Capítulo 80
Los dos jóvenes recién caídos en el limbo, caminaban errantes, sin saber hacia dónde dirigirse.
Las manos permanecían entrelazadas, aguardando a ser atacados por el millar de voces que los insultaban por ser tan tontos de desaprovechar semejante oportunidad.
Entre los penitentes, una voz femenina se burlaba de ellos y animaba a los demás a no darles paz. Sin embargo, no era el destino de los dos jóvenes metamorfos, de estar transitando un camino sin fin.
La luz que brotó en medio de la oscuridad, encegueció a las entidades demoníacas y los que tenían cuentas por pagar.
Para los que regían ese lugar de eterno lamento, los minutos que estuvieron allí fueron suficiente; en la joven pareja había amor del bueno, amor que sacrificaría el destello de vida que se les ofrecía por segunda vez, solo parar estar juntos.
Lo entregaron todo, aceptaron su muerte y pidieron perdón por la soberbia, los reclamos, los celos y los berrinches.
Los sueños quedaron inconclusos, pero se conformaron con lo que experimentaron: conocieron gente buena, amaron a sus padres, a sus hermanos, apreciaron a sus amigos, y se comportaron como era debido en su naturaleza metamorfa.
Así que…
Se abrió lo que parecía ser un portal.
A pesar de que todo lo iluminaba, por el entorno no había nada.
El jalón que ambos sintieron les provocó jadeos. Lo percibían, les permitían avanzar.
Pero no lo hacían, pensaban en sus respectivas familias. ¿Qué será de ellos? ¿Sufrirán?, ¿hasta cuándo llorarán por su partida?
Del otro lado había siluetas de todas las contexturas: altas, bajas, gordas y delgadas.
Machos y hembras. No estaban desnudos, o al menos eso era lo que Zafira y Erik observaban paralizados, pero no atemorizados, porque estos no lucían amenazantes.
Entrecerraban los ojos a ver si así reconocían algún rostro; la curiosidad los impulsaba a que dieran un paso más hacia ellos, era extraño que no tuvieran la precaución de mantener las distancias, sentían que debían cruzar esa «frontera de luz y sombras».
Una de aquellas siluetas levantó la mano y les indicó que se aproximaran.
Erik enseguida se aferró más a la mano de Zafira, quien a su vez apretó sus dedos en el dorso de este. ¿Qué debían hacer? ¿Continuar o permanecer en ese lugar?, no estaban seguros de lo que habría en el más allá.
Dos siluetas altas y robustas dieron un paso adelante, y la luz que hasta ese instante irradiaba sobre las nuevas almas, iluminaron las facciones de los que pretendían darles la bienvenida.
Zafira lloró. Erik, jadeó.
—Es el bisabuelo Dragan —nunca lo conoció en persona, pero su retrato estuvo por años sobre el tope de la chimenea en el despacho de su padre.
—Y el otro es mi… —Zafira ahora comprendía quiénes eran las siluetas que los esperaban. El que se aproximó, junto con el Primer Alfa de Alaska, era su abuelo paterno; el que ella adoró cuando niña por su nobleza y por quererla como si hubiese sido su más grande tesoro.
Estos a ellos, nada les expresaron, solo les sonreían para que les tuvieran confianza.
A sus espaldas se alcanzaba a ver a una pareja que también quiso hacerse visible.
Erik observó que la hembra se parecía mucho a su hermanita más grande y el macho le recordaba a su propio padre.
Eran sus abuelos: Winona y Stanislav. Sintió unas ganas imperiosas de abrazarlos, al igual que al bisabuelo, que los convidaba de aproximarse.
«Vamos», en sus labios silenciosos se leía claramente.
Zafira y Erik se miraron. Juntos siempre.
—Si algún día, los dioses me permiten reencarnar, les pido por anticipado que me den la oportunidad de volverte a amar— Erik le expresó a Zafira, cuya fisonomía cada vez se iluminaba.
Lucía resplandeciente, sin un resquicio de pesar o mortificación; estaba impaciente por cruzar hacia ese lugar que irradiaba luz infinita y estrellas y soles y planetas y personas… Iban hacia el más allá.
Hacia el paraíso.