El eco de las Valkirias CAPITULO II #2
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CAPITULO II #2

El silencio regresa de golpe al valle, denso y blanco, roto solo por el jadeo entrecortado de la muchacha.

Gunnhild permanece inmóvil durante unos segundos, con el hacha en alto y el corazón golpeándole las costillas como un tambor de guerra.

El vapor de su respiración se mezcla con el humo sutil que aún emana de la herida del gigante.

Lentamente, baja el arma. Una sonrisa salvaje, puramente heráldica, se dibuja en sus labios partidos por el frío.

Ha vencido al rey del bosque.

Ella sola.

Camina con paso firme sobre la nieve teñida de rojo hasta arrodillarse junto a la colosal cabeza del alce. Sus ojos oscuros brillan con un orgullo de fuego. No hay vítores ni aplausos en la inmensidad de la montaña, pero no los necesita; el bosque entero es testigo de su valía.

Siguiendo la antigua costumbre de los cazadores de Sifjarvík, apoya una mano sobre el pelaje aún cálido del animal, inclinando la cabeza en un gesto de respeto hacia el espíritu de la bestia que va a alimentar a su pueblo.

Después, hunde los dedos de su mano izquierda en la herida abierta del codillo.

La sangre, espesa y humeante, contrasta de forma brutal con la pureza de la nieve.

Sin apartar la mirada del horizonte, Gunnhild se pasa los dedos ensangrentados por las mejillas y la frente, pintando sobre su piel las marcas de guerra de su primera gran victoria.

El fluido se congela casi al instante sobre su pómulo, justo encima de su cicatriz blanca, sellando su bautismo como escudera.

–        Que tu fuerza camine ahora conmigo –susurra al viento, con una voz que ya no es la de una princesa, sino la de una líder militar dispuesta a todo.

Se pone en pie, limpia el filo de su hacha en la nieve limpia y extrae su flecha del cuerpo del animal. Con paso enérgico, emprende el descenso hacia la linde del bosque para buscar a los muchachos del poblado.

Cuando regresa a Sifjarvík al anochecer, arrastrando los cuartos traseros del animal con la ayuda de tres jóvenes del poblado que han ido a buscarla, su rostro está manchado de sangre seca y hollín, pero su mirada es de triunfo absoluto.

Arroja la enorme pieza de carne en mitad del salón comunal. Las mujeres y los ancianos la rodean con ojos hambrientos y reverencia.

Signy da un paso al frente desde el fondo del salón.

Cruza los brazos sobre el pecho, irguiendo su espalda majestuosa, y detiene su mirada en el rostro de su hermana menor, aún pintado con las marcas congeladas de la sangre del alce.

La mayor de las princesas mantiene el semblante severo, pero Astrid, que la conoce bien, nota cómo le tiembla levemente la comisura de los labios por el alivio de verla regresar sana y salva.

–        Te di una orden directa, hermana –dice, y su voz resuena con una firmeza que corta los murmullos de la gente—.

Desobedeciste a la corona de Sifjarvík y arriesgaste tu vida en la montaña por un arrebato de orgullo.

Si te hubieras quebrado un hueso, habríamos perdido a nuestra mejor rastreadora por una pieza de caza.

Gunnhild no baja la cabeza.

Se limpia la frente con el dorso de la mano callosa, dejando un rastro emborronado de hollín y carmesí, y clava sus ojos de brasa en los de su hermana.

–        Si no hubiera subido mañana estarías gobernando un salón lleno de cadáveres delgados –responde la menor con un descaro que roza la insolencia– La corona no llena los estómagos.

Signy sostiene la mirada durante un tenso segundo que parece eterno.

De pronto, el aire rígido de su postura se relaja un milímetro.

Da un paso más, acorta la distancia y, de manera rápida, casi oculta a los ojos del pueblo, le propina un golpe seco y cariñoso con los nudillos en el hombro herculino de la menor, antes de sujetarle la nuca con fuerza.

–        Eres una insensata testaruda –murmura cerca de su oído, con una mezcla de reproche y orgullo que solo una hermana mayor puede transmitir– Pero los dioses te acompañan. Hacía falta esta comida. No vuelvas a marcharte sin mi consentimiento.

Después, recomponiéndose, se separa, volviéndose hacia la multitud hambrienta, con el porte de líder recuperado totalmente.

–        ¡Que los carniceros saquen los cuchillos! ¡Que Freydis encienda los hogares laterales! ¡Esta noche Sifjarvík come por el valor de su escudera!

El salón estalla en un clamor tosco, desprovisto de la gracia de los antiguos banquetes.

No hay liras sonando ni poemas heroicos.

Lo que sigue es una escena de pura necesidad.

Los cuchillos cortan los cuartos traseros del alce con rapidez y grandes trozos de carne grasa se arrojan directamente sobre las parrillas de hierro y los calderos de bronce donde hierve el agua con las últimas raíces.

El crujido de la grasa al fundirse sobre las brasas desata la avidez de los habitantes.

Las mujeres arrancan pedazos de carne apenas chamuscada para ofrecérselos a sus hijos pequeños, que los devoran con los rostros manchados y la grasa chorreando por las barbillas, mientras los ancianos, cuyas manos tiemblan por la edad y el frío, clavan los dientes con desesperación en las porciones más duras, masticando con un fervor salvaje, como si cada bocado les devolviera los inviernos de su juventud.