El Despertar del Lobo Epílogo
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Epílogo

Anna ahogó un sollozo cuando observó la diminuta cruz azul del dispositivo que reposaba sobre el borde del lavabo.

Aún no se lo podía creer, esperaba a que ese resultado cambiase a negativo, pero seguía igual a los otros dos, indicando lo que ella y Jevrem han deseado desde que se amaron por primera vez.

Entre pequeños saltitos emocionados y risas llorosas, tomó una de las tres pruebas y la guardó en el bolsillo de su albornoz estampado de flores blancas y azules, sin haberle expresado antes a su esposo de lo que ella sospechaba desde hacía unos días, para no romperle el corazón por si su cuerpo le había mandado una alerta equivocada. Pero, no, ¡estaba embarazada!

Al salir del baño, se sorprendió hallarse sola en el dormitorio; era muy temprano, apenas las cinco de la mañana, y Jevrem solía levantarse después de las seis, para ejercitar sus piernas por las tundras.

No dejaba de hacerlo desde que volvieron de Montana: corría, escalaba las montañas, cazaba…

Los muchachos se habían establecido por las aldeas cercanas a la cabaña; se rotaban en grupos de diez para hacer sus guardias de veinticuatro horas; cinco se marchaban con Jevrem durante media mañana y los otros cinco permanecían con Anna y las nativas.

La rutina en Denali era tranquila, los yakaramath se mantenían pendientes de ellos, en sus visitas semanales, del cual les llevaban animales cazados, pieles y amuletos protectores que los chamanes de los diversos pueblos nativos a menudo renovaban para alejar a los malos espíritus.

Del armario extrajo el vestido amarillo claro para que resaltara la alegría que ella experimentaba.

El albornoz cayó en la cama desordenada y se vistió enseguida con la prenda escogida que le llegaba a media pierna.

Era clásico e informal, sin mangas, lo usaba en las ocasiones en que la dicha se desbordaba de su ser; esa mañana tenía mucho que agradecer a la diosa de la fertilidad y la abundancia.

Le haría un altar y le ofrecería un hermoso ramo de rosas blancas y una liebre gorda que sacrificaría en su honor.

¡La la…!

Sus oídos captaron que Jevrem canturreaba desde el otro lado de la puerta principal del dormitorio.

¡La la la la…! ¡La la la la! ¡La la la la…!

¿Esa era la melodía de su móvil al recibir llamadas?

¡Ay, este Jevrem! Anna reía mientras se daba prisas en arreglarse el cabello, que optó por dejarlo suelto.

Tendría que enseñarle algunas canciones infantiles para que se las cantara a sus hijos, a la hora de dormir o cuando necesitaran calmarles el llanto.

Jevremcito debió sacarlo de la cama, con su acostumbrada explosión de sus pulmones, cuando despierta con hambre.

Se aplicó un toque de perfume, detrás del lóbulo de las orejas.

Y rápido se calzó unas sandalias planas tejidas con abalorios de madera que Sakari le obsequió cuando se casó con Jevrem.

La boda se celebró en Kuvani, un año después de la muerte de Erik y Zafira, lejos del lujo y la tecnología citadina. Isa y Everett estuvieron presentes.

Siguió el sonido de su voz hacia donde se hallaban sus dos grandes amores, portando en su mano la prueba de maternidad, envuelta en papel higiénico.

El corazón de la joven progenitora rebosó de felicidad, tras abrir la puerta del dormitorio que colinda diagonal al suyo, y observar a Jevrem ataviado en sus vaqueros desteñidos, sosteniendo en brazos al cachorrito.

Le tarareaba la melodía telefónica mientras le daba el tetero, no lo arrullaba en la mecedora; más bien, él se paseaba en el perímetro de la alfombra central de ositos y nubes, al son de la melodía con notas lentas y rápidas a la vez.

Le sonrió cuando él la miró.

—¡Es el tercero, qué tragón! —Alzó el tetero vacío, asombrado del apetito del hijastro, quien ya tenía dos años.

—Eso indica que le debemos cambiar el menú a carnes rojas. —Entró al dormitorio y Jevrem enseguida escaneó el vestido que Anna usaba—. La leche ordeñada y las papillas ya no son suficiente. —Ni ella ni Nashua daban abasto a la glotonería del infante que comía a toda hora.

Él hizo un mohín.

Activado su sobreprotección.

—¿Rojas? —Se preocupó mientras dejaba el tetero en el tope de la cómoda donde se guardan las sábanas de la cuna—. ¿No lo enfermará? Mejor las blancas, por unos meses…

—Ya nos dirá el doctor Pavlovic. —Anna le consultaría al humano, por los alimentos que debe consumir su hijo y lo del control prenatal de su neonato.

Ajá… Ahora él se daba cuenta del envoltorio que sostenía su esposa. ¿Qué cargaba ahí esa picarona?

El rostro soñoliento y satisfecho del pequeño tocayo, madrugador, reposaba sobre el hombro derecho del curioso padrastro, mientras a este le daban de palmaditas suaves en la espaldita para que expulsara los gases por la boca.

Jevrem aguardaba a que Anna le explicara el motivo del porqué usaba ese bonito vestido que parecía un pedacito de sol mañanero, lo hacía sonreír sin saber el motivo, solo que, cuando ella lo usaba, los dos terminaban retozando en la cama.

—Hummm… ¿A qué se debe a que luzcas como pollito mensajero de buenas noticias y qué es eso que traes ahí? —Un millar de estrellitas resplandecían en los ojos cristalinos de su esposa y esto a él le aceleraba el corazón.

Los votos maritales se cumplían, sin falta, ambos se complementaban bien: vivían juntos en Denali, amaban ser padres, en raras ocasiones discutían por asuntos de pareja o por temas que después perdían importancia, y la pasión en ellos se mantenía candente.

Él le había comprado la cabaña a su tío Everett, pues Isabel no quiso volver allí, porque le recordaba a Erik.

La etapa de duelo fue dolorosa y trajo muchos cambios; por lo que Jevrem y Anna no se marcharon a las selvas colombianas.

Durante un tiempo estarían cerca para su familia más apreciada.

Bueno, precioso, ¿cómo quieres que te dé la noticia: te la digo o te la muestro? Anna se encogió de hombros, en una pose despreocupada y socarrona.

—Tal vez se deba a que hoy en un día muy bonito, o porque me encanta verte arrullando a Jevremcito; te luce el rol de padre, ¿eh? O, tal vez… —Extrajo el dispositivo y se lo puso a la altura de su rostro. Mejor mostrarle la maravillosa noticia.

Jadeó.

Una cruz…

—Es… ¡¿Es cierto?! —Se le aguaron los ojos, no quería emocionarse; era demasiada felicidad para sentirla de golpe. ¿Será posible que los dioses le concedieron esa bendición?

—Es la tercera que me hago, por si las dudas… Pero, sí, estoy embarazada.

Jevrem rodeó a Anna, con su brazo libre, quedando los tres en un emotivo abrazo.

—¿Escuchaste eso, junior? —Lo espabiló y este se talló los ojos sin comprender su alegría desmesurada—. ¡Pronto tendrás un hermanito! ¡Yupi!

—¡Yupiiiii! —el cachorrito celebró de la misma forma jubilosa del padrastro. ¿Qué es «hermanito»? ¿Algo que se come?

Cada día en la que este crecía se parecía más al alfa de las tierras cusqueñas, pero ya no incomodaba a nadie, menos al Alfa de Denali, que lo adoraba como si fuese su propio hijo.

—Licaón me ha bendecido contigo y con Jevremcito. Y ahora me premia con nuestro hijo. Mi amada, Anna, ¡te amo tanto!

Ella se puso de puntillas y alzó el rostro hacia él, para alcanzar sus labios. Durante muchas noches y días trataron de concebir el fruto de su amor, pero al resignarse a no tender uno entre los dos, fue cuando les llegó la hermosa sorpresa.

—En dos meses tendremos a una hembra o un varón. ¿Qué quieres que sea? Seguro varón… —Todos los machos alfas deseaban uno.

Le sonrió al ras de sus labios.

—Amaré por igual lo que nazca. ¿Qué te parece, junior?, ¡pronto tendrás un hermanito!

—Ángel se pondrá ñoño cuando lo sepa.

—Sí… —la sonrisa de Jevrem languideció un poco, el pequeño primo ha estado melancólico, pero ha sido la fortaleza para su progenitora—.

Querrá ser el padrino de este también. Es un acaparador, tendrá que pelearse con el Soberano, porque pensaba…

—Se mordió el labio inferior—. ¿Será un abuso si le pedimos a tu tío que sea el padrino de nuestro segundo hijo?

Otro beso.

Y este duró un poquito más que el anterior.

—Querrá ese honor —dijo tras soltar sus labios—. A Isabel y a él les hará ilusión. —Lo contrario a sus propios padres que lanzarían maldiciones contra su propio nieto de sangre.

De momento, ellos dos celebrarían a solas el acontecimiento, disfrutando de la primavera que es cuando emergen los osos grises y negros de las madrigueras, ansiosos por conseguir alimento; el retorno de miles de aves migratorias a las costas y tundras, para reproducirse; los avistamientos de ballenas en su paso hacia el norte; la cacería de las águilas calvas en los afluentes recién descongelados, la movilización de los caribúes y los alces hacia zonas de parto; y los lobos comunes siguiéndolos de cerca, siendo un período vital para alimentar a las camadas…

Jevrem no reclamó su antiguo cargo a Atticus Johnston, ha aprendido desde muy joven a no depender de un cargo, sino a manejar varias responsabilidades a la vez, pero sin esclavizarse.

Sus negocios se manejaban a través de terceros, quienes les llevaban los informes trimestrales sobre los ingresos de sus empresas.

Pero, por disposición de Everett, tendría que hacerse cargo de Denali mientras esas tierras sean su hogar.

Era lo mejor para evitar posibles discrepancias entre los dos machos alfas.

Jevrem era dominante al igual que Atticus, a quien no le iba a agradar que este se inmiscuyera en la administración y mando de dicha región.

Se formarían bandos y un constante enfrentamientos entre Kenai y Denali.

Tampoco conspiró contra Damir, para desterrarlo del país, por atentar contra Anna, pese a que no tuvieron pruebas concretas.

Radojka se aseguró de proteger la mente de su exesposo, con conjuros que bloqueaban el acceso a sus pensamientos; si Jevrem comprobaba que este quiso eliminar a la hembra que amaba, jamás se lo perdonaría.

Que Jevrem viviese con la duda, pero considerándolo aún su padre.

Damir seguía gobernando Alaska y frecuentando la cabaña cada vez que sus deberes como Alfa Regional se lo permitían.

La animosidad por su nuera no le impedía dar su brazo a torcer; tal vez con el tiempo, la saludase como si fuese la hija de un aristócrata; mientras tanto, la toleraba en beneficio de estar cerca de su hijo.

Aunque había un miembro de la familia que se mantenía terco. Su abuela Grubana no tenía permitido visitarlos, Jevrem le había perdido el respeto y disminuido el aprecio por el odio que tanto ella le profesaba a Anna. Y, si no la aceptaba, pues no era bienvenida en su casa.

Al menos, los Morris se establecieron en la aldea de Kuvani, para estar lo más cerca posible a su hija y sus nietos.

Jevrem tenía todo lo que siempre ha deseado: su propia familia y la mujer que ama.

Las pesadillas, las voces, sus demonios internos no volvieron a molestar; él controlaba más sus dones con el apoyo de su madre, quien cada vez más toleraba a Anna.

Aún se mantenían las distancias, las costumbres eran difíciles de desaparecer en cuestión de un par de años; tomaría décadas para que sus padres aceptasen a Anna como a una de ellos; tal vez nunca…

Sin embargo, si por él fuese, prefería que sus padres se tomaran milenios; se bastaba con amar a su hada y disfrutar de la paternidad que esta le ha concedido a través de Jevremcito y de la criatura que gestaba.

No fueron los dioses los que, a él, le devolvieron la vida; más bien, fue el lazo que siempre lo ha unido a Anna, del que jamás se rompió.

Ella lo ató más a su ser; sus almas, su corazón, ahora eran uno.

FIN.