Capítulo 79 #2
—Gracias por salvar a mi prometida —Jevrem hizo patente su presencia.
Hasta ese instante, ni Zafira ni Erik repararon en que este le hacía compañía a Ángel; custodiándolo, quizás, para que ninguna entidad se lo cargara—.
Moriste como un guerrero en batalla, al proteger a los indefensos.
Tu nombre será símbolo de grandeza entre los clanes de la Casa Real de América.
Erik no lo miró enojado, sino que el asombro le congeló sus expresiones, por la sinceridad de sus palabras. Y, debido a esto, correspondió al abrazo que desde que era un lobato no volvió a demostrar sus afectos fraternales a su primo.
—¿Cómo está ella? —quiso saber, tras darse unas palmadas en sus espaldas; al momento de perecer a mano de aquel sujeto, Anna estaba a su merced.
—Está con tus padres. Ella y Jevremcito no sufrieron ningún daño grave.
—Me alegro —medio sonrió y sintió pesar, en aquella ocasión fue la última vez en que se vieron.
—¿Eso es por un golpe o un balazo? —Jevrem redirigía la atención hacia la joven afrodescendiente, al señalar la herida «sangrante» que esta presentaba en la cabeza.
—Golpe… —Aún la conmocionaba el ataque mortal que sufrió.
Luego él se fijó en su pecho.
Y Zafira se sintió incómoda.
—¿Q-qué dicen de mí?
Jevrem se vio en el predicamento de tener que responder a una pregunta que la iba a entristecer.
—Hasta el momento en que partimos, nadie ha reportado tu muerte. —Llevaban el tiempo en contra, pero él observaba la sangre marcada en el alma penitente de Zafira, como un recordatorio de lo que le pasó antes de cerrar los ojos para siempre.
Aún nadie sabe… La joven se entristeció porque ese violento acto no lo recordaba ni deseaba recordar.
—No se dio cuenta cuando la mataron —Erik estaba decidido a que, tan pronto recuperase su cuerpo físico, investigaría quién fue el hijo de puta que descargó su furia contra su amiga—. Y…, ¿cómo que nadie sabe? —Hasta a él esto le chocó.
—Todos en la villa están desconcertados por lo que le pasó a Erik, que aún no han hallado tu cadáver… —Jevrem le hizo ver a la joven, y Ángel asintió mientras se secaba las lágrimas con las yemas de sus dedos—. Lo siento, Zafira, te llorarán en cuanto se enteren.
—Supongo que eso pasará… —Le obsequió una sonrisa entristecida.
Aunque dudaba de que las antipáticas asistentes de la reina consorte la extrañasen.
Eliana descalificaba su trabajo cada vez que tenía oportunidad de hablar mal de ella a sus espaldas y Claudia la envidiaba por ser más atractiva para los empleados de la villa.
Tal vez Richard Collins y los muchachos con los que ella hizo amistad desde que la asignaron como asistente personal de Erik, expresasen un breve discurso en su funeral.
La ausencia de luz solar o lunar aumentaba el halo lúgubre de ese purgatorio tan mencionado por los sabios y los libros religiosos.
Era como una sala de espera del que los obligaban a permanecer allí, estancados y sin entretenimientos, tras ver una secuencia rápida de imágenes concernientes a la vida de una persona.
Jevrem meditaba que Erik y Zafira ya habían pasado por las mismas y que, de un momento a otro, serían expulsados con violencia o recibidos a otra zona, entre sonrisas y bienvenidas.
A él le costó recordar su pasado y su dura actualidad, pero el amor de Anna al menos le compensó las lágrimas y dolor mortal que lo sucumbió a la oscuridad.
«De aquí ninguno saldrá. Ni siquiera tú, mi hermoso náufrago malhumorado, porque yo soy el que controla a los penitentes y a los que meten las narices donde no deben», Noé de nuevo acosaba al alfa alasqueño.
Tal vez tenga razón, pero si podía arrancarle un alma a ese hijo de puta, Jevrem daría por exitoso el viaje astral a ese mundo de sombras.
—Hay que volver —instó a Ángel, y el pequeño de inmediato le tomó la mano a su gemelo.
—Ven conmigo. —Jaló a Erik, para seguir a Jevrem, quien se puso en marcha para devolverse sobre sus pasos.
Antes de seguir a su hermano menor o que sus propios pensamientos albergaran esa idea, Erik se preocupó por su compañera. Ángel no dijo «vengan conmigo», sino «ven…», el pasaje de salida sería concedido solo a él.
—¿Y Zafira?, ¿qué va a pasar con ella? —Al expresar su inquietud, ocasionó que Jevrem se detuviera y se volviese hacia Ángel, para intercambiar con este, miradas—. Ángel… —Ninguno de los dos le daba a Erik una respuesta rápida—, ¿qué va a pasar?
La expresión pesarosa del pequeño fue evidente.
—Deberá permanecer aquí un tiempo y luego le permitirán cruzar…
—¿Adónde? ¿A casa?
—Al cielo o al infierno, Erik.
La miró mortificado, su amiga le había explicado lo que Ángel no se atrevió a revelar.
—Al Cielo —Ángel le esbozó una sonrisa triste—, no fuiste mala, Zafira. Solo debes limpiar tu alma de tus penas. Para cuando lo consigas, te dejarán marchar a descansar.
—¿Y por qué ella se debe quedar y yo me tengo que marchar?
—A ti te puedo salvar.
—No la voy a dejar sola —le gruñó a Ángel mientras Jevrem evitaba intervenir en esa decisión que le concernía a su primo. ¿Qué habría pasado si él estuviese allí con Anna? Lo más probable, cedería su lugar.
—¡Tienes que volver, Erik!
—No sin Zafira.
—Perderás la oportunidad de vivir —Zafira se resignaba a su suerte. Ya le dieron el boleto de sin retorno.
—Si viniste por mí, también lo harás por ella.
—No podemos.
—¿Qué tan pesada es un alma? Somos… ¿aire?
—Es más que eso —Jevrem, le respondió, que fuese consciente de los contratiempos y de lo que dejaba atrás—.
Las almas almacenan emociones, vivencias, arrepentimientos, toda clase de sentimientos.
Por supuesto que pesan… Caminar por propia cuenta, ya es exhaustivo, como para que un mortal lleve otra alma consigo.
Ángel no podrá con los dos. Uno de ustedes deberá quedarse.
—¿Y tú por qué no cargas con la mía y Ángel con la de Zafira? —Ángel pudo sacar de ese lugar a Jevrem, claro que podrá con alguien que «pesaba» la mitad de este.
—Porque Jevrem no es como yo. Él es un canal…
—¿Y tú que eres? —Miraba a su hermano como si lo estuviese defraudando. ¿Cómo no iba a poder si lo ha visto hacer milagros?
—El guía.
Fue como si le hubieran dado una fuerte bofetada que le quitaban alternativas para salvar a Zafira. De ninguna manera la dejaría allí, con esas sombras persiguiéndola hasta que algún santo le diese por terminar su pesadilla.
—Entonces, si no se puede…, me quedo. Ve tú, Zafira. Vive por mí.
Puso cara de «¡¿qué me estás pidiendo?!
—Yo no puedo hacerlo, Erik. No a expensas tuya.
—Erik, mamá no deja de llorar, ni Erika ni Winona… —Si bien, Ángel apreciaba a la asistente, amaba a su hermano mucho más, del cual le tenía reservado el asiento para retornar a la vida.
Las emociones se intensificaron; en Erik se percibía desasosiego, duda y otro sentimiento que cobraba mayor fuerza.
Se volvió hacia Zafira, quien sacudió la cabeza por la decisión tomada.
Acunó su rostro.
Acarició sus labios.