiende por el salón comunal como una mancha de aceite. Los niños dejan de masticar y las madres aprietan a sus hijos contra el pecho.
– Ningún drakkar, por muy fuerte que sea la madera que yo mismo tallé, puede navegar contra la galerna que se está formando en la boca del fiordo –continúa el viejo, implacable, ignorando la mirada de advertencia de la reina– La oportunidad de un regreso seguro ha pasado.
El invierno de verdad está aquí, las olas muerden los acantilados de la bahía y si los hombres no han cruzado ya el agua, el mar será su tumba.
Nos hemos quedado solos, y las tormentas no van a ser nuestro único enemigo.
Signy, la mayor de las hermanas, sostiene la mirada del anciano sin pestañear desde su asiento de madera, obligándose a mantener la templanza en su rostro, aunque un frío repentino e insufrible le recorre la espalda.
Mira a sus tres hermanas alrededor de la mesa.
El calor del banquete se evapora en un suspiro.
En mitad de ese silencio sepulcral, Freydis se pone en pie con suavidad.
Sus ojos, grandes y de un azul translúcido, brillan bajo el reflejo de las últimas brasas.
No hay miedo en su rostro etéreo; aprieta con fuerza bajo su túnica el trozo de madera carbonizada de la pira de su madre y alza la voz, una voz clara y limpia que resuena en las vigas del salón.
– Los vientos pertenecen a los hombres, Halvar, pero el destino pertenece a los Dioses –dice con una fe tan pura que obliga a los ancianos a bajar la cabeza– El Padre de Todos no ha guiado el brazo de Gunnhild hoy en el bosque para dejarnos morir mañana en este salón.
Odín y Thor cuidan de los barcos de mi padre en mitad de la galerna.
Los Dioses traerán a los hombres de vuelta, sanos y salvos, cuando la marea de la traición haya sido lavada.
Debemos mantener las hogueras encendidas.
Signy asiente levemente, agradeciendo en silencio el cabo de esperanza al que aferrar al pueblo. Se pone en pie, asumiendo su porte regio, y recorre el salón comunal con su mirada gris tormentoso.
– Escuchad las palabras de Freydis –declara con una voz firme que se extiende sobre las cabezas de las mujeres y los ancianos– Debemos confiar en los Dioses y en los presagios de mi hermana.
Las “Nornas” aún no han cortado el hilo de nuestro linaje.
Mantened las hogueras encendidas y las mentes claras. Sifjarvík resistirá.
Esa noche, por primera vez en muchas lunas, los habitantes del pueblo se retiran a dormir con el estómago lleno y el calor de la carne fresca en el cuerpo. El silencio desciende sobre las casas de turba, amortiguado por la nieve que empieza a caer con fuerza en el exterior.
Sin embargo, en su choza cercana a los astilleros, Halvar no puede conciliar el sueño.
El viejo constructor de barcos permanece sentado junto a las brasas moribundas, escuchando el crujido de las maderas de su techo y el rugido salvaje de la galerna que azota el fiordo.
Sus manos nudosas acarician un trozo de madera de fresno, inquieta.
Él conoce el mar mejor que nadie en estas costas.
Sabe leer el lenguaje de las olas y el peso del viento, y algo muy dentro de su pecho, un presentimiento tan frío como el hielo, le dice que las plegarias de las princesas no van a bastar.
Sabe que algo no está bien. Sabe, con una certeza maldita, que los hombres ya no volverán.
Para la tercera semana, el clima cambia drásticamente...