Capítulo 78 #2
«¡Oh, qué placer verte de nuevo! ¿Has extrañado mis pláticas mentales?, porque yo las extraño. ¡Hasta tu cuerpo!».
Una mueca de furia desfiguró el rostro de Jevrem, quien creyó hundirse en un fango putrefacto, por esa voz susurrante que una vez más lo animaba a quedarse allí.
Sus hombros –quizás los que estaban en el plano físico– se tensaron.
Jamás pensó que volvería a luchar contra ese parásito asqueroso que aún tenía fuerzas para joder, a pesar de carecer de un huésped para habitar y así obtener su vitalidad.
La primera sensación que tuvo, al posar sus pies en un «suelo» cubierto por «neblina», fue vértigo, como si estuviese al borde de un precipicio que no tenía fondo y él estaba a punto de caer.
Luego cuando logró dominar el equilibrio sintió un remezón que lo hizo trastabillar hacia adelante.
Jevrem jadeó del susto que lo invadió, si daba un paso más en esa dirección se mataba.
O su alma quedaba allí atrapada para siempre.
«Si te mueves, eres mío».
¡No!, él era libre de pensamiento y acciones.
«Aquí soy tu dios. ¡Aquí mando yo! Debes ofrecerme algo de ti para continuar por tu camino».
—¡Ignórelo, él no tiene poder en este lugar!
—Ángel de repente emergió de entre la neblina y se acercó hasta Jevrem, que temía moverse de su sitio—.
Aférrate al amor por tu familia y por tu prometida, no te dejes manipular.
—Él también era asediado por espíritus malvados que ansiaban posarse en un cuerpo cálido.
Los de ellos estaban ocupados, semi incorporados en la nada, semi sumergidos en sus moradas de carne y hueso.
Un medio atractivo para los desencarnados que querían una segunda vida, a pesar de los errores pasados que debían pagar con creces por tiempo indefinido.
—No logro ver nada… —Por más que Jevrem entrecerrara los ojos, en lo que parecía un «desierto», todo era penumbra.
La pequeña mano de Ángel aferró a la suya y lo jaló hacia el «abismo» que se hallaba frente a ellos.
El instinto retuvo por un instante a Jevrem, al ofrecer resistencia al osado cachorro, pero notó que este no cayó en el abismo, sino que «flotaba» como si el camino se extendiese más allá de la engañosa vista.
—No debes «ver» con los ojos, aquí nada existe —Ángel, le dijo—. Solo tienes que sentir. ¿Qué sientes, Jevrem? He perdido el lazo con Erik, tal vez tú logres contactarlo.
«¡Me lo comí, ya no existe!, Noé exclamaba como si estuviese parado detrás del alfa.
Sin embargo, este siguió los consejos de su primito y le aferró más la mano, para ser capaz de concentrarse.
Aparte de la molesta voz de Noé Bummer, que seguía resonando por su entorno, Jevrem escuchaba también las súplicas de machos y hembras, sin saber si estos eran humanos o metamorfos, y los lloros de cachorros que clamaban por la ayuda de sus progenitoras.
¡Caramba! El hecho de sentir que esas almas estaban perdidas y atemorizadas, lo conmovió.
¿Por cuánto tiempo estarían vagando por la densa negrura del limbo?
«¡Por siempre, son míos! Al igual que tú y ese mocoso gordinflón».
Jevrem ignoró el veneno de Noé, porque este ya no tenía poder sobre ellos para agredirlos o atemorizarlos. Empleó su concentración para filtrar las voces que se colaban en su cabeza de manera angustiante y se enfocó en la que necesitaba escuchar. ¡Erik, ven a nosotros, podemos salvarte!
«¡No pueden hacerlo!».
Erik, ven a nosotros…
«¡Aquí mando yo!, ¿me escuchaste? ¡Aquí mando yo!».
No lo hacía. No los golpeaba, ni los pateaba o les jalaba del cabello. Noé era apenas un soplo débil incapaz de mover una hoja caída.
El don clarividente no era efectivo en esa zona carente de vida y alegría, porque nada había para «palpar» o «leer» el presente.
Pero, el joven alfa aprendió a contactarse con mentes que cruzaron el umbral de los desencarnados.
Les ha preguntado, los ha cuestionado e increpado.
La necesidad de estos por hacerse escuchar, ocasionan que seres como Jevrem o Ángel sean un imán para ellos.
Estamos aquí para llevarte de retorno, camina hacia nosotros.
La ayuda que ofrecía Jevrem hacia su primo Erik, era sincera; en cierto modo quería remediar mediante esta acción el distanciamiento que él mismo provocó por desconfiar en el amor de Anna.
Si hubiese tenido la certeza que tiene ahora de que el corazón de ella siempre sería suyo, lo que hubiese sentido Erik por Anna, a él no le habría preocupado.
«Erik, tus padres te esperan».
—¡Mira, Jevrem! —Ángel lo jaló del brazo, para captar su atención—. Mira hacia allá… ¿Es él?
Cuando este alzó la mirada hacia donde el cachorro apuntaba con el dedo…
Este gritó de felicidad.
—¡Erik!
—¡NO! —Lo detuvo rápido a Ángel antes de que le diera por correr emocionado hacia ellos. No medía el peligro. Dos figuras ennegrecidas se aproximaban, y, detrás de estas, los perseguían sombras con muchas manos.
—¡Aquí! ¡Erik, aquí! —La manita rolliza del cachorro se aventaba en alto para guiarlo hacia ellos—. ¡Por aquííííí! ¡Erik! ¡Erik!
—Espera, Ángel. ¡Fíjate bien! —Señaló hacia el primo—. Él viene acompañado…
El ceño del pequeño vidente se apretó sobre sus ojos entrecerrados, tratando de vislumbrar la otra figura que caminaba junto a su gemelo mayor.
Era unos dos palmos más pequeña a este, delgada y de andar femenino, su rostro aún no era visible, pero la forma en cómo caminaba, la forma de su cabello que parecía esponjoso...
Jadeó al darse cuenta de quién se trataba.
Su carita se alzó hacia Jevrem, y este también lucía igual de estupefacto.
—¡¿Esa es Zafira?! —Ángel no daba crédito a sus ojos llorosos. ¿Por qué él no vio su muerte? A ella le predijo algunos eventos y hasta se los manifestó en sueños, pero no pudo advertirle de lo que le habría quitado la vida.
Hizo un puchero.
La situación se complicaba.
Sí…
Esa era Zafira…
Y ellos estaban allí por Erik.
*****
Bajo las palmas de los dos excepcionales metamorfos que se hallaban con sus ojos cerrados y sus sentidos psíquicos elevados, comenzaba a regenerarse el órgano que una vez palpitó feroz en el pecho remendado del híbrido.
Las fisuras y los aplastamientos se unían como si fuese un rompecabezas que poco a poco daban forma a la imagen de dicho corazón; cada punto se cerraba con cada paso que daba Erik hacia Jevrem y hacia Ángel; desafiando el destino impuesto por los guardianes de los penitentes.
El tiempo no parecía avanzar en el dormitorio del difunto, Isabel y Everett oraban en silencio, puesta su fe en que volverían a abrazar a Erik, ya pensaban en todo lo que le dirían: Isabel crearía en Montana una universidad para jóvenes y adultos que aman todas las modalidades de la danza en el país, solo para que su hijo estudiase allí sin tener que viajar a tierras dominadas por vampiros.
Y Everett se disculparía con este, por su tozudez, tal vez debió comprender más y no ser tan estricto.
De los tres anclas que velaban por los dos viajeros, solo uno pensaba diferente.
Los ruegos de Anna diferían de sus majestades. Ella pensaba en Jevrem. ¿Se habrá encontrado con esa entidad? ¿Ha sido capaz de hacerle frente? La angustia que se arremolinaba en su pecho le ocasionaba palpitaciones aceleradas, tenía el presentimiento de que iba a llorar a mares.