El Despertar del Lobo Capítulo 79 #3
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Capítulo 79 #3

—La vez en que te pedí que me enamoraras, no me había dado cuenta de que yo ya lo estaba. No continuaré sin ti, Zafira. Si tú, aquí te quedas, yo estaré contigo hasta que las puertas del Cielo se abran para nosotros.

—¿Y si nos toma mil años?

Sonrió y le dio el primer beso como pareja.

—Diez, cien mil, un millón… Estaremos juntos.

—Erik… —Ángel lloraba desconsolado, porque este solo pensaba en su propia felicidad y no en sus padres y en los que lo apreciaban—. Piensa en mamá...

El joven se conmovió de su gemelo y se acuclilló a su altura.

Sus manos incorpóreas sobre sus hombros.

—Dile a mamá y a papá, que los quiero mucho, que fueron buenos padres, y que tan pronto se me permita «cruzar», velaré por ellos. Y también por ti y mis hermanitas. Pero no dejaré sola a Zafira ni deseo envejecer sin ella.

—¡No, Erik, no! ¡No!

—Contaré buenas historias a los sujetos del otro lado, sobre tus travesuras y sobre las veces en que explorábamos los bosques a escondidas de mamá y los guardias. ¿Recuerdas el día en que me caí de lomo del alce por querer cabalgarlo? Aún me duele la espalda… Se reirán cuando les cuente…

—No le digas que una vez oriné mi cama…

—No, eso no. Te prometo que me atengo a las travesuras.

Ángel le rodeó el cuello y le besó la mejilla.

—Si te aburres, de volar en las nubes, me visitas en sueños, ¿quieres?

—Lo prometo.

—Ángel… —Zafira lo llamó, con dulzura—, deben regresar. Exprésale las gracias a la reina, por todo lo que hizo por mí. Y a mis padres diles que los amo. Siempre los recordaré.

—Se lo diré…

Rompió en llanto una vez más en cuanto Erik se enderezó, para iniciar el camino de retorno de donde no debieron alejarse.

Al parecer, las despedidas prolongadas no afectaban a su gemelo desarrollado ni a Zafira, los ojos en ambos los tenían secos de lágrimas y sus rostros no esbozaban tristeza o rabia por tener que quedarse allí.

Las voces espectrales celebraron la decisión tomada por los metamorfos que se quedarían; algunos le prometían a la joven pareja, una pronta reencarnación en un cuerpo vigoroso y ágil, y otros les expresaban que no valía la pena extrañar a la familia o a los amigos, porque estos no los extrañarían a ellos.

Continuarían con sus existencias, con sus estúpidas quejas cotidianas y maquinaciones para entorpecer los logros personales de los que envidiaban.

Por lo tanto, estarían mejor donde nadie los juzgara por querer pasar los días sin hacer nada.

Del lado de la vida, me encargaré de exterminarte como a una araña fácil de aplastar, Jevrem le prometió a Noé Bummer que se carcajeaba porque logró convencer al muchacho de aferrarse a la hembra; si no podía poseer un cuerpo, pasaría la eternidad divirtiéndose a expensas de esos dos enamorados.

Los haría aborrecerse y culparse entre ellos.

Nunca cruzarían a ningún lado, serían sus juguetes nuevos.

Jevrem sintió que sus tripas se pegaban al espinazo, ya no tenía fuerzas para permanecer por más tiempo fuera de su propio cuerpo.

Agarró del brazo a Ángel, aún este negándose a partir, extendiendo sus bracitos hacia su hermano, pero la neblina comenzaba a engullir a Erik y a Zafira, que apenas eran visibles sus rostros, alejándose ambos como si estuviesen sobre un vehículo en marcha.

Y antes de desaparecer los dos viajeros del campo visual de los que se quedaban hasta que la muerte definitiva los volviese a reunir una vez más, Jevrem les expresó en voz alta:

—¡Que los dioses sean benevolentes con los dos! Gracias, Zafira, por tus servicios a nuestra amada reina y por tu amabilidad y lealtad hacia el reino. Gracias, Erik, por haber salvado a Anna y a Jevremcito, y perdóname por no haber sido fraterno contigo. Que sus almas hallen paz pronto.

—¡Erik! ¡ERIK! —la protesta de Ángel, por convencer a último segundo a su hermano, y la réplica del joven alfa, del que él siempre lo admiró, quedaron interrumpidos cuando Jevrem y Ángel desaparecieron de esa zona que aún a estos no los reclamaban.

Los dos mortales tuvieron que volver a sus crisálidas temporales.

El retorno a casa, no requirió esfuerzo, el lazo de la vida los había jalado tan rápido que ambos se sobresaltaron al percibir sus propios latidos del corazón.

Jevrem abrió los párpados y le dolieron las pupilas por la luz eléctrica en el dormitorio; su mano aún posada sobre el pecho del cadáver de su primo, y la retiró luego del abrazo de Ángel a su progenitora.

Isabel miró aprensiva a Jevrem.

Sin embargo, no fue necesario a que este le otorgase una respuesta. Su expresión apesadumbrada hablaba por él: no pudieron hacer nada por Erik. No lograron salvarlo.

Se desmayó en los brazos de Everett, quien lloró amargamente al recordar la advertencia del Soberano antecesor, Alejandro Cortazar, sobre que ellos vivirían más que sus propios hijos. Y Everett no se reconcilió con su primogénito.

—Qué tiste, Jevrem, qué tiste… —Anna recibió en sus brazos a Jevrem, que se sentía impotente. Y Ángel…

El pequeño cachorro posó su manita sobre el corazón destrozado de su difunto hermano, y le deseó buena suerte.