CAPITULO I #2
Signy intercambia una mirada severa con Astrid.
En medio de los vítores, las dos hermanas sienten un frío extraño que nada tiene que ver con el viento del norte que sopla afuera.
El discurso ha sido glorioso, pero el odio que consume a su padre y a su tío es un pozo demasiado profundo.
Mientras el salón comunal vuelve a estallar en cantos tabernarios y golpes de cuencos, Freydis se desliza en silencio hacia la pesada puerta de roble.
Nadie repara en su ausencia; los ojos de los hombres solo tienen espacio para el brillo del acero y el reflejo del fuego.
Afuera, la noche de Sifjarvík la recibe con un mordisco de aire helado que le aclara los pulmones, saturados del humo del banquete.
Camina por el sendero oscuro, guiada solo por el rumor del oleaje, hasta llegar a la orilla de la bahía.
Allí se detiene en la misma lengua de guijarros negros desde donde, meses atrás, habían empujado el drakkar en llamas de su madre.
El agua está en calma, negra como el azabache, devolviendo el reflejo parpadeante de las estrellas.
Se arrodilla sobre las piedras húmedas, permitiendo que la marea lama las costuras de sus mocasines de cuero. Después, junta las manos contra el pecho, cierra los ojos y respira el olor a sal y algas, buscando el rastro invisible de la reina Gyda.
– Madre –susurra y su voz suena pequeña y temblorosa en la inmensidad de la noche– Las naves ya huelen a brea y el corazón de mi padre late con la furia del lobo.
Mañana marcharán hacia el mar de Svein. Tú que conoces el camino hacia el salón de los caídos, tú que ahora caminas entre los dioses...
te lo ruego, no dejes que las Valkirias miren hacia nuestro fiordo todavía.
Una lágrima solitaria, fría como la escarcha, resbala por su mejilla.
– Extiende tu manto sobre sus drakkar. Aplaca las olas del Mar del Norte y ciega los ojos de los cuervos de mi tío. Protégelos, madre. Devuélvemelos sanos. Trae de vuelta a mi padre y a los hombres, porque si el hierro los reclama, este valle se convertirá en un desierto de viudas y cenizas.
Freydis permanece allí, de rodillas, durante un largo rato.
De repente, el viento del norte sopla con un silbido suave, levantando una pequeña marea que deposita un trozo de madera flotante, carbonizada y pulida por la sal, justo a sus pies.
La joven la toma entre sus manos con reverencia, sintiéndola como una respuesta silenciosa de las profundidades del fiordo.
Cuando regresa al gran salón, el fuego del hogar empieza a consumirse, pero la euforia de los guerreros sigue intacta, ajenos por completo al destino que las Nornas ya habían comenzado a tejer en la oscuridad.
Al amanecer, la niebla matutina flota densa sobre el agua del fiordo, cubriéndolo todo como un manto blanco y pesado.
El aire es tan frío que el aliento de la gente se transforma en pequeñas nubes de vapor.
El crujido de la grava bajo los pies y el rítmico golpeteo de las olas contra los cascos de madera son los únicos sonidos que rompen el silencio de la mañana.
Ahora la playa de Sifjarvík es un hervidero de actividad contenida.
Los hombres, con los rostros serios y desprovistos ya de la embriaguez de la noche anterior, se mueven con disciplina militar.
Uno a uno, suben a bordo de los cuatro drakkar cargando sus pertenencias.
El metal de las cotas de malla tintinea levemente al compás de sus pasos sobre los tablones de embarque.
Con movimientos expertos y curtidos por años de navegación, guardan los pesados petates de lona bajo los tablones de la cubierta, donde servirán de asiento para los remeros.
Espadas y hachas quedan aseguradas en soportes de madera cerca de la borda, al alcance de la mano, mientras los escudos circulares, pintados de rojo y negro, se encajan en las bandas exteriores de los barcos, formando una barrera protectora de madera que desafía a la bruma.
Eirik, ataviado con su capa de piel de oso y el yelmo de hierro bajo el brazo, camina por la orilla hacia donde aguardan sus cuatro hijas.
Se detiene ante ellas, despojándose por un instante de la rigidez de un soberano para mirar a su linaje.
Primero se acerca a Signy. Le pone una mano callosa sobre el hombro, apretándolo con fuerza.
– El salón es tuyo, hija –le dice con voz baja pero firme– Gobierna con la templanza que te dio tu madre hasta que regrese. Si hay disputas por el grano, consulta al viejo Halvar. Sé que tu cabeza es fría cuando el fiordo se congela.
Signy asiente con una reverencia solemne, sosteniendo la mirada de su padre sin pestañear, como aceptando el peso de una corona invisible que acaba de caer sobre ella.
Después, el rey mira a Astrid, que sostiene una tablilla donde ha anotado las últimas raciones de brea y las provisiones de agua que llevaban las naves. Eirik esboza una sonrisa cansada.
– Has llenado las bodegas al milímetro, Astrid. Tu prudencia nos mantendrá alimentados en el mar de Svein. Cuida que los almacenes de la bahía queden bien sellados contra las ratas de invierno.
– Volveréis y los encontraréis llenos, padre –responde intentando forzar una seguridad que su analítica mente pone en duda al mirar la densidad de la niebla.
Eirik se vuelve hacia Freydis. La joven mantiene los ojos fijos en el rey, y entre sus dedos oculta el trozo de madera carbonizada que el mar le había devuelto la noche anterior. El rey le acaricia la mejilla con el dorso de sus dedos ásperos.
– Tus ojos ven más allá de las nubes, pequeña–murmura el rey– Sigue rezando a los ancestros. Tu fe es el escudo invisible de este pueblo.
– Le he pedido a madre que extienda su manto sobre vuestras velas –susurra con una tristeza tan profunda que hace que el rey titubee por un segundo.
Finalmente, Eirik se detiene ante Gunnhild, la menor. Tiene la mandíbula apretada y los puños cerrados, con la mirada clavada en las hachas que descansan en la proa del barco insignia. El rey suelta una carcajada corta mientras le revuelve el cabello con cariño.
– No me mires con esa furia, Gunnhild. Sé que desearías empuñar un remo y marchar a la línea de batalla. Pero tu fortaleza debe quedarse aquí. Eres la sangre joven de este fiordo; protege a tus hermanas y no dejes que el fuego del hogar se apague.
Gunnhild traga saliva, conteniendo las lágrimas de orgullo y frustración, asintiendo con un golpe seco de cabeza.
– Que Thor guíe tu brazo, padre –consigue decir.
Eirik da la vuelta, se coloca el yelmo de hierro sobre la cabeza y sube a bordo de su drakkar con paso firme. El mascarón de proa, una temible cabeza de dragón tallada en madera oscura, parece cortar la niebla por sí misma.
– ¡Soltad amarras! –truena la voz de Eirik desde la cubierta.
Los hombres empujan los barcos desde los guijarros de la playa hacia las aguas profundas.
Sesenta remos de madera de fresno caen al unísono al agua con un golpe seco.
Los cuatro drakkar, repletos de los hombres más fuertes y experimentados del poblado, comienzan a deslizarse en silencio, adentrándose en el fiordo.
Desde la orilla, las mujeres sostienen a sus bebés, los niños pequeños trepan a las rocas y los pocos ancianos que quedan los ven desaparecer lentamente, devorados por la bruma blanca hasta que las naves se convierten en meras sombras y el batir de los remos se apagan por completo.
Nadie sospecha que el silencio que acaba de descender sobre Sifjarvík ya nunca se romperá con los cantos de los guerreros…