CAPITULO II
LA QUIETUD DEL NORTE
T ras la marcha de los guerreros hacia el campo de batalla, las primeras dos semanas transcurrieron bajo el engañoso manto de la rutina.
Al principio, el poblado respiraba un aire de tranquila espera.
Sin los brazos fuertes de los hombres, el silencio acabó adueñándose de los senderos de tierra de Sifjarvík, roto solo por el balido quejumbroso de las cabras, el llanto de algún recién nacido y el golpeteo lejano de las hachas de los ancianos que cortaban leña para el invierno.
Signy asumió el mando con mano firme desde el primer amanecer tal y como había sido el designio de Eirik.
Sentada en el banco de madera tallada que preside el gran salón, ahora frío, inmenso y semivacío, escuchaba con infinita paciencia las disputas diarias de las mujeres por los límites de los huertos o el reparto de las tareas de la lana.
Su sola presencia, con aquella espalda rígida y sus ojos gris tormentoso, calmaba los ánimos del pueblo.
Transmitía una seguridad regia que ella misma empezaba a dudar si poseía por las noches, cuando el silencio del salón se le caía encima.
A su lado, Astrid pasaba las horas en la penumbra de los almacenes de turba y pescado.
Con una tablilla de cera y un punzón de hueso, contaba minuciosamente cada saco de grano y cada pieza de bacalao ahumado.
El invierno del norte no perdona, y la ausencia de los cazadores significaba que las despensas debían gestionarse con una precisión quirúrgica si no querían comerse los caballos antes de la primera gran nevada.
– Si no regresan antes de que el hielo cierre la boca del fiordo, tendremos que sacrificar la mitad del ganado –le advirtió Astrid a su hermana mayor una tarde, mientras el viento soplaba con fuerza en el exterior, haciendo crujir las vigas– No habrá suficiente forraje para todos los animales.
He racionado la manteca y la harina de cebada, pero las madres jóvenes necesitan comer si quieren dar leche a sus bebés.
Freydis, por su parte, se convirtió en el faro emocional de la comunidad.
Recorría las casas de turba reconfortando a las esposas cuyos maridos habían partido, y ayudando a los viejos cuyas articulaciones empezaban a doler por la humedad del otoño.
En sus manos suaves, el miedo latente de la gente se transformaba en paciencia.
A menudo bajaba a la orilla del fiordo, apretando contra su pecho el trozo de madera carbonizada de la pira de su madre, mirando fijamente la bruma que se negaba a levantarse del agua.
Mientras tanto, Gunnhild canalizaba su frustración y sus malos presagios lejos de las miradas del pueblo.
Cada tarde bajaba a la linde más espesa del bosque de pinos.
Allí, usando un viejo y pesado escudo de madera astillado que los guerreros habían descartado, ensayaba estocadas y golpes secos contra los troncos, destrozando la corteza hasta que los nudillos le sangraban.
Sus manos de princesa se llenaron de ampollas y duras callosidades.
Sabía que debían estar preparadas, aunque los ancianos del consejo la miraran de reojo y murmuraran entre dientes que aquello no era labor de una mujer.
Para la tercera semana, el clima cambió drásticamente.
El cielo se ha teñido de un gris plomizo y las mañanas amanecen cubiertas por una escarcha tan gruesa que queman las últimas hortalizas de los huertos.
La inquietud, antes sutil, se ha transformado en una tensión sofocante.
Nadie habla en voz alta de los barcos del rey Eirik, pero todas las miradas se dirigen, a cada hora del día, hacia la boca del fiordo.
La comida empieza a escasear, viéndose obligados a tomar raciones cada vez más pequeñas.
Un pánico, sutil y silencioso ha empezado a filtrase en todos y cada uno de los hogares del poblado.
Los ancianos del consejo, hombres que ya superan los sesenta inviernos y cuyas barbas son tan blancas como la nieve, se reúnen alrededor del fuego central para rumiar su pesimismo.
De entre ellos, destaca Halvar, el constructor de barcos, un hombre de manos nudosas como raíces y ojos nublados por la edad, que mira el mar con creciente sospecha.
– El viento ha cambiado de rumbo –masculla Halvar esa noche en el gran salón, escupiendo al fuego– Viene del sur, trayendo tormentas del Mar del Norte.
Si Eirik y los suyos hubieran obtenido una victoria rápida contra su hermano Svein, ya estarían de vuelta aprovechando las últimas corrientes mansas.
El mar se está cerrando, Signy. El invierno está aquí, y los drakkar no aparecen.
Obligándose a mantener la templanza en su rostro, la mayor de las hermanas sostiene la mirada del anciano sin pestañear, aunque un frío repentino e insufrible le recorre la espalda. Mira a sus tres hermanas alrededor de la mesa.
El tiempo de paz y de espera se ha agotado. La quietud del norte ya es un refugio, sino una cuenta atrás hacia la oscuridad.
Una tarde, mientras el viento sopla con fuerza en el exterior haciendo crujir las pesadas vigas del gran salón, Astrid arroja su punzón de hueso sobre la mesa y mira a su hermana mayor con desesperación en los ojos.
– Ya no sirve de nada seguir tachando raciones, Signy –le advierte Astrid, con la voz quebrada por la frustración– He recortado la manteca a la mitad y la harina de cebada apenas da para un puñado por familia.
Racionar lo que queda no va a servir para aguantar el invierno.
Nos quedan diez días de grano, a lo sumo.
Si los hombres no regresan antes de la primera gran nevada, el hambre nos mata antes de que el hielo cierre la boca del fiordo.
El silencio que sigue a las palabras de Astrid es opresivo. En mitad de la penumbra del gran salón, un golpe seco y violento hace temblar los cuencos de madera sobre la mesa.
Es Gunnhild.
Se pone en pie, con los puños apoyados sobre el tablón, la mandíbula apretada y sus ojos oscuros brillando como dos brasas encendidas en su rostro curtido. La cicatriz blanca de su pómulo resalta, pálida por la rabia.
– No me voy a quedar aquí sentada contando granos como una vieja asustada mientras los niños lloran de hambre –escupe con una furia contenida que hace que Freydis dé un paso atrás– Las ovejas están flacas y el pescado seco sabe a moho.
Al norte del fiordo, más allá del bosque de pinos, la nieve aún no ha cubierto el valle alto.
Ví huellas frescas esta mañana. Hay un gran alce rondando el arroyo congelado.
Un macho viejo, tan grande como un buey de carga.
– Es demasiado peligroso, Gunnhild –la interrumpe Signy, irguiendo la espalda con severidad, intentando imponer la frialdad de su autoridad—.
El invierno ya entra en la montaña. Los alces machos son agresivos cuando el frío los acorrala, y si te rompes una legua allí arriba con la ventisca, la nieve será tu mortaja.
Tu lugar está aquí, defendiendo el perímetro.
– ¡Mi lugar está donde se consiga comida!
—estalla la menor, golpeando la mesa una vez más, desafiando abiertamente la mirada serena de su hermana mayor– Sé usar el arco mejor que cualquiera de los viejos que quedan en este salón.
Si no traemos carne grande, la debilidad nos mata antes de que lo haga el acero de Svein.
No te pido permiso, Signy. Pido que Astrid prepare las cuerdas de arrastre y que Freydis afile mis flechas de punta de hierro.
Mañana, al alba, traigo a ese bastardo sobre mi espalda o los lobos se dan un festín conmigo.
Sin esperar respuesta, Gunnhild se da la vuelta, hace ondear su capa de piel curtida caminando a grandes zancadas hacia el armero, dejando a sus tres hermanas en un silencio tenso.
Al amanecer del día siguiente, con la escarcha mordiendo los pinos, la menor de las hijas del rey se adentra sola en la inmensidad del bosque blanco. Lleva su arco largo de madera de tejo al hombro y el hacha corta al cinto.
Rastrear a un alce en mitad del invierno es una danza con la muerte: un animal de más de cuatrocientos kilos, con astas pesadas capaces de destrozar las costillas de un oso y unas pezuñas tan afiladas que pueden romper el cráneo de un hombre de un solo golpe.
Le toma horas de marcha silenciosa, hundiéndose hasta las rodillas en la nieve polvo, siguiendo las profundas marcas de las pezuñas hendidas y las ramas de sauce descortezadas. El viento sopla en su contra, lo que juega a su favor para ocultar su olor.
Finalmente, lo ve.
Una mole oscura emerge de la bruma del bosque, con el pelaje espeso cubierto de nieve y una cornamenta imponente que parece una corona de huesos. El animal resopla, levantando nubes de vapor blanco mientras rasca el suelo congelado buscando musgo.
Gunnhild contiene el aliento mientras apoya la rodilla en la nieve, ignorando el frío húmedo que le cala el cuero, tensa la cuerda de cáñamo de su arco hasta que la madera cruje cerca de su oído.
Apunta al codillo, justo detrás de la enorme paletilla, donde el corazón late con fuerza.
Sus dedos callosos liberan la flecha con un silbido seco.
La fuerza del impacto es brutal, provocando que la bestia suelte un bramido ensordecedor que sacude la nieve de las copas de los pinos y arremeta con furia ciega hacia el lugar del disparo.
Sin embargo, Gunnhild no retrocede. Desenvaina su hacha corta, esquivando la primera embestida del gigante por escasos centímetros al arrojarse contra las raíces de un abeto.
El animal, herido de muerte y perdiendo sangre roja que tiñe la nieve de un carmesí brillante, tropieza unos metros más adelante, derribando dos árboles jóvenes antes de desplomarse con un último y pesado suspiro en el suelo del bosque.