El eco de las Valkirias CAPITULO I
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CAPITULO I

EL ECO DE LOS TAMBORES

H acía apenas unas lunas que el fuego había consumido el cuerpo de la reina Gyda, y el olor a brea quemada todavía parecía flotar en las mañanas frías de Sifjarvík.

El invierno anterior no había tenido piedad. La reina se había apagado antes de la primera gran nevada, consumida por las fiebres del pecho. Su partida había dejado un vacío de hielo en el gran salón, y su despedida en el fiordo acabó convertida en una leyenda de fuego.

Las cuatro hermanas recordaban perfectamente aquella noche.

Habían vestido el cuerpo de su madre con una túnica de seda azul traída de Oriente y un manto de lana fina ajustado al hombro con dos grandes broches de bronce dorado en forma de caparazón de tortuga, grabados con los nudos sagrados de Odín.

Eirik, el rey, su esposo, había colocado entre sus manos su propia daga de caza para que la acompañara en el mar de la muerte.

Después, con el rostro tallado en piedra, el monarca había arrimado la antorcha al casco del drakkar de paseo de la reina, empujándolo hacia las aguas profundas.

Las llamas habían lamido el mástil, transformando el barco en una pira flotante gigantesca que se reflejó como sangre sobre el agua negra, hasta hundirse en el corazón del fiordo.

Aquel incendio seguía vivo en la mente de las cuatro hermanas, pero la tristeza del luto se había transformado esa noche en una euforia ciega.

Bajo las vigas oscuras del gran salón, el humo del hogar flota denso, impregnado del olor a grasa de jabalí asado, sudor y el aroma dulce del hidromiel vertido a raudales.

Las antorchas de resina chisporrotean en las paredes de madera, arrojando sombras gigantescas que danzan al ritmo de los cánticos.

Los guerreros golpean las largas mesas con los pomos de sus dagas, haciendo tintinear los cuernos de beber.

Se respira esa embriaguez antes de la batalla que hace que los hombres se sientan inmortales antes de haber derramado una sola gota de sangre.

En el centro del salón, la tensión previa a la contienda se libera en forma de juegos brutales.

Varios hombres, con los torsos desnudos y brillantes por el sudor, compiten en el juego de tirar de la piel: dos de ellos, sentados cara a cara, tiran con todas sus fuerzas de un cuero de buey sobre el fuego del hogar central, jaleados por las apuestas y los gritos de sus camaradas.

Cerca de las barricas de cerveza, un escaldo [1] rasga las cuerdas de una lira de madera de tejo, compitiendo contra el bullicio al recitar los antiguos versos del “Hávamál”, las palabras del mismísimo Odín sobre el valor y la muerte.

Apartadas de la algarabía de la mesa principal, en un extremo del salón, pero observándolo todo, se encuentran las cuatro hijas del rey.

Signy, la mayor, permanece sentada con la espalda tan recta y rígida como el mástil de un drakkar.

A sus veinticuatro inviernos, posee la belleza solemne y severa de las antiguas reinas del norte.

Sus ojos, de un gris tormentoso idéntico al de su padre, miran con una fijeza que impone respeto.

Tiene el cabello de un rubio cenizo pálido, tan largo que le cae en gruesas trenzas simétricas hasta la cintura, adornadas con finos anillos de plata.

Su piel es blanca, de facciones afiladas y pómulos altos, y viste una túnica de lana verde oscuro que realza su porte regio.

Las manos, largas y finas, descansan firmes sobre la falda; unas manos que nunca han empuñado un hacha, pero cuyas líneas reflejan la fría templanza necesaria para firmar alianzas o dictar sentencias.

A su lado, Astrid contrasta por su pragmatismo físico.

Es un año menor que Signy, de constitución más baja y compacta, pensada para resistir el esfuerzo cotidiano.

Sus facciones son más suaves y redondeadas, salpicadas de graciosas pecas que el sol del verano tardan en borrar.

Posee unos ojos de un marrón avellana analítico, siempre en movimiento, calculando.

El cabello, de un castaño cobrizo que recuerda a las hojas del otoño, está recogido de forma tosca en un moño alto en la nuca para que no le moleste al trabajar con las tablillas de inventario.

Viste ropas sencillas de lino crudo y un delantal de cuero donde guarda sus punzones, con las uñas cortas y los dedos manchados de carbón, algo que refleja su mente lógica y previsora.

Freydis, la tercera, parece pertenecer a otro mundo.

Con apenas diecinueve años, su físico delata su naturaleza mística y sanadora.

Es delgada, casi etérea, y se mueve entre los sirvientes con una ligereza que la hace parecer flotar sobre la paja del suelo.

Sus ojos son grandes, de un azul translúcido y limpio que transmite una compasión infinita, capaces de calmar al guerrero más herido con solo una mirada.

El cabello es de un rubio platino, casi blanco, que suele llevar suelto y alborotado, coronado por una cinta de cuero con ramitas de muérdago secas que transmite una paz extraña.

Sus manos suaves, de dedos ágiles, son expertas en mezclar ungüentos, limpiar llagas y acariciar las frentes febriles de los niños del poblado.

En la esquina más oscura, casi mimetizada con las sombras, se encuentra Gunnhild, la menor.

A sus diecisiete inviernos, su cuerpo ya no es el de una niña, sino el de una escudera en ciernes.

Es alta, de hombros anchos y brazos fibrosos, forjados en el esfuerzo diario de tensar el arco y golpear los pinos del bosque.

Su piel está curtida por el viento del fiordo, y en su pómulo izquierdo ya luce una pequeña cicatriz blanca, recuerdo del rebote de una flecha de caza.

Tiene los ojos oscuros y encendidos como brasas, y su cabello, de un negro azabache rarísimo en el norte, está rapado por los laterales al estilo de los guerreros, dejando una cresta de trenzas rebeldes que le cae sobre la espalda.

Viste siempre un jubón de cuero endurecido y acaricia con la yema de sus dedos callosos el filo de un hacha corta.

Sus ojos brillan llenos de una envidia amarga por no poder subir a los barcos al amanecer.

De pronto, el bullicio cesó. Las conversaciones se cortan en seco y el único sonido que queda es el crepitar de las brasas. Eirik, el rey, se ha puesto en pie.

Es un hombre alto, de hombros anchos y barba canosa trenzada con hilos de plata.

Su sola presencia exige silencio y respeto.

Apoya sus manos callosas sobre el tablón de la mesa, inclinándose hacia adelante u barriendo el salón con una mirada de acero.

Cuando habla, su voz truena con la fuerza de una tormenta que se adentra en el fiordo.

–        ¡Hijos del lobo! –clama levantando un cuerno de plata labrada– Mirad a vuestro alrededor.

Mirad los rostros de quienes comparten vuestro pan.

Mañana, la marea subirá y nuestros barcos morderán el agua del mar.

No vamos a realizar un saqueo rutinario.

No vamos a buscar oro fácil en costas extranjeras.

Mañana marchamos a limpiar el honor de nuestra sangre.

Un rugido unánime sacude las vigas del techo. El rey espera a que el eco se apague con la mandíbula apretada por una furia que la muerte de Gyda solo había recrudecido.

–        Sabéis quién nos espera al otro lado del agua.

Mi hermano Svein. El hombre que compartió mi cuna y que ahora conspira en las sombras, codiciando lo que por derecho de los dioses nos pertenece.

Me ha desafiado. Ha amenazado nuestras fronteras y ha insultado la memoria de nuestros antepasados.

Pero su ambición será su tumba. Mañana, los lobos de Odín, “Geri” y “Freki”, aullarán de alegría porque les daremos de comer la carne de los traidores.

¡Juro por las runas sagradas y por el martillo de Thor que truena en los cielos que esta vez cortaré la cabeza de esa víbora!

Romperé su escudo, quebraré su estirpe y arrojaré su cuerpo a los cuervos de “Huginn” y “Muninn” para que lleven la noticia de su caída hasta los confines de “Midgard”.

Eirik hace una pausa, bajando el hacha para mirar fijamente a los ojos de sus hombres más jóvenes, transmitiéndoles una fe inquebrantable.

–        Y escuchadme bien, cachorros de Sifjarvík: ¡no temáis al acero ni al abrazo de las Nornas que tejen nuestro destino!

Si los Dioses han dispuesto que nuestras vidas terminen al otro lado del agua, que así sea.

Si el Padre de Todos quiere que caigamos heridos sobre la nieve, abrazaremos el hierro sin un solo lamento.

¡Porque las Valkirias descenderán a buscarnos en mitad de la carnicería!

¡Las puertas del Valhalla se abrirán de par en par ante nosotros y entraremos en el salón de los caídos con las espadas en alto!

¡Beberemos con los héroes del pasado y nuestro nombre se cantará hasta el fin de los tiempos!

¡Pero si los Dioses nos conceden la victoria, la sangre de Svein regará nuestros campos y regresaremos como leyendas!

¡A las armas! ¡Por el fiordo y por la gloria!

Exaltados por la arenga, los guerreros se ponen en pie, desenvainando las espadas y chocando los escudos con un estrépito ensordecedor. El metal brilla bajo la luz de las antorchas.

–        ¡Derrotaremos a su tribu por siempre!

–continua el rey, con los ojos inyectados en sangre por la emoción de la guerra– ¡Haremos que sus hijos lloren y que sus campos ardan!

Volveremos con los drakkar tan cargados de botín que el mar apenas podrá sostenerlos.

¡Beberemos en su salón y vuestros nombres se cantarán en el Valhalla!

¡A las armas! ¡Por el fiordo y por la victoria!

–        ¡Por Eirik! ¡Por la victoria! –grita el salón al unísono, en un estallido de locura y orgullo.