Capítulo 78
Al sentir la mano de Jevrem, en su hombro, el pequeño híbrido se levantó del pecho de su hermano difunto y se volvió hacia su primo, y, entre gimoteos, le suplicó que lo ayudara.
—No puedo, Ángel, él está…
—También lo estuviste tú y en peor condición —le recordó como si quisiera cobrarle el favor.
Anna intercambió miradas con Jevrem. «¿A qué se refiere?
, ¡¿fue así como retornaste?!», le preguntó sin emplear sonido en su voz.
Pero él apenas apretó los labios por carecer de respuestas.
Aun así, Anna meditaba que Ángel podía hacer que cualquiera viajara al Más Allá y trajera de vuelta un alma recién desencarnada.
Ella estuvo en aquel lugar vacío, buscando a Jevrem; arrebatándolo del demonio que se quiso apoderar de su cuerpo.
Tal vez el destino de Erik no era la muerte, sino el de cruzar el mismo camino por el que cruzó Jevrem.
Las esperanzas aún no estaban perdidas.
—Dime qué debo hacer y te ayudo —Jevrem no se amilanaba de lo que podría afrontar si volvía al mismo lugar lúgubre del que antes a él le costó escapar—. A ti te debo la vida dos veces.
Ángel lo apretujó, con la firme certeza de que él no le iba a fallar, y Anna sintió que se le hacía un nudo en el estómago. No se debía tentar la suerte una tercera vez, porque en esta ocasión, puede que ya no les favorezca.
—¿Qué es lo que van hacer? —Everett escuchó el pedido de su hijo, y se acercó junto con Isabel, a la cama.
—Traer a Erik —respondió, Ángel, con su amplia sonrisa de haber conseguido el modo de salvar a su hermano.
—¡¿Es posible?! —Isabel comprendió al vuelo, lo que Everett aún procesaba en su mente, de las locas ocurrencias de Ángel.
La prueba fehaciente de que ese tipo de milagros, se concedía, se hallaba bien plantado frente a sus ojos llorosos y esperanzados.
Jevrem fue atacado por tiburones, perdió extremidades, se regeneró y está allí en completa salud al lado de su prometida. ¡Claro que es posible!
—Sí, mami, lo traeremos de nuevo.
—Pero, ¿cómo?, no tiene corazón… —Everett procuraba analizar con frialdad los pro y contras en referencia a lo que sea que ellos realizarían para revivir a su primogénito.
Si hubiese muerto por inmersión o inanición, habría una posibilidad grande de que esto diese resultado, pero las posibilidades se reducían considerablemente cuando los órganos principales fueron destruidos. En este caso, el corazón de Erik.
—¡Mira a Jevrem, está vivo! —Isabel le recordó a su esposo por las que pasó su sobrino. Tenían que concederles a los dos, aunque fuese por unos minutos, emplear cualquier recurso que fuese capaz de burlar a la muerte.
—Lo estoy mirando, amor —le replicó mientras le sobaba la espalda, para calmar la euforia que se arremolinaba en su ser; temía que después Isabel sufriese la decepción de no haber salvado a su hijo—.
Pero debes recordar que, una vez que el alma abandona el cuerpo de un metamorfo, la regeneración en este ya no se efectúa.
Se alejó, molesta de la caricia de su amado Soberano.
—Las piernas de Jevrem se regeneraron después de morir. ¿No es así, Jevrem? —La terquedad firme en ella—. Tengo fe de que lo vamos a salvar. Así que, digan qué necesitan para conseguirlo.
El otrora Alfa de Kenai y Denali, se abstuvo de responder a la doliente reina consorte, pues él en esos momentos dudaba de si estuvo del todo muerto; no negaba el hecho de haber estado atrapado por mucho tiempo en una zona donde habitaban espectros y otras criaturas tenebrosas, de las cuales, una de estas logró aferrarse a su mente.
Pero, asegurarle a la reina que tendrían éxito, utilizando su propia experiencia, sería muy irresponsable de su parte.
Él fue atacado por muchos colmillos mortíferos y perdió mucha sangre; aun así, no reencarnó ni revivió.
Solo sobrevivió a un viaje largo y extraño…
—Necesito el apoyo de toda la familia que esté presente —Ángel, comentó a su progenitora, sin aminorar las esperanzas, a pesar del escepticismo de su padre—. ¡Solo los que en realidad deseen que Erik vuelva a nosotros! Aquí no debe estar los que duden o los que lo detesten.
—Ve a decirles a aquellos cuatro hipócritas de que se larguen junto con los demás.
Nadie debe quedar presente en la villa. Ni los guardias reales…
—Everett le ordenó al señor Ospina, de echar al hermano mayor, a su cuñada y a su tío que serían los familiares que entorpecerían cualquier ruego a los dioses.
Él desbordaría su fe, en alabanzas a Licaón, con tal de ver cómo los ojos de Erik se abrían de nuevo.
El senescal transfirió la orden a los guardias de mantener la puerta cerrada de la suite. Todo el mundo debía abandonar Villa Dorada, por si algo malo se presentaba o para que no atestiguaran lo que ellos iban a hacer.
No hubo protestas del otro lado de la puerta del dormitorio.
Ni siquiera de Grubana, que suele ser autoritaria y hacer lo contrario a los que otros demandan.
Objetar no tenía caso; según lo que escuchó, aun estando en otra área apartada de la suite: si unos conjuros inspiraban la compasión de los dioses, entonces ella ser marchaba a un hotel decente en el pueblo hasta tener buenas noticias en referencia a su querido nieto.
«No podré soportarlo si otra vez te pierdo», no se requirió que Anna lo expresara en voz alta a Jevrem, sus ojos angustiados reflejaban dicho temor. Su peor enemigo, no murió en batalla, sino que fue expulsado a esa penumbra eterna, que ahora se convirtió en su reino de terror.
—Estaré bien —él le acarició la mejilla con tanta delicadeza que Anna tuvo que cerrar los ojos para disfrutar de su tacto. Le hubiera agradado calmarle los nervios en un cruce telepático, pero esa habilidad fue arrebatada al compartir su alma con un ser malvado.
—Por favor, ¡ten cuidado! Allá está esa entidad… Me preocupa que te atrape de nuevo y esta vez no podamos recuperarte.
Sin ser grosero o tosco, Jevrem la tomó del brazo y la separó un poco de los que permanecían allí, para poder besarla apasionado, sin avergonzar a nadie por las muestras de cariño a su hada.
Así sea que a él se le presentara el mismo diablo, lo mandaría de una patada al infierno, porque no volvería a estar sin Anna.
—Nada va a pasarme, porque te tengo a ti y a mi familia. ¡Somos fuertes! —le prometió con una contundencia en su voz, que la joven así lo creyó.
—Lo somos…
—¡Vamos, esto debe hacerse rápido!
En vista de que Ángel, ya los apuraba, Jevrem acunó el rostro a su futura esposa, y centró su mirada en ella para profesarle sus sentimientos desde lo más profundo de su corazón. No podía irse sin antes asegurarle que él no la iba a dejar desamparada.
—Te amo, Anna. Mi escudo, mi fortaleza… A ti volveré, en cuerpo entero y vida. Ninguna entidad allá será capaz de retenerme. Espérame.
Ella parpadeó para limpiar las lágrimas acumuladas en sus ojos negros. Ojalá sea sí.
—Te amo, Jevrem. Mi escudo, mi fortaleza. Yo aquí te espero; si me necesitas: llámame.
Los dos pactaron en un abrazo quiebra huesos, de brindarse apoyo a través de las dimensiones, de las que, en muy contadas ocasiones, pocos podrían retornar.
Esta vez Jevrem sería el que tendría que guiarle el camino a su primo, que creció antes de lo previsto, para que tuviese esa segunda oportunidad como la tuvo él, hacía unos meses atrás.
Estaba preparado para enfrentarse una vez más a Noé Bummer, con toda y su colonia de «arañas humanoides».
Tras prometerse fortaleza y expresarse el amor que se tienen, Anna y Jevrem estaban listos para el siguiente reto.
—Mantén tu mente conectada a la mía y no escuches nada de lo que allá te griten —Ángel aconsejó a Jevrem, y este asintió con firmeza—. Serán ofensivos y te harán sentir mal, no debes responderles ni intentes pelear contra ellos. ¡Es lo que querrán para distraerte, de traer a Erik!
—Entendido —respondió con una tranquilidad que le helaba la sangre a Anna. En la gruta, ella fue atacada de manera telepática por esa entidad que intentó intimidarla para alejarla de Jevrem. Pero no lo consiguió, gracias a la ayuda de Ma-cheil, Ángel y Walela.
Por desgracia, el jefe yakaramath y la chamana de Kuvani no estaban presentes, sino ellos, cuya determinación y fraternidad, harían lo que sea por ese ser querido de la familia real que está perdido.
—Posa tu mano donde estuvo el corazón de Erik —Ángel parecía un duende, de generosa panza, que le daba indicaciones a un guerrero de largas piernas y torso fuerte.
Este obedeció, diligente.
De inmediato, se estremeció, porque de manera absurda esperaba ver los pensamientos de su primo, pero halló un silencio sepulcral del que casi rompe en llanto, por lo mal que se sintió de los celos que le tuvo.
Pudieron ser buenos amigos, como él con Ángel, pero solo vio a un rival que le quería arrebatar a Anna.
—Erik no está ahí, por eso no lo percibes.
Estás en una «antesala» y solo podrás cruzarla conmigo.
Espérame… —Y enseguida, el cachorro plantó su mano sobre la de Jevrem—.
Mamá… Papá… Anna… —los llamó al mirarlos por sobre su hombro y estos se mantuvieron atentos a la orden que les impondría—.
Rodéennos con su amor; no nos suelten bajo ninguna circunstancia, hasta que todo termine.
—¿Cómo sabremos? —Isabel fue la primera en posar una mano en la espalda de Jevrem y la otra en el pecho de su hijo, como si de ese modo cuidaría de una caída en su amigo y evitara que la noble alma de su hijo menor abandonara su cuerpo.
Anna y Everett, los sujetaban por cada brazo. Los dos viajeros tenían tres anclas.
—Erik despertará, mamá.
¿Y quién más?, Anna se preguntó para sus adentros, pues lo que estos harían se requería del apoyo espiritual de los chamanes más poderosos, y ellos apenas eran unos simples bípedos, solicitados por un pequeño metamorfo con Down.
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Los únicos que lograron cruzar el velo de la muerte fueron Jevrem y Ángel. El resto permanecía del otro lado.