El Despertar del Lobo Capítulo 79
96%

Capítulo 79

«No vayan hacia allá, es el camino equivocado», la voz de una mujer madura, que carecía de forma, les advirtió a Erik y a Zafira, siendo perseguidos estos por un centenar de sombras desde que despertaron en ese lugar.

¡Oh, grandes guerreros protectores del firmamento, rodéenos con sus escudos poderosos!

, Zafira oraba en su fueron interno, atemorizada por dificultársele extraer las garras para defenderse de los que le susurraban a ella a los oídos.

Por desgracia, su loba interna no emergía de su torrente sanguíneo, la abandonó en cuanto cayó sin vida a los pies de su asesino.

Se aferró al brazo de Erik, que aún era «tibio» y «sólido», como un bípedo sano que jamás ha pasado por algún trauma. Y esto la hizo consciente de que, a pesar de todo, sus manos aún eran capaces de percibirlo a través del tacto. Al igual que las voces que la «tocaba» a ella.

La conducía hacia la nada, sin revelarle de hacia dónde se dirigían, en una actitud de estar concentrado como si alguien se comunicara con él o lo haya hipnotizado para que se haga su voluntad.

No lucía rígido ni embobado, solo atento al «camino» tomado unos minutos atrás; la oscuridad no lo hacía vacilar ni trastabillar por tropezarse con lo que haya atravesado en el «suelo».

Su andar era constante, en sentido directo del cual ni calles ni avenidas ni esquinas ni pueblos ni nada que les informara por dónde iban. ¿Estaban perdidos?

«¿Por qué lo sigues?, ¡sabes que lo están! Ese camino los conduce a las tinieblas. ¡Allá no hay luz! Es por acá…», en esta ocasión una voz masculina que sonaba joven, le causó repulsión a Zafira, los «dedos» de este le rozaron la nuca como si fuese su amante.

Enojada por el atrevimiento, dio un manotazo en lo que asumía, el sujeto caminaba cerca, pero no logró abofetearlo ni darle una buena palmada para alejarlo. Fue como golpear el aire.

—¡Erik! ¡Erik!

Los dos jóvenes se detuvieron ante el llamado que escucharon. ¿Era real o un engaño?

Por más que ambos afinaran la vista, les costaba observar más allá de un metro de distancia; la neblina se espesaba más en la medida en que ellos avanzaban.

Zafira sollozó porque creía que otro miembro de la familia real fue víctima de alguien, que a lo mejor los súbditos del Soberano trataban con respeto o cariño, y era un traidor con un propósito siniestro de destruir el reino desde dentro.

En cambio, Erik aguzaba el oído y movía las aletas de su nariz, activando de forma natural esa parte de su ser que lo hizo destacarse antes como rastreador. ¿Era su hermano?

«Son demonios que desean atraerlos para llevarlos al infierno.

¡Huyan, no se dejen atrapar! ¡Huyan!», le susurró lo que parecía ser un anciano que apenas tenía fuerzas para hablar, y del que halló eco en sus compañeros espectrales que chillaron como si temieran lo que a los jóvenes les fuese a pasar. La neblina se tornó más densa.

El brazo desnudo de Erik, rodeó a Zafira, para mantenerla pegada a él.

—Es Ángel, me llama...

—Pues a mí no me parece. Regresemos.

—Es él, Zafira. ¡Y está por allá! —Señaló en sentido noreste de su ubicación, siendo la neblina lo único visible que se podía observar por el entorno. Ni un perro ladraba, ni un gato maullaba, solo voces insistentes de no seguir adelante.

—Esos espectros nos están confundiendo. ¿Cómo va a ser Ángel?, a menos que haya muerto igual que nosotros…

—¡Eriiiiiiiiik!

El pecho del joven alfa se oprimía cada vez que escuchaba a su hermano. ¿Qué raro?, él no tenía esa fea sensación de que aquel estuviese muerto.

Más bien, le daba seguridad.

—¡Suéltame, Erik, estamos cayendo en una trampa!

«¡Huyan!», les advertía sus perseguidores.

Erik la sujetó como si sus brazos fuesen gruesas cadenas que la encadenaban a una enorme columna de granito.

—Una vez estuve en un lugar parecido a este, ¿recuerdas, en Alaska?

—le comentó sin aflojar su agarre hacia su amiga para que no corriera por ahí despavorida, y él tuviese que perseguirla por esa vastedad sin fin, y, para el momento en que la haya atrapado, habrá sido tarde—.

Ángel nos trasladó a un vacío, en el que yo no podía hablar ni moverme, sino estar aferrado a su mano; él le hablaba a Jevrem, que estuvo en coma o muerto…

, y el llamado de Ángel lo guio de nuevo a su cuerpo.

Lo salvó, Zafira. Y nos salvará también a nosotros.

«¡No lo escuches, se ha dejado influenciar por los demonios! Síguenos, Zafira. Sálvate del infierno, hacia allá ese tonto te arrastra. Dame la mano».

—¡No es lo mismo, aquella vez estuviste vivo!, y ahora, tú y yo estamos muertos. ¡Nos asedian!

«¡Patéalo, dale en las bolas!».

«¡Arráncale los ojos a ese perro, que esté ciego del todo!».

El forcejeo entre Erik y Zafira provocaba que las voces los animaran a hacerse daño, ella luchaba por liberarse y Erik trataba de retenerla.

Los espectros susurraban en los oídos de los jóvenes, recién asesinados, con advertencias diferentes, pero que tenían el mismo propósito de alejar a ambos del chiquillo entrometido.

—¡Suéltame, no quiero ir al infierno! —Zafira se removía con el afán de liberarse, creyendo pasaban por una especie de prueba de la que los dioses los juzgarían por dejarse engañar como si fuesen cachorros.

—¡No irás, no seas tonta! —Empleaba toda su fuerza para mantenerla inmovilizada—. ¿Acaso cometimos crímenes para merecerlo?

«¡Cometieron muchos!».

«Sobre todo, tú, Zafira Washington. Matabas humanos por diversión».

—Tal vez, sí. —En temporadas de celo solía cazar algún humano, para controlar el impulso de acostarse con los machos disponibles en Villa Dorada.

En varias, penosas ocasiones, se dejó llevar por las ganas y despertaba en la cama de un guardia pendejo o un empleado bocón que contaba todo lo que hicieron hasta a las cucarachas.

Cazar y devorar las partes más fibrosas del cuerpo humano la mantenía hasta cierto punto con las ganas aplacadas y agotada. Así que, estaba condenada.

—Me juego mi salvación a que estas equivocada: ¿Qué crímenes has cometido para que estés asustada?, ¿te has alimentado de humanos? —Zafira bajó la mirada—. Pues, yo también —confesó de lo más relajado—, así que nos vamos los dos directo al infierno.

—Yo no quiero ir.

—Tampoco yo.

—Pero ellos…

«¡No nos menciones, somos tu defensa!».

—¿Las voces te lo dicen, cierto? Te atemorizan… —Erik adivinó, tras ella llevarse la mano a las orejas—. Ignóralos, te mienten. Lo mismo me pasa, me advierten de que estás bajo el influjo de demonios. Quieren que nos enfrentemos, y, si nos separamos serán capaces de manipularnos.

«Es un dominado».

—Aquel que te llama no es Ángel…

—Es mi hermano —la contradijo, visiblemente afectado por ese hecho—, lo conozco bien, con él compartí el vientre materno; su «voz» la escuché en mi cabeza desde antes de nacer. Se está contactando con nosotros.

Zafira dejó de forcejear y, Erik, aprensivo de soltarla, apenas aflojó el agarre.

—Mi mente no es débil —dijo, él—, siento que debemos continuar…

—Su mano aún se posaba en la espalda de la joven asistente—.

Pega tu cabeza a mi pecho, si se te hace insoportable el acoso de los espectros; me encargaré de llevarte.

—Y la alzó en sus brazos, del cual ni sintió que pesara un gramo—. ¡Uf, aumentaste de peso!

¡Ay, qué desgraciado! Le dio un pellizco en el pectoral, que al otro ni le causó el menor dolor. Vaya comentarios socarrones…

—Como una novia… —Erik ansió fervoroso tener la oportunidad de volver a experimentar las delicias de los besos de Zafira; de estar sobre su cuerpo; sudando juntos, rozándose…

«¿Para qué follar allá si aquí lo pueden hacer?», el anciano cuestionó a Erik, en un tono que daba a entender que él no se ha perdido de nada de lo que disfrutó en vida.

En su mente mantenía fijo un rostro. El de Ángel.

Pensaba en él a la vez en que las sombras lo trataban de afeminado, por no lograr convencerlo de alejarse de allí, espetándole el odio oculto de su compañera, que lo abandonaría tan pronto cruzara hacia la vida, era una mujerzuela que mantenía amores secretos y pasajeros con media tropa y con aquel alfa que estaba al final del camino.

A Erik Brancovic lo utilizaba solo para ascender a un cargo importante; no lo amaba, porque era un joven estúpido y caprichoso que le causó dolores de cabeza a todo el mundo, y que sus padres ahora respiraban aliviados porque ya no lo tendrían que soportar más.

Le dio un beso en la sien a Zafira; notando la expresión compungida y su ceño apretado, por los insultos que también recibía de las otras voces, insistentes en hacerlos retroceder hacia el punto de origen, de donde debían permanecer hasta que se olvidasen de sí mismos y a quienes amaron.

—¡Erik, por aquí!

—Gracias, Licaón… —Erik bajó a Zafira en cuanto la figura de su hermano gemelo se hizo visible a poca distancia.

—¡Erik!

«¡Es un demonio!».

—¡Ángel, estoy por acá!

«¡Atrás, es una trampa!».

—¡No los escuchen, harán lo que sea para hacerlos dudar!

Continúen hacia nosotros —Ángel exclamaba como si él fuese un destello de luz que ilumina la negrura absoluta de la vacuidad; se fijó en que Zafira se tapaba los oídos, para acallar a los espectros, mientras su hermano la animaba a seguir adelante—.

¡Erik! Ya me puedes soltar, es él… —le pidió a Jevrem, que lo retenía hasta asegurarse de no ser engañados por alguna alucinación.

La proximidad le permitió al cachorro de saldar los dos metros aproximados y abrazó a su hermano mayor, complacido de haberlo atraído hacia ellos, ya era cuestión de tomarle la mano y conducirlo hacia la vida—.

Te llore mucho… Mamá, te llora. Erika y Winona, y también papá…

—Eso me entristece… —Erik le acariciaba el cabello; el rostro bonachón de Ángel, pegado a su abdomen, llorando de alegría por el encuentro.